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George sin alma - por Rafa

George sin alma

Cuando George tomó el auricular del teléfono, en medio de la batahola por su fiesta de cumpleaños, la ventana recortada en el fondo del pasillo sufrió un remezón brusco e inexplicable.
— ¿Aló?
— ¿George?— dijo la voz al otro lado.
— Con él…
George esperó atento, tal vez un saludo efusivo, por su onomástico, tal vez el reclamo de algún vecino, el arquitecto del piso de arriba era algo complicado, incluso un aviso de la portera por algún vehículo mal estacionado o con las luces encendidas, pensó; pero esperó demasiado porque en su lugar sólo recibió segundos eternos de mutismo, un silencio incómodo e intencionado. Incómodo porque le dio tiempo de elucubrar tantas teorías mientras debía estar divirtiéndose, intencionado porque podía oír con nitidez la respiración de su interlocutor al otro lado de la línea, una especie de ruido blanco que, en todo caso, le permitió calmar la euforia propia del momento y abstraerse mentalmente del bullicio.
Alcanzó a aclarar la garganta y tomar aire para urgir una respuesta cuando el hombre al otro extremo retomó el interrogatorio con una serenidad aún más intimidante que el propio silencio de la pausa.
— ¿Sabes con quién hablas?
—Para nada, yo…
Y entonces el silencio se convirtió en respuesta pues esta vez la respiración venía infiltrada por un resuello ansioso, acelerado, uno con la fuerza de quebrar e interrumpir el diálogo, un resoplo en la bocina del otro extremo que parecía penetrar los oídos del escucha más allá de los tímpanos y la consciencia, uno que podría escarchársele en el alma, si es que uno diera crédito a la existencia de tales cosas.
— ¡Pero bueno! ¿Quién habla? —se animó finalmente George a increpar.
— ¿No me recuerdas?
George alejó de sí el auricular en un acto reflejo de agotamiento, buscó el número en el visor de la contestadora y volvió a leer “móvil privado”. Giró levemente sobre sí dejando llevar su atención de regreso a la sala y, dando la espalda al fondo del pasillo (y a la ventana), observó cómo, a escasos metros de él, las dos chicas que habían llegado con su primo desplegaban una alocada performance en medio de vítores y aplausos.
Sin pensárselo nada, colgó.
Se miró de reojo en el espejo que adornaba el muro junto a la mesita del teléfono y regresó a la fiesta.
En la ventana, al fondo del pasillo y sin que nadie lo notase, una silueta oscura se desdibujaba.
— ¿Quién era? —preguntó Luna, su abogada.
— ¡Ni idea, algún loco!
No alcanzó a terminar la última frase cuando un nuevo destello encendió el corredor de la ventana.
— ¿Qué es eso? —preguntó George sin esperar realmente una respuesta de Luna.
— ¿Qué es qué?
— Esa luz ¿no la has visto? Y ese ruido, mira, la ventana…
La mujer miró extrañada hacia la ventana, un rectángulo vertical sin gracia, un cristal opaco por la condensación, un marco de madera deslucido y el remate de esas cortinas horribles que seguro George no cerraba nunca para ocultar su mal gusto; en definitiva, nada que justificara el rostro petrificado de su amigo.
— ¡Déjate de estupideces y vamos a bailar!
Y el remezón en los cristales no se hizo esperar, aún más violento que el segundo. Pero parecía que sólo George se percataba.
Alejó a la muchacha con el brazo y avanzó como alucinado por el pasillo, sin quitar la vista de la ventana, completamente sordo a la fiesta.
Al pasar junto al teléfono se detuvo un instante y, como si adivinase que volvería a sonar, contestó maquinalmente, sin despegar un segundo la vista de la ventana al fondo del pasillo.
— ¿Ya adivinaste…?
Un escalofrío le recorrió por completo la espina dorsal, la voz era su voz, algo irreconocible por la mediación del aparato pero ya, sin ninguna duda, su voz.
Permaneció unos minutos oyendo una monserga inabarcable, algo que no conseguía escuchar con la atención secuestrada, visualizó los cuarenta años vividos escena por escena en un vertiginoso flashback que lo arrastró a enfrentar el hecho de haber escapado siempre de sí mismo.
La voz, el estruendo, el resplandor, la ventana.
Cuando una hora después la policía intentaba sacar el habla a su abogada, a esa hermosa chica entallada y sollozante que enmarañaba su cabello agazapada en la vereda, una tibia brisa de julio barrió la acera bajo el noveno piso frente a la ventana y levantó —levemente— la sábana que cubría el cadáver inerte del despanzurrado de George, ya sin alma.

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1 comentario

  1. 1. Mon dice:

    Hola Rafa! me tocó comentar tu texto y fué una muy buena experiencia como lector primerizo en este blog.

    Solo decirte que me gustó leerte, que tu história está muy bien contada y me resultó muy interesante.

    Hasta el próximo relato, te leeré seguro.

    Escrito el 2 diciembre 2014 a las 18:15

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