¿Sabes en qué tiempo verbal está escrita la última novela que leíste? Si te lo pregunto así, en frío, es muy probable que tengas que pensarlo un momento, o que directamente no te acuerdes. Y es normal, porque el tiempo verbal suele pasar desapercibido. Está ahí, haciendo su trabajo, pero casi nunca lo notamos de una forma tan evidente, como a lo mejor sí sucede con el narrador.
Cuando escribimos, solemos prestar mucha atención a quién cuenta la historia. A veces nos decantamos por el narrador en primera persona porque necesitamos crear una cercanía con el lector; o puede que prefiramos un narrador en tercera persona equisciente porque nos ayuda a separarnos del personaje a la hora de contarlo. Aunque a veces es una decisión personal más que técnica —elijo este narrador porque es el que me pide la historia o con el que yo me siento más a gusto—, creo que se nota más a simple vista los cambios que produce en la historia contarla de una u otra manera, y cómo la elección del narrador modifica el relato.
Con el tiempo verbal, en cambio, no solemos tener esa misma claridad. Lo normal es que tendamos a escribir la historia en pretérito o pasado, porque es lo más frecuente, lo que hemos leído toda la vida y lo que, de alguna manera, sentimos como “lo natural”. Pero a veces (y esto seguro que también te ha pasado) la historia empieza a pedirte otra cosa. A mí me ocurrió con una novela en la que, sin saber muy bien por qué, había escenas que mi instinto me empujaba a escribir en presente.
Hasta entonces, todos los textos de ficción que había escrito estaban en pasado. El presente lo usaba en guiones, claro, pero eso es distinto porque el guion es un documento técnico en el que se exige el uso del presente y no tiene nada que ver con un texto literario. Así que, cuando me encontré con esa sensación de “esto tiene que ir en presente”, me di cuenta de que me faltaba algo importante: no entendía de verdad qué estaba cambiando, qué efecto producía y por qué mi cabeza lo pedía justo en esos fragmentos.
Y ahí fue cuando empecé a investigar, a fijarme en el tiempo verbal en los libros que leía, a comparar escenas, a buscar qué estaba haciendo el presente que no hacía el pasado (y al revés). Podría haberle hecho caso a mi instinto y tirar millas, pero soy un poco tiquismiquis con estas cosas y me gusta siempre saber por qué estoy tomando una decisión y tener evidencias que me aseguren que esa decisión es la correcta.
Por si a ti te pasa lo mismo que a mí, en este post voy a explicar las principales ventajas y desventajas de escribir un relato en presente, con algunos ejemplos de novelas que los utilizan.
¿Por qué escribir una historia en presente?
Escribir una novela o un relato en presente suele ser más difícil que hacerlo en pasado (el tiempo al que estamos más acostumbrados en narrativa), pero también puede darte algo que el pretérito no ofrece con la misma facilidad: inmediatez.
El presente hace que la escena parezca estar ocurriendo delante del lector, como si no hubiera distancia entre lo que vive el personaje y lo que leemos. Marca una gran diferencia frente a escribir en pasado y es la sensación de que el futuro aún no está escrito; todo puede pasar. O, lo que es lo mismo, genera una mayor incertidumbre, aumenta la tensión, acelera el ritmo y potencia la sensación de estar “dentro” de la historia. Al leer una historia en presente sentimos que el personaje no sabe lo que va a pasar y, por lo tanto, el lector percibe el texto como un relato que no está cerrado. Todo puede ocurrir.
Este tiempo verbal funciona muy bien en historias donde lo importante es la tensión del momento: thrillers, terror, escenas de peligro o persecución, relatos psicológicos en los que quieres que el lector se meta mucho en la mente del personaje y sienta las decisiones en tiempo real…
También es un tiempo verbal interesante si la trama transcurre en un periodo de tiempo corto —horas, días, una etapa muy concreta—, porque refuerza esa sensación de “estoy aquí y esto está pasando ahora”.
¿Por qué escribir una historia en pasado?
Aunque seguro que te suena genial todo lo que te acabo de contar, lo cierto es que escribir en presente no está exento de peligros y desventajas. Es una forma verbal más difícil de manejar, y puede que no salga como esperamos si no la manejamos con cuidado.
Escribir en presente exige más precisión, más control del ritmo y precaución para no caer en la monotonía o en la antinaturalidad. Por ejemplo, hay que vigilar cómo hacemos las descripciones o presentamos una situación si lo contamos en un narrador en primera persona del presente para que no suene extraño o falso. Escribir en presente no consiste solamente en cambiar el tiempo verbal; algunos fragmentos tendrás que adaptarlos para contarlos de un modo u otro.
Por otro lado, escribir en pasado suele ser la opción más “invisible”, y eso es una ventaja enorme: el lector entra sin darse cuenta del mecanismo, sin fricción. Es el tiempo verbal al que estamos más acostumbrados en narrativa, así que rara vez distrae o llama la atención. Además, el pasado transmite una sensación de historia ya asentada, como si alguien te estuviera contando algo que ocurrió y que puede ordenar, seleccionar y darle forma. Esa distancia (aunque sea mínima) también puede aportar calma, perspectiva y una lectura más fluida, incluso cuando pasan cosas intensas.
Y, en lo práctico, el pasado es muy agradecido: facilita los saltos temporales, los resúmenes y las transiciones sin que chirríen. Si tu historia abarca meses o años, si necesitas hacer elipsis, cambiar de escenario o seguir a varios personajes, el pretérito suele sostenerlo con naturalidad. No significa que sea menos inmersivo —puede serlo muchísimo—, pero su fuerza está en que te deja contar con amplitud y control, sin que el tiempo verbal se convierta en protagonista.
Ejercicios prácticos
Si aún no tienes claras del todo las diferencias entre un tiempo verbal y otro, prueba este ejercicio: ve a tu estantería, escoge una novela cualquiera y ábrela por una página al azar. Lee unos cuantos párrafos tal y como están escritos y, después, vuelve a leerlos haciendo el esfuerzo mental de pasarlos al otro tiempo verbal. Algunos fragmentos te sonarán raros —hay frases y construcciones pensadas para un tiempo concreto y, al cambiarlas, se rompen—, pero en la mayoría de casos el experimento te servirá para empezar a notar esas diferencias sutiles: cómo cambia la distancia, el ritmo y la sensación de estar “dentro” o “fuera” de la escena.
Otro ejercicio muy recomendable —si no lo haces ya, que puede que sí— es que te fijes en cómo y desde dónde están escritos los libros que lees. Aprender a leer como escritores y no solo como lectores forma parte del oficio. Así que la próxima vez que abras una novela o un libro de relatos, presta atención también al tiempo verbal. Observa qué sensación te provoca: si te mete dentro de la escena o te la cuenta desde cierta distancia, si acelera el ritmo o lo vuelve más pausado, si notas que todo puede pasar o te parece que el relato ya ha ocurrido. Y, si puedes, haz una pequeña nota mental: ¿crees que la misma escena funcionaría mejor en el otro tiempo verbal o ese es el correcto?
Ejemplos de historias contadas en presente
Por si quieres ver algunos ejemplos concretos de historias contadas en presente, te dejo aquí una pequeña lista de novelas en este tiempo verbal:
El amante, de Marguerite Duras. Aunque la autora alterna tiempos verbales, usa el presente para momentos clave de mayor intensidad.
Los juegos del hambre, de Suzanne Collins. Narrada en primera persona y en presente, lo que refuerza la sensación de urgencia.
La trilogía Reina Roja, de Juan Gómez Jurado es el mejor ejemplo de thriller contemporáneo en el que el presente acelera la acción y mantiene la tensión escena a escena.
Las sirenas, de Emilia Hart. Cuenta una historia en diferentes épocas y con varios personajes femeninos: el presente se utiliza para lo que ocurre en la actualidad y el pasado para lo que ya terminó. Ese juego ayuda mucho a situarse y a notar el contraste entre líneas temporales.
La luz que no puedes ver, de Anthony Doerr. Una novela histórica maravillosa, de ritmo contenido pero tenso, en la que el presente nos acerca al pasado y nos da la sensación de estar acompañando a los personajes en tiempo real. Es una elección de tiempo verbal estupenda para hacernos vivir la historia de una forma más intensa.
El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Aquí el presente encaja a las mil maravillas con la voz confesional y claustrofóbica de la narradora; sentimos que es una experiencia vivida mientras sucede.
¿Y qué pasa con el futuro?
Si has llegado hasta aquí puede que te estés preguntando si existen otros tiempos verbales para contar una historia además del pasado y el presente; concretamente, el futuro. ¿Se puede contar una historia que aún está por suceder? Pues lo cierto es que, aunque no es lo más habitual, sí puede usarse, sobre todo en fragmentos puntuales para conseguir efectos muy concretos.
Pero esto es ya otra historia que da para un nuevo artículo, así que lo dejamos aparcado para la siguiente publicación y, de momento, nos quedamos con el pasado y el presente, que ya tiene mucho trabajo para analizar.
Conclusiones
¿Y tú? ¿Sueles fijarte en el tiempo verbal cuando lees o escribes, o es algo en lo que no piensas hasta que te lo señalan? ¿Qué tiempo sueles emplear en tus historias? Y si conoces más ejemplos de novelas o relatos escritos en presente, ¡déjalos en comentarios! Me encantará ampliar la lista de lecturas con vuestras recomendaciones.
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