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Una luz en el bosque - por Mario DG

Decidió visitar a la bruja. Aquella huraña y enigmatica mujer que se escondía de la vista de los demás, tras los velos y las sombras de su casa en el bosque.

La casa, rodeada de asfixiantes árboles, parecía abandonada, derruida. Pese a ello, en su interior, siempre brillaba un pequeño candil, día tras día desde hace no se sabe cuánto.

Hay quien aseguraba que allí habitaba una mujer con algún tipo de don. Pese a que en realidad nadie la había visto nunca y los que lo habían hecho no habían vuelto jamás. Con eso y todo alguien se encargaba de mantener el candil encendido.

Carlos, un hombre desesperado y deshecho tras la desaparición de su hija y su mujer hace más de un año no dudó en acudir a aquella extraña mujer. Encontrarlas se convirtió en una obsesión para él, sentía que, después de tanto tiempo, aún estaban vivas en algún lugar. Aquella mujer, que mantenía la llama viva en aquel farol entre los bosques, simbolizaba su último rayo de esperanza, su última opción.

Se decía que era capaz de leer la mente, de invocar a demonios que le contaban nuestro pasado, presente y futuro, pero Carlos sólo buscaba una respuesta. Necesitaba, saber el paradero de su familia y esa necesidad le hacía afrontar el miedo que sentía al acercarse a aquella morada. Abrazada por la oscuridad, rodeada de un manto de espesa neblina, la casa aguardaba su llegada. Y así, es como llegó hasta allí.

Él, tembloroso y dubitativo, se aproximo al hogar de la bruja. Subió los tres escalones que separaban el porche del húmedo suelo del bosque. Las maderas se quejaron a su paso, quebrando el silencio sepulcral que envolvía aquel tétrico lugar. Se detuvo ante la desvencijada puerta de madera y se armó de valor para llamar. Sacó las manos de los bolsillos de sus tejanos y se dispuso a tocar con los nudillos en la puerta. Ésta cedió suavemente al contacto con su mano, emitiendo un leve chirrido.

-¿Hola?, ¿hay alguien ahí? – Preguntó con voz temblorosa.

Silencio fue lo único que tuvo como respuesta. Ante él, una gran sala se abrió paso. Oscura y en silencio, nada parecía alterar aquella tensa armonía. Tan solo el candil se atrevía a rasgar el negro velo de oscuridad que allí habitaba. La estancia únicamente estaba provista de un gran espejo cubierto de polvo que, éste reposaba sobre una chimenea cuyo último aliento fue exhalado hace tanto tiempo que ya ni se recuerda. Carlos reparó en el exiguo mobiliario que tenía la estancia; una mesa sobre la que reposaba el perpetuo candil y dos sillas. Una de ellas ya estaba ocupada.

Allí, inmóvil, casi irreal, y bajo un manto que cubría por completo su facciones aguardaba la bruja. Aquel ser parecía estar desposeído de toda vida, hasta que con un leve quejido comenzó a moverse lenta y pausadamente.

La bruja alzó el brazo señalando la otra silla, invitando a Carlos a sentarse. Éste accedió y tomó asiento, agarrando la silla por el respaldo. Una vez estuvo frente a ella a Carlos se le heló la sangre. Los rasgos de la mujer permanecían ocultos aún estando tan cerca de ella, parecía no tener rostro.
La bruja alzó su cabeza hasta que sus miradas se enfrentaron, o eso al menos le pareció a Carlos. Y entonces sucedió.

Un súbito dolor empezó a recorrer su ya maltrecho cuerpo. Su visión se nublaba. Las paredes parecían difuminarse mientras un intenso dolor surgía de su pecho. Un espeso líquido rojizo le empapó la camisa al tiempo que se daba cuenta de que una gran herida se le había abierto justo en el tórax. No tuvo tiempo de sentir dolor. Miles de imágenes bañaban su retina. Un coche, un accidente. Él, su mujer y su hija, atrapados. Sangre y un mar de sirenas a su alrededor.

Asustado ante las imágenes que aquella mujer le metía en la retina Carlos dio un respingo abandonando su asiento. Entonces, algo atrajo su mirada hacia el espejo tras la mujer. Y fue en ese instante cuando lo supo, ellas estaban a salvo.

Se vió a sí mismo en un hospital, intubado y rodeado de máquinas que mantenían sus constantes vitales. Ellas estaban junto a él, cuidándolo en todo momento.

En ese instante el candil comenzó a brillar con una inusitada intensidad, bañándolo todo con una relajante luz blanca. Carlos tan solo se dejó atrapar por la paz de aquel resplandor que lo rodeaba. Y entonces descansó.

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