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Esperanza yerma - por Diego

Web: http://diegobarraleslatorre.net

Una mañana fría de lluvia cristalina y ámbar hacía su aparición tras los cristales vidriosos. Había pasado una noche mala. Los sueños se sucedían, imaginando marmotas transitar en cada nuevo despertar al día recién nacido.
Se había retozado en las sábanas, robando minutos a la claridad gris. Tocaba con las yemas de sus dedos el lado frío del colchón, quería oler su perfume añejo impregnado en él. La ducha poco pudo aliviar la amargura de su ausencia. Palpaba en el vacío del agua correr, sus líneas sensuales y fantasmagóricas, probando la hiel de su vaporosidad en el vaho humeante.
Un desayuno rápido sin ganas, y de vuelta a su rutina en su gastado escritorio. Una lámpara iluminó la oscuridad de la habitación, destapando una obsoleta máquina de escribir. Encima de la encimera, una carta. El sobre estaba vacío. Esperaba a su amante: un papel a medio redactar que agonizaba entre las garras de la máquina de escribir, que yacía hace tiempo allí, a la espera de unas palabras que él necesitaba escribir. Pulsaba las teclas con rabia, al son que dictaban sus latidos, derramando su sangre en cada palabra:
“[…] Tenía que decirte que no aguanto un día más de espera. Eres tú, o ríos carmesí truncados por puentes de acero. Disculpa mi brusquedad, mi poca amplitud de opciones. Erré el camino hace tiempo. He ido a dar con mi penoso esqueleto y mis músculos atrofiados de falta de cariño al corredor de la muerte de tu invisibilidad…”
Se había quedado prendado, absorto y pensativo, de la vida que seguía tras la ventana, donde la plazuela respiraba bríos juveniles, al final de la calle de su desesperación.
Había oído muchas veces hablar de medias naranjas, pero él solo había recibido el zumo ácido de medios limones en sus heridas que exudaban amor. Pero un espectro le había robado la esperanza de su primavera, el dorado de su otoño. Deseaba arder entre sus brazos, deshacer el hielo de su indiferencia.
El ladrido de un perro le había vuelto a su triste realidad. Seguro que anunciaba la llegada del cartero. Por un instante, pensó en acercarse al buzón. Una ráfaga de duda le cruzó súbitamente a través de sus neuronas. Nadie le escribía hace tiempo. ¿Qué haría pensar en que hoy fuese distinto?
Se acercó al sillón que descansaba bajo un reloj que había marcado tiempos mejores, dejándose vencer. Cerró los ojos.
La retrataba como ese sueño, aún por vivir, que daría brochazos de arcoiris a su vida monocroma, como agua que da razón de ser al mar. Había sueños que se trazaban en la realidad, o eso decían.
La anhelaba, como el primer beso carnal en una cita.
La deseaba, cual niño al juguete tras el escaparate.
La esperaba, como se espera en el andén del tiempo perdido el tren de los instantes por recuperar.
Su corazón palpitaba cuando fantaseaba sentir su sonrisa desdibujada en un rostro desconocido. Sabía que era ella, pues ni los haces dorados que se suicidaban contra el suelo al despuntar el alba saltaban tan relucientes a su vista.
No sabía qué la apartaba de ella. Cada vez que esbozaba en su mente su imagen, se sumía en mares muertos lastrado por su vacuidad, que le había arrastrado a dejar de cuidarse lo más mínimo. Deslucía barba de informes líneas, aspecto desaliñado, y vestía prendas haraposas.
Decidió sofocar las llamas de su corazón con alcohol, como loco irresponsable que extingue el fuego con más fuego. Se levantó del sillón, que rugió su infelicidad solitaria. Decidió que un whisky on the rocks bastaría para saciar la sed de su alma. Tomó del mueble bar, de vetusta madera, un vaso, macizo de transparente cristal, y cubrió su fondo del oro líquido que guardaba para grandes ocasiones. Ésta sin duda no lo era. Ahogó la amargura de ese brebaje con dos hielos de una cubitera que guardaba en un pequeño congelador que había al lado del mueble. Se acercó a la cristalera de la cocina, rezumante de gotas de lágrimas, buscando contagiarse de la tranquilidad que transmitía aquellas vistas verde-parduzcas del monte cercano.
Sin percatarse de que su ánima volaba ya lejos de la estancia, había vuelto a pensar en ese cartero anunciado por trompetas poco celestiales de ladridos. Deseaba una respuesta a sus deseos y dudas, sí. Pero, ¿quién garantizaba que aquel viejo repartidor hubiera dejado nada, y menos que fuera de ella? Se acercó, al buzón, con su caminar pusilánime. Al fondo del buzón, una sombra, ¿sería de ella?

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4 comentarios

  1. 1. Frida dice:

    Hola Diego. Tu relato me ha atrapado de principio a fin, destila tanta delicadeza, tanta sutileza, amargura y tantos sentimientos, que es imposible plasmarlo en palabras. Usas frases poéticas, que refuerzan lo que se lee. La inseguridad en el alma de tu protagonista es palpable a cada paso que se da avanzando en la lectura. Has relatado de forma magistral el auge de la desolación y el amor. Ole y ole por tan bello relato.

    Por cierto, me ha sorprendido tanto tu historia, que he visitado tu blog, porque claro, que alguien menor de edad escriba con tanta perfección la inseguridad del amor en un hombre que semeja ser casi treinteañero, me dejó perpleja. Pero cuando llegué a él me desconcertó la foto que tienes en el perfil, pues no parece que sea de alguien menor de edad. Sea como sea, reitero mis felicitaciones por tan buena narración.

    Escrito el 4 noviembre 2015 a las 21:21
  2. 2. Diego dice:

    Hola, Frida. No sé por qué salió que era menor de edad. A mi también me llamó la atención. Debí de indicar algo mal cuando envié el relato. También te felicito por acertar con mi edad. Gracias por tu comentario, de todo corazón.

    Escrito el 4 noviembre 2015 a las 21:25
  3. 3. Leonardo Ossa dice:

    Hola Diego. Tengo entendido que eres nuevo en este blog, así que bienvenido. En este ejercicio no tengo participación, pero espero volver a retomar la práctica en un futuro. Tu escrito lo encuentro de corte poético. Me gustaría que pasaran por acá otros compañeros más hábiles para comentar y disfrutaran de lo que expresas.
    Un saludo.

    Escrito el 20 noviembre 2015 a las 02:50
  4. 4. Diego dice:

    Muchas gracias, Leonardo, por tu comentario.

    Escrito el 20 noviembre 2015 a las 04:22

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