Literautas

Cómo comentar los textos para el taller de escritura (2ª parte)

A raíz de la fase de los comentarios de los textos del taller de escritura, varios de vosotros me habéis pedido ayuda y ejemplos de comentarios para ver cómo enfocar mejor vuestros análisis, qué aspectos tratar, etc.

Por eso he pensado en preparar este pequeño tutorial desgranando un poco los principales aspectos que podemos tener en cuenta a la hora de analizar un texto. Y no os preocupéis, aunque aquí los trate de forma más general (tened en cuenta que son aspectos bastante complejos como para desglosarlos completamente en una sola entrada), en posteriores entradas los analizaré con más detalle uno a uno (e iré añadiendo los enlaces a dichas entradas donde corresponda).

Espero que tanto esta entrada como las siguientes os ayuden a la hora de realizar vuestros comentarios del taller. De todas formas, no os agobiéis demasiado. Esto es una carrera de fondo en la que hay que trabajar despacito y con buena letra.

Lo más importante es ponerle cariño, tener en cuenta que el texto que vais a comentar lo ha escrito una persona que, al igual que cada uno de nosotros, está intentando hacerlo lo mejor que puede; y entender que, a medida que vamos analizando textos y recibiendo comentarios sobre lo que nosotros mismos escribimos, iremos aprendiendo cosas nuevas y resultará cada vez más fácil (analizar y escribir).

Bueno, y ya no me enrollo más. Voy al grano que sé que esto es lo que os interesa:

Mostrar vs. contar

Aquí tenemos uno de los ABC de la escritura, que se puede resumir en la genial frase de Chéjov: “No me digas que la luna brilla, muéstrame el brillo de la luz sobre cristales rotos”. Bastante sencillo de ver desde fuera, aunque no es tan fácil hacerlo como escritores.

¿Cómo sabemos cuándo un texto nos está contando en lugar de mostrando?

Cuando nos encontramos con demasiadas expresiones como “María se enfadó mucho con él, sentía mucha rabia” en lugar de “María le lanzó una mirada llena de rabia y salió dando un portazo”, o “La casa abandonada nos daba mucho miedo” en vez de “La casa parecía haber sido abandonada tiempo atrás y nos la encontramos vacía, a oscuras, envuelta en un silencio demasiado profundo en medio del cual no podíamos evitar la sensación de que alguien nos estaba observando” por poner un par de ejemplos.

Síntesis

Si la capacidad de resumir, de ir al grano, es un rasgo a destacar en cualquier escritor, cuando se trata de textos tan breves como el de nuestro taller, ya ni os cuento… En un relato corto de este tipo no hay lugar para las florituras o las disertaciones. Lo accesorio mejor que se quede fuera.

Así que, realmente, tras leerlo un par de veces, ¿notas que le sobran cosas? ¿Crees que esa descripción o ese recuerdo del personaje son realmente necesarios para contar la historia? O, por el contrario, ¿todos los datos son necesarios, tanto para la trama como para la atmósfera?

Para resumir, de nuevo mentando a Chéjov: “Si al comienzo de un relato se ha dicho que hay un clavo en la pared, ese clavo debe servir al final para que se cuelgue el protagonista”

Atmósfera

La atmósfera que se respira en un relato, su ambientación, se consigue a través de muchos elementos. Las descripciones, las sensaciones, el lenguaje apropiado, el tono… Cuando lees el texto, ¿sientes que se ha recreado una atmósfera y, sobre todo, que se trata de la atmósfera adecuada para lo que se está contando? No sirve de nada crear una atmósfera de terror si lo que nos está contando se supone que tiene que enternecernos.

Voy a poneros un ejemplo, un fragmento extraído de Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Como veréis, todos los elementos del texto, la descripción, el diálogo, cada palabra, van recreando una atmósfera que nos envuelve, nos atrapa y nos empuja directamente hacia el momento culminante de los golpes:

“Faltaba mucho para el amanecer. El cielo estaba lleno de estrellas, gordas, hinchadas de tanta noche. La luna había salido un rato y luego se había ido. Era una de esas lunas tristes que nadie mira,a las que nadie hace caso. Estuvo un rato allí desfigurada, sin dar ninguna luz, y después fue a esconderse detrás de los cerros.

Lejos, perdido en la oscuridad, se oía el bramido de los toros.

-Esos animales nunca duermen -dijo Damiana Cisneros-. Nunca duermen. Son como el diablo, que siempre anda buscando almas para llevárselas al Infierno

Se dio la vuelta en la cama, acercando la cara a la pared. Entonces oyó los golpes”.

Género, tono y lenguaje

Al igual que el punto anterior, el tono y el género de un texto tienen que ser coherentes con la historia. Creo que está claro que no emplearemos ni el mismo tono, ni el mismo lenguaje para una historia de terror que para una aventura para niños.

El ritmo y la construcción de las frases

Cuando todas las frases de un relato tienen una cadencia similar, puede afectar al ritmo y convertirse en algo monótono, como el sonido de un tambor. A no ser que busquemos dicho efecto por un motivo intrínseco de la historia, la longitud de las frases y su construcción deben variar de vez en cuando. Fijaos en el ejemplo de Rulfo de hace unas líneas. Analizad su sintaxis y veréis cómo no todas las frases son iguales. Se trata de lograr, sin que esto afecte al ritmo, que la lectura no se haga pesada. Que fluya.

El ritmo y la acción

El ritmo, además de en la forma de las frases y los párrafos, también se puede medir a través de la acción. Qué ocurre en la historia, su cadencia o velocidad, los diálogos (que aceleran el ritmo), las descripciones y los recuerdos (que lo frenan)… todo ello va definiendo el ritmo del texto.

¿Cuál es el ritmo correcto para un relato? Eso depende un poco de lo que se quiera transmitir y cómo, pero también debe ser coherente con la historia e intentar ser constante a no ser que exista una justificación para cambiarlo.

Sonoridad

La sonoridad de un texto se detecta sobre todo al leerlo en voz alta. Es esa sensación en el oído de que las palabras fluyen, como si cada una de ellas estuviese en su sitio y, si la cambiásemos por algún sinónimo, seguramente no funcionaría del mismo modo.

Como ejemplo, un fragmento del libro La Reina del Sur, de Pérez Reverte, que me encanta precisamente por la musicalidad que destilan sus páginas. Probad a leerlo en voz alta y veréis cómo se nota:

“Teresa Mendoza lejos de Sinaloa. Sola con ese de Soledad. Días iguales a otros hasta que dejan de serlo. Lo inesperado que se presenta de pronto, no con estruendo, ni con señales importantes que lo anuncien, sino deslizándose de forma imperceptible, mansa, del mismo modo que podría no llegar”.

Claro que no todo el mundo va a escribir textos como éste, ni siquiera todos los fragmentos de dicho libro suenan así. Entonces, ¿cómo saber cuándo un texto no tiene una buena sonoridad? Cuando al leerlo sientas que las palabras se pelean entre ellas, te tropieza la dicción o te molesta en el oído. Y, por supuesto, cuando hay rimas molestas o demasiadas repeticiones (no buscadas) de las mismas palabras y sonidos.

Bueno, y hasta aquí el post de hoy. Quedan un montón de puntos por ver, pero creo que para empezar y teniendo en cuenta que el tema es bastante denso, mejor paramos aquí. Pero no os preocupéis, mañana más con la publicación de la tercera parte de este mini-tutorial. ^^

Entradas relacionadas:

Cómo comentar los textos para el taller de escritura (1ª parte)
Cómo comentar los textos para el taller de escritura (3ª parte)