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Testigo forzoso - por Expósito

He visto lo que haces a esas mujeres y es como si yo mismo lo hiciese. He tenido que lidiar con cada uno de tus viciosos deseos y me has provocado nauseas. Me obligas a escuchar caga grito de dolor y me pides que siempre permanezca en primera fila. Sabes que nunca podré aceptarlo, pero intentas convencerme de que es lo correcto. Me mantienes encadenado en este oscuro e infecto pozo, testigo de cada pecado.
Hace años teníamos un vínculo tan especial que parece mentira que rompieras en mil pedazos los lazos que nos unían. Cuando éramos niños y jugábamos juntos, nunca había peleas. Siempre estábamos de acuerdo en todo y jamás cuestionabas mis consejos. Después, vino la violencia y cambiaste. Cuando mutilaste el primer animal me hiciste partícipe de la masacre en contra de mi voluntad y me pediste opinión. Espero que recuerdes lo enfadado y avergonzado que me sentía. Aunque en el fondo da igual, pues me ignoraste y repetiste más veces aquella aberración. Disfrutabas aniquilando a todas esas criaturas de Dios conmigo siempre presente. Incluso llegaste a confesarme la excitación sexual que llegabas a experimentar cuando todo se teñía de rojo. Aún así, creía en una posible salvación. Que iluso fui.
Dudo si la primera mujer habría cumplido la mayoría de edad. La conocimos en aquel tugurio que solíamos visitar. Estaba haciendo una llamada cuando nos acercamos e improvisamos una torpe conversación. Ella nos ignoraba, pero parecía que sólo yo me diese cuenta. La seguiste entre callejones e intentaste conquistarla con vulgares maneras. ¿Por qué tuviste que golpearla después de que te rechazase?
La tumbaste en la cama de nuestro apartamento y abusaste de ella. Robaste su inocencia. Cuando despertó, la inmovilizaste con cuerdas y tapaste su boca con un pañuelo anudado. Continuaste dando rienda suelta a la morbosidad sexual que te envenena, hasta que comprendiste que no podías continuar así eternamente. Cargaste con su cuerpo hacia la bañera y explotaste tu creatividad con un cuchillo de trinchar carne. Introdujiste los pedazos en bolsas de plástico y te deshiciste de ellos al tirarlos por un precipicio.
Querías olvidar lo que sucedió en aquella ocasión, lo que te llevó de nuevo a mis brazos. Me engañé a mí mismo, creyendo que te había enderezado. Años después, empujado por fuerzas corruptas que no pude predecir, volviste a quitar una vida humana. A partir de ese momento, entraste en una espiral de autodestrucción que te consumía poco a poco. Cada cierto tiempo contratabas los servicios de alguna prostituta y repetías siempre el mismo ritual sangriento. Con la práctica fuiste perfeccionando tu técnica. Evitabas usar las sogas, pues te parecía demasiado tosco, y atontabas sus personalidades con potentes drogas. Lograste cumplir tu fantasía de tener tu propia esclava sexual, incapaz de dar un “no” como respuesta. Sin embargo, te aburrías demasiado pronto y acabas ejecutándola.
Nuevas inquietudes aparecieron y te entregaste a ellas sin reparos. Probaste el sabor de la carne humana y se volvió una adicción. Saciabas tu lujuria frente a los cadáveres y recogías trofeos que exponías en el salón de nuestro solitario hogar. Aprendiste a despedazar sus miembros con mayor facilidad y yo aprendí a mirar hacia otro lado. Fingía que no me importaba. Sin embargo, todo era una mentira y ya no puedo seguir actuando.
Me dirijo a ti para sincerarme y espero que me escuches en esta ocasión. Lo que haces está mal y debo castigarte. Llevo una eternidad esperando el momento y creo que es la hora de salir de mi cautiverio. Volviste a matar y sé que cogerás el coche para dirigirte al barranco más lejano y deshacerte de las pruebas. Siempre es así. Aunque esta vez, cuando circules lo suficientemente cerca del borde, daré un volantazo y precipitaré el vehículo al vacío. Confío en que mueras en el acto, por más que eso signifique que yo también me iré. No podré ver los siguientes acontecimientos, pero creo que cuando encuentren las partes que has coleccionado, este mundo se sentirá aliviado con tu suicidio. Lamento no haber encontrado mejores métodos para curarte. Aún así, nunca olvidaré los buenos y lejanos buenos momentos que compartimos.

Firmado: Tu alma.

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