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El lápiz mágico - por Diego Barrales

Se hallaba sentado, abatido, en el viejo banco de su facultad. Se había sorprendido pensando en cómo la vida fluye como agua que a veces susurra olas en calma, y otras, arroja lava en bocanadas ingentes.
Hacía casi dos años que puso fin a su carrera de Filosofía. Los malos resultados y un espíritu vacuo habían secuestrado la motivación que le llevó a estudiar esa carrera años atrás. Su búsqueda de la felicidad le arrastró a inscribirse a los pocos meses en un curso de fotografía que impartía un instituto de su ciudad.
El curso le había supuesto volver a la vida. Había congeniado con dos compañeros, conformando una pandilla de libros y horas de estudio, fiestas y resacas por igual, algo de lo que carecía durante sus años de colegio y facultad. Pero, sobre todo, había conocido a una compañera, que le suponía una sobredosis de ilusión desconocida hasta el momento. Él se definía como la persona más tímida y sin arrojo del mundo. Ella le arrastraba con cada mirada, con cara sonrisa.
Sin embargo, no duró ni un semestre aquel curso, ni aquella descubierta felicidad: la repentina enfermedad de su madre, así como la ausencia en la familia que quisiera hacerse cargo de una mujer sesentona que necesitaba cuidados constantes, le obligó a ponerse a trabajar para poder pagar una enfermera que la atendiera las veinticuatro horas del día. Cambió, como el suspiro breve que separa la vida y la muerte, la vitalidad recobrada por una rutina mordaz y redoblada que le había ahogado en años pasados. Perdió contacto con la gente del curso y su ilusión de ser capaz de amar a alguien en la vida, y ser correspondido.
Su madre murió a finales de verano. Descartada una carrera que odiaba a ratos, deshecho los hilos trenzados en el curso con sus compañeros, se batía en mortífera depresión. Necesitaba ver los rayos del sol entrando por la boca del pozo, pero estaba demasiado hundido para verlos. La única solución era volver a retomar contacto con la gente del curso, en especial, con ella.
Con esa idea en mente, se plantó en el instituto una mañana soleada de comienzos de otoño. La esperó, extrañado de que un ser con tan pocas agallas como él fuera capaz de dar el primer paso: pedirle su número de móvil para quedar un día para tomar un café. Por una vez en su vida, dimitió de su miedo, y se sitúo delante de ella con valentía. Era la primera vez en la vida que se sintió satisfecho de conseguir aquello que se proponía.
Tardó un mes en usar aquel número. Marcó el número, pero no obtuvo respuesta. Probó varios días seguidos, pero ella seguía siendo esquiva. Una noche ella le devolvió una llamada perdida. Él sabía en su interior que aquel ángel tendría ya prendido su corazón de las llamas de otra persona, pero aquello supuso recobrar la ilusión de sentir amor.
Él intentaba contactar con ella, llamándola, pero no respondía. La única manera que quedaba era mediante SMS. ¿Qué perdía por intentarlo? Se dedicaba en cuerpo y alma a afilar, a relucir la mina del lápiz mágico de su poesía. Cada noche. Durante ciento veinte lunas. Adornadas algunas de ellas con una llamada perdida de ella como muestra de afecto.
En esos mensajes le describía cómo la deseaba, cómo había vuelto a encender la vela de su vida que se apagaba. Le pedía solo una oportunidad: una cita.
Quedaron en un parque céntrico de la ciudad, una humedad noche de abril. Paseo que dio lugar a la palabras, palabras que enmudecieron con las ganas irrefrenables de ella de sellar sus labios, que murió en él, cortado como se corta la leche al fuego hirviente.
Se citaron dos noches más. Momentos de besos de pasión, bajo el flexo irreverente de una superluna. Conformaban una extraña pareja sentada en la parte trasera del coche. Ella buscaba lujuria; él, se derretía en amor. Eran agua y aceite inmiscibles.
La última vez que se vieron, ella le había dejado escritas unas palabras en la parte trasera de un cuaderno de apuntes del curso que él le había prestado, y que ahora ella le devolvía. Él estaba sentado en un viejo banco de su facultad, a la que había regresado, leyendo aquellas palabras, que guardaría para siempre.

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2 comentarios

  1. 1. Frida dice:

    Hola Diego, de nuevo vuelves a sorprender con un emotivo relato, sembrado de poesía y buena narración, con el desamor de fondo. Me ha gustado, me ha dado la impresión, de que era un relato quizás semiautobiográfico o, al menos inspirado en sensaciones y vagos recuerdos de hace no tantos años. Salpicas el texto de rico vocabulario, algo que es agradable al leer, pues relatas sentimientos, escenas con las que cualquiera puede sentirse identificado, ¿quién no se ha sentido nunca utilizado?¿o no correspondido?¿una depresión?, son situaciones con las que las personas hemos de lidiar, aprender a superar, pero que en el momento se nos hacen complicadas de comprender y, a toda esa cotidianidaz, le imprimes cierta sotisficación, poesía pura. Lo único negativo que te diré, es que se te han colado dos dedazos,cara en vez de cada y humedad en vez de húmeda.

    Enhorabuena por tu relato.

    Escrito el 30 noviembre 2015 a las 16:07
  2. 2. Diego dice:

    Muchas gracias, Frida.

    Escrito el 30 noviembre 2015 a las 16:09

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