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LA FUNCIÓN DE LOS VIERNES - por Marta

FUNCIÓN DE LOS VIERNES

Los viernes eran días especiales para los integrantes del elenco. Se trabajaba con más ganas, con el entusiasmo de quien sabe que al día siguiente no hay ensayo y queda tiempo para remolonear un poco más en la cama.
Cuando terminó la interpretación del último de los actores, todos respiraron aliviados. El joven, recién incorporado a la obra, tenía en vilo a todos y en especial a la directora. El chico era bueno pero temían que no fuera muy disciplinado a la hora de estudiar los guiones.
De todos modos las cosas resultaron muy bien y casi se podría decir que sólo faltaban los últimos detalles de pulido para estar en condiciones de llevar adelante el estreno.
La obra en cuestión era nada menos que Antígona.
Si bien se atenía a los lineamientos generales de Sófocles, la directora quería imprimirle ciertos detalles que la hicieran más actual (como si eso fuera necesario).
El bullicio en los camerinos era habitual. Montones de ropa tirada por los rincones, búsqueda infructuosa de un calzado o la pérdida de un lápiz labial, hacían de ese momento de caos todo un espectáculo.
Cuando lograban estar prontos para partir salían comentando y haciendo bromas entre ellos. En la puerta del teatro los esperaba, como siempre, Jacobo, el viejo portero que había hecho del edificio su hogar. Allí había visto pasar los mayores éxitos y los más terribles fracasos de innumerables compañías que aparecían y desaparecían según los vaivenes de la moda y los gustos populares.
Jacobo era un hombre parco y de cuerpo enjuto. En las manos tenía horribles cicatrices. Su mirada siempre lejana parecía ir más allá del circunstancial interlocutor. Era correcto y respondía a las necesidades de cada uno con rapidez y buena voluntad. Sin embargo, nadie había podido franquear su confianza ni sabía de su pasado o su historia familiar.
Cuando el teatro quedó silencioso y oscuro, el hombre pareció rejuvenecer. Una vez cerrada la puerta principal, pasó por el vestuario del actor principal, vistió las ropas dejadas por él y se maquilló sin prisa, como si fuera un rito. Luego se dirigió al sector de iluminación y dirigió el gran reflector al centro del escenario. Cuando logró el efecto deseado caminó con paso presto hasta el lugar donde le aguardaba un círculo de gran luminosidad. Comenzó entonces lo que ocurría todos los viernes por la noche: su propia función.
Desde la platea, los fantasmas que lo acompañaban desde la terrible noche en que se incendió el pequeño teatro de su pueblo natal, aplaudían con entusiasmo a su actor preferido.