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Inocentes - por Claudio Juri

INOCENTES

Habían pasado doce horas desde que el profesor Alexander Kozlov había llegado a Nuremberg, instalado en aquella vieja cabaña tan diminuta y precaria que servia de refugio. Pero él ignoraba su paradero, ignoraba que en el exterior los ejércitos rusos habían entrado en Berlín, ignoraba que el Imperio Alemán estaba a punto de caer y hacerse añicos contra el piso con la misma facilidad que lo aria una jarra de cerámica puesta sobre lo alto de un mástil. Él lo ignoraba todo.
Abrió los ojos repentinamente al escuchar a lo lejos el sonido de una detonación. Solo encontró oscuridad, olor a humedad y el sonido de algún que otro grillo.
Le dolía profundamente la cabeza, sentía el estomago revuelto y un molesto zumbido le daba múltiples puntadas en el centro del tímpano.
Trató de incorporarse pero no pudo, la tenue luz que entraba por una pequeña ventanita le mostraba una habitación que giraba y se distorsionaba como si estuviera en una de esas pesadillas que nadie quiere estar. Supo entonces que lo habían drogado.
¿Habrán utilizado Rohypnol?, se preguntó alarmado. Volvió a tratar de levantarse pero fracasó. No podía moverse en absoluto
Pasaron unos minutos entre los repetidos intentos de moverse y poco a poco su mente fue aclarándose, dejó de sentir el mareo y las nauseas. Pronto su vista se acostumbro a la oscuridad. Entonces se dio cuenta que estaba sentado en una vieja silla.
Al principio pensó que lo habían amarrado, como varias veces presencio a soldados soviéticos utilizar alambres de púas para sujetar las muñecas de hombres, mujeres y niños. Recordar aquello le provocó un fuerte escalofrió, y rápidamente borró las traumantes imágenes de su mente.
Pero el doctor Kozlov no estaba maniatado. Simplemente estaba sentado, con su camisa blanca y sus pantalones marrón oscuro que combinaban perfectamente con sus zapatos de cuero. Simplemente no podía moverse. La desesperación se apodero de él.
Mediante insultos ordenaba a su mente que procesara la información adecuada para que cualquier músculo de su cuerpo diera la mas mínima señal de movimiento. Todo fue inútil.
Volvió a insistir en la posibilidad de alguna droga experimental, pero no estaba tan seguro. No conocía ningún medicamento que pudiera paralizar el cuerpo de un hombre durante tanto tiempo y que permitiera tener la lucidez que él tenia.
Al final desistió en buscar una explicación y se limito a esperar; otra opción no tenia. Pensó que se volvería loco si alguien pronto no venia a rescatarlo, ¡tanta monotonía y quietud enloquecería a cualquiera!
Pero pronto eso terminaría.
El aullido lo hubiera hecho saltar de la silla si hubiera podido moverse, pero la sensación de terror fue igualmente muy intensa y supo que algún animal salvaje estaba muy cerca. Como estaba muy oscuro no podía ver la puerta, solo aquella ventanilla que daba la bienvenida a la luz de la luna de forma exigente como si fuera una visitante exótica que tiene el ingreso restringido. El doctor Kozlov se sentía así. Un extranjero.
El siguiente aullido lo escucho aun mas cerca, pero esta vez dudó que un animal pudiera emitir semejante sonido. Entonces lo oyó; risas infantiles que parecían caer por una cascada de alegría en aquellos jardines de Madrid que se revestían de flores azules, rojas y violetas. Las risas infantiles le helaron la sangre.
La puerta se abrió de un golpe, como si alguien desde afuera le hubiese dado una patada. Un haz de luz se coló fantasmagóricamente junto a unas nubes neblinosas. Entonces lo vio y pudo recordar todo. Los niños lo miraban con la expresión demacrada de la muerte, sus ojos carentes de vida soslayaban la línea de la realidad. El doctor Alexander Kozlov los reconoció inmediatamente. ¿Cómo no hacerlo? Si esas criaturitas todas cubiertas de heridas y cicatrices eran parte de su proyecto de ciencias. Sus victimas. Hijos de prisioneros de guerra. Elementos Descartables. Inocentes conejillos de indias.
Cuando empezaron a avanzar lentamente, el doctor Kozlov no hizo ningún intento por tratar de huir. Sabia que su destino ya estaba escrito. Por su puño y letra.
“Al final, Dios es sabio”, susurró mientras observaba como los niños habían desaparecido y en su lugar unas criaturas horribles se abalanzaban con violencia hacia él.
¡Que irónica es la vida! ¡El ultimo movimiento del doctor Kozlov fue danzando con su muerte!

FIN

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1 comentario

  1. 1. Servio Flores dice:

    Interesante relato, siento que puede pulirse. Saludos

    Escrito el 8 diciembre 2013 a las 06:11

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