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Apuntes, tutoriales, ejercicios, reflexiones y recursos sobre escritura o el arte de contar historias

#RetoLiterautas Nº 10 (28 de marzo, 2020)

Hoy quiero proponerte que escribas una historia en la que tienes que incluir (en cualquier parte del texto) la frase: Se escuchó una risa en el piso de abajo. ¿Te animas a participar?

RetoLiterautas10

Al contrario que con el taller de escritura, aquí no ponemos límite de palabras ni otro tipo de restricciones. Tampoco hay hora de entrega máxima, podéis publicarlo cuando queráis. ¡Escritura libre y creativa!

Puedes dejar tu texto como comentario a las entradas de este post. ¡Feliz escritura!


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20 comentarios

  1. 1. Teresa Fernández dice:

    La casa seguía tan deshabitada como antes, así que Laura bajó en cuanto se escuchó una risa en el piso de abajo.
    Era el salón de los cuadros, que parecía un museo. Estaba atestado de retratos pertenecientes a los antepasados. En marcos finísimos, hoy adornados con todo tipo de filigranas hechas de telaraña y polvos diversos.
    Se puso a otear para descubrir cuál de ellos se había roto en risas. ¿Sería la bisabuela, la que tuvo amores con toda la servidrumbre y lo supo cada habitante de la misma menos el duque, su señor marido, y sólo al instante de morirse, de un raro envenenamiento?
    ¿O más bien la niña de trenzas negras, la pálida, la fantasmal, que falleció de neumonía con sólo 7 años, tan callada siempre que se la tenía por muda?
    ¿O el serio abuelo vestido de militar, que murió en la guerra porque se tropezó y cayó en un canal de las trincheras en medio de la noche, borracho y trastabillando?

    Y así siguió, cuadro a cuadro, todos calladitos como con la boca cosida, llenos de tanta vida pasada que parecían contarla a la vista y a grito pelado, deseosos de compartirla con alguien a como diera lugar.

    En eso, se dio cuenta de que estab requivocada, porque volvió a oírse una carcajada burlona, grotesca, tenebrosa.

    Y era en otro piso, más abajo.
    Lo extraño es que más abajo ya no había nada.

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 16:14
  2. 2. Mònica dice:

    Hacia días que no sabía de ella, empezaba a estar preocupada. ¿Debería? La verdad es que me sentía inquieta, nerviosa, algo iba mal y la sensación que percibía no me gustaba. Empecé a preguntarme cuantos días hacia que no oía su despertador, cuantos días que no escuchaba su ducha, su secador de pelo, su cafetera, su radio de fondo cuando empezaba a trabajar, sus llamadas de trabajo que recibía constantemente, sus risas, sus llantos, sus alegrías… yo hacía 10 días que permanecía en casa sin salir debido a una lesión de tobillo que tuve por mi pasión a correr. Pero, ¿Akinom donde estaba? Demasiado silencio ¿Por qué no escuchaba ningún ruido en el piso de abajo? Recordé que tenía su teléfono móvil, ella mismo me lo facilitó al saber de mi lesión, muy amablemente me dijo que si en cualquier momento necesitaba cualquier cosa la llamara. Así que la llamé y oí como sonaba en el piso de abajo pero nadie respondía, probé una vez y otra y mil más… Akinom no respondía… El corazón se me aceleró, las manos me temblaban, sentía un frio terrible y estábamos en pleno agosto. Me pareció entreoír un chasquido, de nuevo silencio absoluto, sabía que no era ella… pero se escucho una risa en el piso de abajo

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 16:44
  3. 3. María Jesús dice:

    Cuando veo a los chavales de hoy en día con la vista clavada en sus móviles,a mí me da por recordar los juegos de antaño, sobre todo en verano, cuando íbamos al pueblo y nos volvíamos unos .No entrabamos en casa más que para comer o dormir, el resto de actividades las hacíamos al aire libre. Recuerdo especialmente una anécdota que sucedió cuando nos dio por jugar al escondite en aquella casa abandonada que había a las afueras, un lugar lúgubre pero ideal para ese juego. Cuando me tocó a mí permanecer fuera contando me entró canguis con la sola idea de meterme en la casa a buscar a mis amigos. El silencio era aterrador, solo lo cortaba el viento cuando se colaba por las ventanas rotas. Con todo el recelo del mundo recorrí las estancias atento a cualquier respiración “¿donde demonios se habían metido todos?” Subí al piso de arriba dispuesto a rendirme si no encontraba enseguida a alguien y fue entonces cuando se escuchó una risa en el piso de abajo. Entonces bajé las escaleras atropelladamente y pese a que peiné todas las estancias, no fui capaz de encontrar a nadie. Fue entonces cuando volví a oír la risa, esta vez arriba. “¡Bueno, ya está bien, me rindo!” exclamé.
    Salí al exterior asustado y dispuesto a dar por finalizado mi turno y mis amigos empezaron a emerger de todos los rincones, pero ninguno salió de la casa.
    Todavía hoy me pregunto si me imaginación me jugó una mala pasada.

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 18:06
  4. 4. María Jesús dice:

    PD Falta la palabra salvajes al final de “…y nos volvíamos unos…”

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 18:08
  5. 5. Menta dice:

    El edificio donde está nuestro apartamento lo debieron de hacer con papel de fumar, porque oímos todo lo que hacen los vecinos.

    Como todos conocemos este defecto de construcción, lo hemos solucionado de una manera muy solidaria. Entre nosotros nos invitamos a todas las fiestas que celebramos; de esta manera, una vez al mes por lo menos, toda la comunidad de vecinos tenemos un cumpleaños, un bautizo, una boda …

    Desde el 16 de marzo, con el estado de alarma decretado por el Gobierno, nuestra vida social ha cambiado por completo. Debemos permanecer encerrados en nuestras casas y han prohibido que nos reunamos.

    No me siento solo porque durante el día oigo lo que hacen mis vecinos. Por ejemplo, los de la derecha tienen un niño de diez años que practica varias horas al día con su instrumento. El primer día de confinamiento pensé que la gata había parido una docena de gatitos y se lo dije a Merche, pero ella me aclaró que era Andresito tocando el violín.

    Los de arriba tienen dos niños a los que les encanta jugar con la colección de canicas de su padre. Es inaguantable pasarte tantas horas oyendo el rebotar de las canicas en el suelo de tarima flotante.

    De esta quizás no salgamos con los pies por delante, pero con una camisa de fuerza seguro. Menos mal que ayer Mercedes y yo nos reímos un poco. Estábamos terminando de comer (eso sí, sin la tele) y comentábamos los últimos mensajes que habíamos recibido en el móvil. De repente oímos las voces de nuestros amigos del piso de abajo, José y Marián, que armaban mucho jaleo. Nos callamos y escuchamos. Parecía que discutían. No. La voz de Marián era tajante, en cambio la de José era envolvente, mimosa. Se oyó la voz de ella decir:

    —No, no puede ser, hoy no puede ser, mañana compro sin falta. Estate quieto. ¡Para! La culpa la tienes tú, ya sabías que se habían terminado. ¡Que pares!

    Mercedes se levantó, fue hasta nuestro dormitorio, cogió una cajita del cajón de mi mesilla y la metió en una bolsa de plástico que cerró con una cuerda larga.

    Deslizó el paquete hasta las ventanas del piso de abajo y yo les puse un wasap: “tenéis un regalo en la ventana de la cocina.”

    Nos asomamos para ver qué pasaba. Abrieron la ventana, cogieron el paquete, se metieron en su casa y ya no les vimos, pero… se escuchó una risa en el piso de abajo.

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 19:29
  6. 6. Inma dice:

    Se secaba el agua salada de la cara y el diazepam tardaba en hacer efecto. Él cogió el ascensor en busca de más alcohol. Acababa de dejar huella en su mejilla, otra vez. Acababa de romper su corazón. En medio de su angustia, se escuchó una risa en el piso de abajo. Sonó a carcajada joven, llena de vida. Ella recordó que alguna vez también rió. Y tras muchos golpes y palabras llenas de odio, esa risa efímera le hizo reaccionar, la empujó a hacer la maleta, la empujó a empezar a vivir.

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 20:47
  7. Le alquilaron un piso cutre, en una calle cutre, de un barrio cutre. Sin papeles ni preguntas y con la promesa de “cancelación” del contrato si había demoras en el pago de la cuota. Enseguida averiguo quienes eran los ocupantes del piso de abajo. Las continuas idas y venidas, el trajín de gentes, los cochazos aparcados en la calle, gritaban urbi et orbe de lo que allí se trataba.

    Más de una vez estuvo tentado de llamar a la pasma cuando se escuchó una risa del piso de abajo, que acababa siendo cachondeo general, pero lo pensó mejor dadas sus circunstancias. Un día escuchó las sirenas de la policía y sin pensarlo salió corriendo para arriba en busca de la azotea. Saltó a la terraza del otro inmueble y desde allí oteó lo que estaba pasando. De la casa iban saliendo esposados los inquilinos del piso de abajo. Un policía que se había percatado de su presencia, dirigiéndose a él le gritó:

    -Tranquilo, que cuando pase este jaleo, ya vendremos a por ti.

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 21:18
  8. 8. Esther dice:

    Después de meses de observación y desconcierto, Julio llegó a la conclusión, por extraño que fuese, de que sus pensamientos eran leídos por la gente que le rodeaba. Y lo supo porque las reacciones iban en consonancia con los hechos: si alguien le había estafado en una compra, por ejemplo, y Julio pensaba: “¡pero qué ladrón, ojalá te cojan y te metan en la cárcel”, la persona que estaba a su lado (pongamos que en un autobús) le decía: “y seguro que le pillan, no se irá de rositas”. Acostumbrado a vivir como si su alma fuese transparente, un día decidió hacer un experimento, que consistía en repetirse mentalmente: “sé lo que estás pensando, sé lo que estás pensando…”. Empezó practicándolo en su casa, planeando que, nada más salir de su edificio, iría como un autómata repitiendo la misma letanía y quizás, por primera vez, podría sentirse único dueño y sabedor de sus propios pensamientos. Y era feliz imaginando lo maravilloso que sería gozar del mismo privilegio que se le había concedido al resto de la humanidad. “Sé lo que estás pensando. ¡Esta vez no me vais a pillar!, je, je”.

    Y justo después de eso, se escuchó una risa en el piso del abajo.

    Escrito el 28 marzo 2020 a las 21:28
  9. 9. Oscar Salcito dice:

    Luego de insistir en forma reiterada, Mabel me convenció. Al principio maduré resistencias, pero no podía echar por la borda la relación. Tal vez, solo tal vez, de esa manera se salvaría lo nuestro.
    Nos mudamos a un departamento de la ciudad. Ella consiguió su traslado en la empresa y el gerente le duplicaría los ingresos. Por mí parte, no había problemas, pues trabajaba desde la computadora como soporte técnico digital.
    Extrañaría la vida pueblerina, los aromas a tomillo y el sonido de los pájaros, pero el incremento en los ingresos, y la felicidad de Mabel, ameritaba el esfuerzo.
    Sus horarios se fueron incrementando, sus salidas de camaradería, sus reuniones, y empezaron a distanciarse los diálogos.
    Un día, de esos que la rutina lo rodea, comencé a sentir murmullos que salían desde un respiradero. Se escuchó una risa en el piso de abajo, luego otra, y otra, hasta que se apagaron con un cerrar de puerta.
    Durante algunas semanas agudicé el oído, y las risas eran frecuentes por las siestas, hasta que llegó el día del ruido. Luego de las risas siguió una estampida de vidrios, era como si un ventanal cayese sin aviso. Gritos, llantos, al rato una sirena.
    Esa tarde, mientras preparaba café, sonó el teléfono. Era Mabel: «amor, estoy demorada, tuvimos un accidente en la empresa, son solo unos rasguños».

    Escrito el 29 marzo 2020 a las 02:41
  10. 10. Yubany Checo dice:

    Los ruidos son tan elocuentes como las palabras. Hay mansajes ocultos en los ruidos que requieren una inteligencia especial para ser entendidos. Lo supe cuando ellos se mudaron al segundo piso.
    Me lo advirtieron antes. Entre escoger el primer o el cuarto piso, debía escoger el cuarto. Pero razone que el cuarto piso era más caro y además subir todos los días hasta ahí sin ascensor no era para mí. Y como saben, al final escogí el primero.
    Todo marchaba bien mientras nadie habitara el segundo. Dormía placenteramente hasta ese sábado en la mañana cuando me despertó el ruido de un camión. Vi el reloj y apenas eran las nueve de la mañana. Estaba estacionado de reversa con el muffler apuntando hacia mi balcón. De inmediato, un grupo de hombres bajó y empezó a subir trastes. El humo y la algarabía me hicieron asomar a la ventana. Confirme que era una mudanza y por una revelación que nunca falla, tuve la sensación que iba al segundo piso.
    Así era. Entonces rogué que los nuevos inquilinos fueran personas mayores. Entendía que las personas mayores tienen menos bríos y se dormían más temprano. Además siempre hablan en voz baja y aunque arrastren los pies, puedo tolerar eso más que unos tacones golpeando el piso. Por eso me quedé observando entre las personas que habían llegado cuales podrían ser los nuevos inquilinos. No fue difícil separar los que llevaban uniformes de los que no. Y para mal de mis males no pasaban de cuarenta años. Al contrario, él era un hombre atlético, ella una mujer con ropa ajustada. Parecían tener una niña pecosa con un tono de voz chillón, dueña de un perro chiguagua que le ladraba a todo lo que se movía a su alrededor con una insistencia fuera de serie.
    Los tres se apartaron al lado del edificio donde daba la sombra. El sol empezaba a subir. Los vi dirigir a los hombres que subían la mudanza y por la forma en que le pedían que cuidaran sus trastes, supe definitivamente que eran ellos. Ellos eran oficialmente mis nuevos vecinos.
    Lo que les puedo contar a partir de ese sábado quizás lo consideren como una serie de exageraciones. Pero realmente las cosas sucedieron como las cuento.
    Sábado por la noche.
    Los hombres terminaron de subir los trastes a las seis de la tarde. El camión se fue pero sabía que el proceso de acotejar las cosas les tomaría tiempo. Salí a visitar a mi madre. Pensé que como personas razonables arreglarían lo necesario antes y por el cansancio se dormirían de inmediato. Cuando regrese escuche música. Una celebración inusual. Gente subía con latas de cerveza. Quizás lo ayudarían a terminar los regueros con más celeridad. Pero no. Esa noche fue de arrastrar cosas. De escuchar a la niña pisar fuerte y el perrito ladrar como si persiguiera a King Kong.
    Domingo por la mañana.
    En verdad no supe cómo me dormí pero si como me desperté ese domingo. El ruido de un taladro iba a venia. Por un momento pensé lo tenía dentro de la cabeza. Y cuando pensaba que ya había terminado entonces comprendía que solo era una pausa para continuar por diez minutos más. Así paso el resto del domingo y creo que mi cerebro se acostumbró porque deje de escucharlo aunque si ponía atención lo escuchaba otra vez.
    Lunes por la mañana.
    Las pisadas de la niña con sus zapatitos escolares sonaron más que mi alarma. Luego el berrinche que hizo antes de sentarse a desayunar y el pleito del papa para que agilizara porque llegarían tarde al colegio fueron suficientes para tirarme de la cama y meterme al baño.
    Martes por la noche.
    Por suerte no vengo a casa por las tardes. Llegue a las seis. Todo silencio. Imagine que no había nadie en el segundo piso. Padres trabajando, niña en la escuela. El perrito trancado sin nadie a quien fastidiar. Una hora después, todo cambio. La cena fue el tema de disgusto. Un plato de berenjenas y batatas se convirtió en el objetivo de la niña pasada las diez de la noche. Lloros y sillas arrastradas me tenía los nervios alterados.
    Miércoles por la tarde.
    Salí de la casa con la idea de llamar al administrador del edificio. Mi vida poco a poco se había convertido en una serie de ruidos que trastornaban mi tranquilidad. Ese dia entre a la casa. Un mal olor entro conmigo. Busque por los rincones. Mire el zafacón. Lo conocía. Levante mis zapatos: mierda de perro. La había regado por toda la casa. Sabía quién era la responsable de tal desastre. Salí y busque donde pise el excremento del animal. Lo ubique en una poco de grama justo frente de la casa.
    Jueves por la noche
    La bachata hacia vibrar los cristales de mi ventana. Yo siempre puse música pero con volumen bajo. ¿Porque no podían hacer los mismo? Mi madre me llamo en esos momentos y tuve que encerrarme en la habitación para poder escucharla. El reloj marco la una de la madrugada cuando alguien vio prudente bajar la música. Sin mentir, estuve a punto de llamar a la unidad anti ruidos del 911.
    Viernes por la noche
    La mujer grito improperios. El perrito ladro como si defendiera a uno de los dos. Luego siguió la niña. Escuche cristales rotos. Golpes. Gritos otra vez pero fueron desistiendo. El hombre se quejaba de las atenciones de la mujer, de sus gastos y la falta de templanza para corregir a la niña.
    Sábado por la mañana
    Me queje con la administración que me pidió un plazo para ir personalmente y hablar con ellos. Lo hicieron en la tarde. Escuche con lo insultaban al punto que el administrador salió corriendo, encendió su carro y se marchó.
    Domingo por la mañana
    El administrador me dio el teléfono del dueño del apartamento. Lo llame enseguida para quejarme de las personas a quienes les había alquilado su apartamento. No estaban aptos para vivir ahí. Solo me respondió que él le alquilaba su apartamento a quien le diera su santa gana.

    Lunes por la tarde.
    Me mude al cuarto piso. A decir verdad no escucho a las personas del segundo piso. Vivir en el cuarto es toda una experiencia. Lo único que no me gusta es cuando tiembla la tierra. A diferencia de los del segundo piso, mis vecinos son otra cosa. Dos personas mayores, muy educadas y comedidas.
    Pero esa noche se escuchó una risa en el piso de abajo que en lugar de enojarme me puso la piel de gallina.

    Escrito el 29 marzo 2020 a las 04:16
  11. 11. Nayla dice:

    Querido Diario:
    Solo le conté de esto a mi mama, ¿y para que?. Cometí el error de salir corriendo a decirle cada vez que pasaba. Jamás me creyó, ella no me escuchaba y no quiso escuchar. “Te estas volviendo loca o sos una mentirosa! ¿te burlas de mi?”
    Ellos eran una familia como cualquier otra, al menos eso aparentaban. Los padres tenían un buen empleo y uno de sus hijos que tendría mi edad ya estaba en la universidad, parecía ser un chico estudioso, agradable también. No supe porqué, pero siempre noté algo especial en ellos.
    Volviendo a mi mamá, un día decidí no hablar más del tema con ella. Está convencida de todo lo que dicen y no la juzgo, todos lo creen. Hoy en día está absolutamente prohibido, sin exagerar, es visto como una forma de invocar a satanás. Podrá sonar increíble, pero leí en un libro hace poco, que en la antigüedad era algo natural, aún no se sabían las consecuencias que esto podría traer. Me pregunto cómo sería la vida en ese entonces.
    Confieso, que no puedo evitarlo, cada vez que entran en esa especie de ritual lo único que quiero es estar ahí con ellos . Me acuesto con la oreja en el piso de mi cuarto. Será un horror, igual no siento culpa. No dejo de decirme y preguntarme a mí misma ¿Se escuchó una risa en el piso de abajo?
    7/04/3023

    Escrito el 29 marzo 2020 a las 04:36
  12. 12. MT Andrade dice:

    RISAS
    Son las tres de la mañana. Se escucha una risa en el piso de abajo, o en cualquier otro. En este edificio es imposible saber desde donde proviene el sonido. Las ondas se propagan por los ductos y resuenan amplificándose.
    En un momento normal me hubiera enfurecido, en un momento normal nadie hubiera reído a las tres de la mañana.
    Pero hoy… en cuarentena, todavía no me había podido dormir. Hace apenas media hora que me acosté. Me levanto a prepararme un café.
    De pronto me doy cuenta que río también. ¿De qué? De la risa. Del momento. Río porque es bueno.
    Mi esposa algo dormida llega a la cocina y me observa extrañada.
    —No he tomado nada —aclaro y ella también ríe.
    Escucho ruidos… debo de haber despertado a otros vecinos, o quizá los despertó quien rio primero. No lo sé.
    Oigo otras risas. No son las mismas que escuché al principio. Ahora todos en el edificio ríen.

    Escrito el 29 marzo 2020 a las 04:47
  13. 13. Pablo Jesús Sesma dice:

    La mudanza hacia el edificio del Seminario Conciliar.

    Tras varios años utilizaron los pisos de la antigua Casa Sacerdotal en el barrio residencial a la vieja usanza, el Obispo de la Diócesis ordenó la ampliación de las habitaciones, ante el aumento de seminaristas y la necesidad de mas personal que no cabían en las viviendas, y también estaban ocupadas por los vecinos ajenos a la vocación sacerdotal. La Diocesis en sus espaldas llevaban varias denuncias por ruidos en el piso de abajo. El día “D” empezó el continuo trasiego de enseres, mobiliario y demás utilesillos propios y de la comunidad. El ruido era tal que molestaban a los que habitaban en los pisos superiores. En los bajos y primeros se utilizaba como dependencias de Seminario. No pueden denunciar porque era hora normal pasadas las diez de la mañana. Duraron dos días, y los vecinos estaban aliviados. La última jornada de jaleo, aprovechó el grupito de seminaristas como revancha a los molestos vecinos antes de cerrar la puerta para mudarse, ellos escucharon una risa en el piso de abajo.

    Escrito el 29 marzo 2020 a las 12:42
  14. 14. MARÍA LUCRECIA dice:

    Estábamos escondidos esperando a que llegará la nueva inquilina. Es una bailarina que también hace “streap tease” y según la fotografía que vimos, una joven muy guapa y de grandes atributos. Callados, atentos y nerviosos mirábamos por un pequeño agujero en el suelo de nuestra recámara. De pronto, se escuchó una risa en el piso de abajo. Era ella. Con un elegante vestido de noche, un aderezo de zafiros y la sonrisa más exitante que habíamos visto en nuestros 16 años de vida. No venía sola. Un hombre la acompañaba y entró con ella a su apartamento. Todos hubiéramos querido estar en su lugar. Las risas y la música sirvieron de fondo para nuestra imaginación. Cada uno imaginamos nuestra historia con aquella mujer que parecía de fantasía.

    Escrito el 30 marzo 2020 a las 04:33
  15. 15. Pánfilo Gil dice:

    La cuarentena le obligaba a permanecer en un aislamiento penitente. Televisión, libros, algún trago, intentos culinarios, juegos de video, celular, recuerdos y mucha cama eran su distracción. Un confinamiento de cuarenta días era una tortura china – pensaba – Él que se jactaba de ser un nómada moderno que nada lo detenía, ahora estaba encerrado por causa de partícula microscópica – que absurdo – Una apartamento amplio, cómodo y ventilado ubicado en el tercer piso era su cárcel. Una noche en que sus recuerdos le ahuyentaron el sueño, un silencio pesado, hostil y circundante que agudizaba los sentidos le produjo una sensación de inseguridad y soledad.
    Cuando más tenso se volvía, se escuchó una risa en el piso de abajo. Quién será esa persona que no tiene calendario para reírse, ni se preocupa por las situaciones. Sintió envidia de la alegría ajena, la envidia dio paso al resentiresto de la miemto. El sueño no apareció en el resto de la noche. El nuevo día le trajo desvelo, rabia,desesperación y odio-

    Escrito el 30 marzo 2020 a las 14:54
  16. Esa noche ella se acostó enojada, cómo lo hacía cada vez más frecuentemente. A él, dormir culo con culo le jodia mucho, pero había prometido que iba a bancársela porque no podía hacer otra cosa. Simplemente, no podía irse porque lo que sentía por ella era más fuerte que toda la ira que ella le provocaba a diario, con su forma de hablar tan de mierda.
    Pero esa noche fue distinta. Y lo fue por dos razones: una era que cumplieron una vieja promesa de pasar la noche en un telo, cómo lo habían pensado desde antes de cumplir el primer año de estar juntos. La otra razón fue que, si bien esa noche no festejaban nada, ni era una fecha en especial y ella se había enojado por una boludez, cómo siempre (porque el aire acondicionado hacía mucho ruido, inclusive cuando él quiso pararlo y ella se negó con furia porque sabía que él era caluroso), a él le pareció escuchar algo extraño. No le dió importancia porque en un telo no se escuchan demasiada variedad de ruidos. Pero de nuevo se escuchó una risa en el piso de abajo. Y él ahora sí le prestó atención. La risa era de una mujer y al parecer, de fondo y como un murmullo se escuchaba la voz de un hombre. Mientras en la habitación y a pesar del ruido del aire acondicionado, su mujer dormía, él no podía dejar de pensar en esa risa de esa mujer. Se dió vuelta y quiso abrazar a su esposa, hacer cucharita y esperar que se riera como la mujer del piso de abajo, pero ella le sacó la mano de la cintura. Estaba dormida. La risa de la mujer volvió a escucharse y fue entonces que él suspiró, se levantó de la cama, se vistió y se fue de la habitación y del hotel. Mientras caminaba, seguía escuchando la risa de esa mujer y a su vez no podía quitarse la imagen de su esposa dormida dándole la espalda. Caminó un largo rato, hasta que se dió cuenta que había llegado a la costanera, que quedaba muy lejos del telo. Miró al cielo de la noche y supo que ya no.volvería a esa casa. Fue entonces que en su cabeza escuchó de nuevo la risa de esa mujer y asombrado, recordó que el telo solo tenía una planta baja.

    Escrito el 31 marzo 2020 a las 06:26
  17. 17. Yuliani dice:

    LA TRAICIÓN

    Entró a la casa y todo está en silencio y solo veo recuerdos, camino por la casa viendo los retratos, me detengo en una y la observó, era una pareja, una muy feliz, lo se porque esa era yo y al lado mi amado, aun no recuerdo que pasó solo siento un dolor en mi cabeza. Sigo caminando por la casa y paso por una puerta, no le tomó importancia hasta que se escuchá una risa en el piso de abajo, era el sótano. La curiosidad me gana y voy bajando las escaleras de apoco, la luz esta encendida y puedo ver a dos figuras de espalda riéndose, una mujer y un hombre, el hombre se pone frente a la mujer y la besa, era mi amado. Me acercó enojada por su traición, pero me detengo al ver algo en el suelo, era una chica desangrándose por la cabeza, grito muy fuerte y caigo de rodillas, esa chica era yo, estaba muerta.

    Escrito el 2 abril 2020 a las 03:02
  18. 18. Andrea dice:

    «18»

    Kathy escuchó una risa en el piso de abajo. Era de un hombre desconocido. Uno de tantos.

    Suspiró y subió al máximo el volumen de su móvil. Le habían dicho muchas veces que no lo hiciera con los cascos puestos, que se quedaría sorda. Pero, ¿qué les importaba? La que decidía era ella.

    Apoyó la cabeza en la almohada y contempló el calendario que tenía en el techo. Un mes más y sería mayor de edad. En treinta días podría dejar aquella casa y vivir su vida como le diera la gana. No podía esperar.

    Escrito el 11 abril 2020 a las 16:00
  19. 19. Perla preciosa dice:

    Apenas había llegado el verano, cuando las calles y las casas de Madrid eran auténticos hervideros insoportables: salía el sol y empezaba a calentar con rabia desde primera hora de la mañana. La rutina se apoderó de mí a falta de novedades, y me aburría soberanamente en casa: todas las amigas se habían ido fuera a veranear, los teatros, cines y otros espacios de recreo estaban cerrados, y Sole, que siempre se marcha, se había quedado esta vez en Madrid, pretextando jaquecas y apatía en general, por lo que una mañana, sin pensarlo dos veces, me decidí a llamarla por teléfono para invitarla a pasar una temporada juntas. Tal vez así se le pasarían la jaqueca y la apatía. Éramos amigas desde pequeñas, y con frecuencia en nuestras conversaciones nos deleitábamos recordando las hazañas, sinsabores y beneplácitos de dicha época.
    —¡Anímate, querida! Mi casa no es muy grande, pero cabemos de sobra las dos. Así le doy una buena despedida, dado que en septiembre se me acaba el contrato de alquiler y ya me han dicho que me tengo que ir.
    —¿No me pasará nada? ¿No tendrás ningún vecino con más ganas de juerga de lo normal, ahora que estamos en verano, que tenga apetito por alguna de nosotras y se intente meter en casa? ¡Si me pasa algo y se entera mi familia, me mata! Que cómo se me ocurre irme con una golfa, que de noche no podemos salir solas, que sólo tengo ánimo para ti y ellos han pasado a un segundo plano, etc.
    Sole ha sido siempre así: tímida, miedosa y recatada; huye de los hombres como de la peste, pensando que la van a violar, y, cuando se encuentra con alguno, se esconde por si las moscas. Sin embargo esta vez, alentada por mí, accedió a venir conmigo y a pasar unos días en mi compañía. Aquél en el que nos encontramos hacía un calor sofocante, pese a ser las siete de la tarde, y cuando llegamos a casa nos dieron la bienvenida unos ruidos extraños, cuya procedencia ignorábamos y a los que no dimos demasiada importancia. Pasábamos la noche en vela bajo el aire acondicionado y unos refrescos para amenizarla, y los ruidos de antes comenzaron a oírse de nuevo. Todas las puertas y ventanas de casa estaban cerradas.
    —¿Te acuerdas cuando vino el Padre Pilón a darnos una charla sobre parapsicología?
    —Sí.
    —Se me ocurre que esto podría ser algún fenómeno paranormal de aquéllos a los que hacía referencia.
    —Luego nos dio por hacer psicofonías, preguntando por Yoli y otras compañeras que habían muerto.
    —¡Eso no nos daba miedo, y en cambio, cosas que teníamos más a nuestra vista, sí. ¿Cómo es posible que seamos tan contradictorias a veces las personas?
    —Pues mira, Cris, yo lo he intentado varias veces en casa, cuando se han ido todos.
    —¿Y no te da miedo?
    —¡Ya no soy la de antes!
    —¿Te atreverías entonces a intentarlo ahora? En lugar de una cinta, como hacíamos entonces, usaremos la grabadora del ordenador. Preguntamos por Yoli, a ver qué pasa esta vez.
    —Y esos ruidos, ¿no nos estorbarán? Por intentarlo… -decía Sole entre dientes_. Habla tú, que tienes la voz más bonita, y será más probable que lo consigamos.
    Encendí pues el ordenador y puse la grabadora a funcionar. Tras ello, pronuncié las siguientes palabras:
    —Somos Sole y Cris, y queremos saber, en diez minutos de plazo, el estado en el que se encuentra nuestra amiga Yolanda Mulero.
    Tras esto, permanecimos las dos en silencio, y diez minutos después rebobiné la grabadora, y tras oír mi voz un poco encajonada, escuchamos de nuevo los ruidos que habían precedido a esta conversación, semejantes al de una flauta, mezclada con el ruido de la arena al andar. Seguidamente se oyó el rechinar de unas ruedas, semejantes a las de una camilla de hospital, y tras esto, la voz de una mujer que susurraba “ha muerto”, y por fin la de nuestra amiga, quien igualmente mediante un susurro y el dulce hablar que la caracterizaba, decía: “estoy bien.”
    Quedamos conmocionadas tras este primer hallazgo, y Sole no dejaba de halagar mis poderes mágicos y paranormales.
    Apagamos la grabadora y unas horas después nos fuimos a dormir. Mientras lo hacíamos, escuché una voz que me llamaba aterrorizada, y que consiguió despertarme y dejarme sobresaltada:
    —¡Socorro! ¡Cris, ven corriendo , que el baño se está inundando!
    Me levanté sin vacilar. ¡Era Sole! Cuando entré en el baño, me quedé petrificada: una mujer a cuatro patas y desnuda, gemía con desesperación, mientras otra trataba de inyectarle un líquido por el ano, que, según decía, la vaciaría, y con ello desaparecerían los malos espíritus que la poseían y le hacían hacer todo tipo de barbaridades, tanto a su compañera como al resto del mundo. Sole estaba inmóvil y sin aliento, y yo diría que helada por el susto.
    —No sé por dónde habrán entrado –acertó a decir al fin-, pues cuando he venido ya estaban.
    Mientras tanto, se escuchó una risa en el piso de abajo, y tras ella una orden:
    —¡Ánimo, que están en el segundo!
    ¿Quién era? ¡No me resultaba conocida aquella voz!
    Nuestras amigas del baño continuaban con su tarea, y nosotras nos estremecimos al oír llamar en nuestra puerta. No contestamos por cautela, aunque nos hubiera gustado hacerlo, con el fin de conocer, tanto a las personas que nos solicitaban como el porqué y por dónde había entrado la pareja que se hospedaba en nuestro baño. Nos quedamos, sin embargo, petrificadas y mudas de indecisión.
    —¿Y si nos dormimos de nuevo y vemos qué pasa por la mañana? –sugirió Sole al fin.
    —¿Tú crees? ¿Y si vienen a la habitación?
    ¡Menos mal que era miedosa! Esta vez se habían invertido los papeles.
    —Allí hay ventana; aquí, no. Podemos obligarlas a salir por ahí.
    Aunque no estaba convencida del todo, obedecí a mi amiga, temblando. Dormimos unas horas más, y al despertar por la mañana, parecía como si nada hubiera sucedido: el baño estaba completamente limpio y ordenado, y no había tampoco rastro de persona alguna.
    —¿Ha entrado alguien en tu casa esta noche de manera misteriosa? –preguntamos a varias vecinas.
    —Tengo todo cerrado, a pesar de ser verano –decían mirándonos con cara de alucinación.
    ¡Nosotras también! Nos quedábamos tan estupefactas que no teníamos valor para responder, refiriéndoles el suceso de la noche pasada. Lo mismo nos ocurrió con otras personas, con independencia de la relación que tuviéramos con ellas: éramos visionarias, estábamos locas, o, en el mejor de los casos, teníamos alucinaciones espontáneas.
    A la noche siguiente nos acostamos antes de lo acostumbrado, y nos despertamos a la vez, al grito de:
    —¡Socorro, que me matan!
    ¡¡Aún tienes dentro mucha maldad, mucha codicia, mucha cobardía y mucha vanidad!
    Volvimos a levantarnos sobresaltadas y a ver a la pareja de la noche anterior en la misma posición. Esta vez volvió a tomar Sole la iniciativa y les preguntó:
    —¿Por dónde habéis entrado?
    Ante la falta de respuesta, quisimos llamar a la policía, pero todos los teléfonos se nos bloquearon, tan pronto como empezamos a marcar. Intentamos mandar un correo y se nos bloquearon también los servidores. ¿Nos habían infundido sus malignos espíritus nuestras amigas nocturnas, o tal vez era la mala suerte (en exclusiva o por añadidura) lo que nos poseía a nosotras? No era fácil la respuesta.
    Aterrorizadas, decidimos sentarnos y observar de manera natural la evolución de los hechos. Por temer, temíamos hasta hablar. Dos horas después, dejaron de oírse los gemidos y los gritos, y todo quedó en silencio absoluto. Nos acercamos de nuevo al baño y no hallamos ni rastro de nada: las dos mujeres habían desaparecido y ninguna mancha ni estropicio las delataba en casa.
    —¿Qué te parece, sole? ¿Cómo explicamos esto al mundo?
    —¡Vámonos a mi casa esta noche, querida Cris, a ver qué ocurre, y tras ello decidiremos.
    La obedecí con mucho gusto y mucha emoción, pues en verdad su casa me traía muchos recuerdos desde niña (la hospitalidad de la misma, la bondad de sus hermanas, los juegos compartidos, etc.), de modo que no suponía para mí ningún compromiso. Ahora vivía solamente con una de las hermanas y muy bien compenetradas ambas, de manera que me recibió calurosamente. Cuando le referimos lo ocurrido en mi casa no daba crédito, y tras bromas y discusiones jocosas (“serán vuestros oídos que los tenéis sugestionados de alguna manera y oís cosas que no son ciertas”; “quizá bebísteis más de lo normal y teníais visiones”, etc.), se retiró a su habitación y nosotras nos quedamos en el salón, amenizando y apurando la velada con nuestra charla continua y unos jugosos tentempiés. Apenas nos disponíamos a acostarnos, oímos de nuevo un grito que nos dejó periclitadas. Miramos en nuestra habitación, por si hubiera alguien durmiendo sin saberlo nosotras, y no hallamos nada fuera de lo normal.
    —¿Qué pasa? –preguntó Nuria despertándose-. ¿Os habéis vuelto locas?
    —”Malos espíritus habitan aún
    Tu inmunda morada.
    No te dejaré marchar
    Hasta verte purgada
    Y sentir tu cálido abrazo
    Y tu cuerpo ligero sobre el mío,
    Tus tiernas caricias y tus dulces besos.”

    Ante respuesta tan original, nos quedamos las tres inmóviles, y pasados unos minutos nos dirigimos en procesión al baño, de donde, según nosotras, procedían los gritos y los discursos; mas cuando llegamos no hallamos nada, ni tampoco en el resto de la casa.
    —¡Así que hay brujas o fantasmas cerca! La culpa es tuya, Sole, por evocar continuamente a los espíritus del más allá: los traes a casa, a las de tus amigas, y los llevas dondequiera que vas. ¡Eres tú quien debe purgarse, pues tienes la mente llena de fantasía: todo lo que piensas y es abstracto en ella, adquiere forma corpórea fuera, y de ahí vienen tus disgustos y los nuestros.
    Ante el discurso tan inesperado de su hermana, Sole rompió a llorar, alegando que no se dedicaba a pensar cosas extrañas, y mucho menos a dar disgustos a nadie; que si alguno sentía ella en su presencia, se marcharía de casa para que viviera tranquila.
    —Yo no digo que te vayas de casa, Soledad: digo que nos vas a matar a disgustos a todos con tus estupideces macabras. ¿Cómo se te ocurre pensar que, por invocar a un muerto, vendrá y te dirá lo que hace y cómo está? ¡No tendrás todas las ideas cortadas con el mismo patrón!
    Así pues, dicho y hecho: Sole hizo las maletas y se trasladó de su casa a la mía por una buena temporada: ¡conmigo tenía menos miedo y se sentía más segura en general! Volvimos pues a mi casa, esperando ver esa misma noche a nuestras amigas nocturnas, pero, para nuestra sorpresa, no volvieron más.

    Escrito el 26 abril 2020 a las 17:06
  20. 20. Jaime Salcedo Muñoz dice:

    Antes de que mis amigos se fueran de mi apartamento, ya presentía que algo malo iba a suceder. He aprendido a nunca ignorar mis corazonadas, pues siempre ocurre algo cuando tengo una. Me di una ducha en el baño del segundo piso y escuché la radio mientras me colocaba la ropa. Escuché ruidos en el piso de abajo, pero no le di importancia. Sabía que estaba solo y que, probablemente, mi imaginación pretendía jugar conmigo. Me senté en la cama y me corté las uñas de los pies. Mientras lo hacía escuché más ruidos, así que decidí bajar con la escopeta en las manos a dar la cara al peligro. Bajé las escaleras, siempre con el arma apuntando al frente, y revisé cada rincón del lugar. Me estaba cagando de miedo, lo confieso. Pero la curiosidad era más grande. No encontré nada ni nadie dio respuesta a esa estúpida pregunta de película que uno hace de ¿Hay alguien ahí? Ojalá me hubiese contestado alguien. Seguramente no le habría disparado. Me habría cagado en los pantalones y hubiese muerto de un paro cardiaco. Subí las escaleras y regresé a la habitación. Apagué todas las luces de la casa y me acosté en la cama. Hice una oración y cuando cerré los ojos, se escuchó una risa en el piso de abajo.

    Escrito el 12 mayo 2020 a las 07:07

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