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La ofensa - por Poetajc

Lo veía entrar en la gestoría cada día, con su casco negro, no saludaba ni prestaba atención a nadie. No sabía qué rostro tenía, si era joven o viejo. Lo único que sabía era que hablaba como un camionero y bastante gangoso. Vamos, un gorila de pueblo. Le resultaba grosero, chabacano y maleducado. Jamás se acercaba a su mesa, y menos para saludarle o preguntarle si su jefe estaba. Eso se la sudaba y los modales se los pasaba por el forro de los huevos. Se dedicaba a pasar directamente al despacho del jefe, como si esta fuera su casa o su trabajo.

Hoy parecía más alterado, traía una carpeta con muchos documentos, era tan descuidado que las hojas se notaban arrugadas y desordenadas.

El contable lo miraba con disimulo, pero con rabia contenida. Estaba enfrascado en sus tareas, ahogado en un mar de facturas. No se podía concentrar, ese tipo lo había ofendido con su aptitud. Se levantó y se encaminó al almacén de la oficina y comenzó a registrarlo todo, buscaba algo, no sabía exactamente el qué. Pero lo vio, detrás de los adornos de Navidad, un precioso bate de béisbol de aluminio.

Jamás había tenido uno en sus manos y la sensación de empuñarlo entre sus dedos era poderosa, casi brutal. Golpeó el aire con fuerza y determinación y se sintió diferente, especial. La adrenalina estaba invadiendo su cerebro con un río de venganza que lo humedece todo, dejando a su paso el deseo más oscuro jamás sentido por un hombre lleno de odio. Se estaba rompiendo un dique desconocido en su interior.

Sus frustraciones habían vuelto de repente a su mente en un ejército resentido sediento de sangre. Una mentira convertida en realidad oculta en aquella imagen de un hombre sin rostro.

Salió de la habitación y observó al hombre del casco que estaba sentado en su silla. Comenzó a sudar, le temblaban las manos, casi podría decir que sus pupilas inyectadas en sangre prendieron la llama que ardió en su interior. Ya no había vuelta atrás, el infierno había llegado en forma de niebla que nadie advertía.

—¿Cómo puede ser la gente tan irracional? —pensaba el contable apretando el mango de palo de béisbol casi sin ser consciente de sus nervios—. No puedo tolerar este insulto.

Dejó el bate de béisbol apoyado detrás de la fotocopiadora sin que ninguno de sus compañeros reparara en él. Podría cortarse ahora mismo las venas, su sangre salpicaría en todas direcciones y nadie se daría cuenta. Se sentía una sombra en medio de humanos que respiraban, pero no tenían ojos.

Se dirigió con paso firme y resuelto hacia su mesa, el tipo del casco ni se percató de su presencia.

—Oye tú, puedes hacerme una fotocopia de este documento —le dijo como si le hablara a un retrasado—, tengo mucha prisa.

El contable fue a decir algo, pero tartamudeo como un pusilánime, y se quedó mirándolo unos segundos sin saber qué hacer. Cogió el papel sin decir una palabra, giró sobre sus pasos y se desplazó hacia la máquina de las copias. Caminaba con una sonrisa torcida, casi diabólica, siempre se había sentido ignorado por todos. Y nunca había dicho esta boca es mía y ahora mordía la rabia tal cual una manzana envenenada. La percibía dulce con un toque amargo. Quizás muy agrio.

Ya imaginaba la potencia del golpe en sus sienes, ya veía las astillas volar por los aires para conquistar su alegría. Se inclinó sobre la copia y escribió: “Yo también existo, aunque no me sientas”.

Se inclinó para coger el bate y lo agarró con la mano izquierda sujetándolo detrás de la espalda. En la mano derecha llevaba el original y la copia impresa. Iba calculando cada paso, sin prisas, y el resto de la administración seguía en otro espacio al que presentía que ya no pertenecía. Se le secaron los labios, le pesaba todo el cuerpo y notaba el frío metal atravesando sus venas y llenándolo de una nueva energía. Una desgarradora y cruel entereza que le había abierto las ventanas de su ceguera.

Por la puerta trasera del despacho apareció su jefe.

—Eh, Abelardo, ¿A dónde vas con ese regalo? —Lo pilló in fraganti con el bate en la mano. Su cara cambió del rojo al morado.

—Pensaba regalárselo a este… —Señalando al tipo del casco que ahora lo miraba extrañado.

—¡Ah, te refieres a mi cuñado!

Nunca se había sentido tan aplastado por su propia estupidez.

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8 comentarios

  1. 1. marazul dice:

    Hola Poetaj:
    Tu relato tiene tensión, desde luego, y ésta va en crescendo —un punto importante para no dejar de leer. También señalo un buena descripción del individuo con casco, del que nos podemos hacer una muy buena idea ( un maleducado engreído que se cree alguien por ser el cuñado del jefe y que seguro no ha dado un palo al agua en su vida). Toda la rabia contenida queda plasmada en los pensamientos y en la actitud del contable del que el lector espera una acción final violenta. Y es que el desprecio ofende.
    El final nos desinfla un poco, la verdad. Pero creo que mejor así, Poetaj, sin violencia que ya tenemos bastante en esta vida. Se me ocurre que el contable le podía haber pinchado las ruedas de la moto, por ejemplo ja,ja,ja…
    Saludos

    Escrito el 17 febrero 2019 a las 19:09
  2. 2. rafael mendoza dice:

    El final no corresponde, acaso el ser cuñado del jefe cambia la apreciación que tienes sobre el individuo del casco?
    Usaste “aptitud”, cuando en realidad lo apropiado sería “actitud”?

    Escrito el 17 febrero 2019 a las 22:34
  3. 3. Poetajc dice:

    jajajaja…Gracias marazul por tus comentarios. Has sabido captar y sentir toda la tensión y la rabia del contable. Y sus frustración ante tremenda ofensa. A veces quisiera poder seguir con el relato pero hay está la gracia y la dificultad de este reto son solo 750 palabras y matar al tipo supondría muchas preguntas y una segunda parte. Al contable se le fue la olla… jajaja.
    Cada día disfruto m´ñas con estos relatos y cada día me esfuerzo más en ser original e inesperado.

    saludos y gracias.

    posdata: me pasaré por tu relato.

    Escrito el 18 febrero 2019 a las 02:37
  4. 4. M.L.Plaza dice:

    Hola Poetajc.
    Vaya con el bueno del contable. Debe de ser espantoso matar a una persona con un bate. Yo más que en astillas pienso en el crujido de los huesos.
    El final con la vuelta a la realidad de la insignificancia me ha parecido muy bueno.
    El relato está muy bien construido con ese ritmo acelerado de la violencia mental del protagonista, y muy bien escrito. Solo en el tercer párrafo pones aptitud, que debe ser actitud u ofendido en su aptitud. Vamos, que pone en duda la aptitud del contable.
    Me ha gustado mucho leerte.
    Saludos

    Escrito el 18 febrero 2019 a las 06:00
  5. 5. Patricia Redondo dice:

    Pues otro relato con mucha vida y movimiento. Me ha gustado mucho leer como se le va calentando la sangre al timido contable al punto de convertirle en un auténtico asesino, y como se desinfla al final.

    En lo formal ya te han señalado por ahí y yo cambiaría :

    Cómo puede ser la gente tan irracional

    por Cómo puede ser la gente tan maleducada? , creo que lo que le molesta al contable del cuñadísimo no es su irracionalidad sino su mala educación, pero vamos que es solo un apunte sin importancia.

    Nos seguimos leyendo!

    Saludos!

    Escrito el 18 febrero 2019 a las 11:36
  6. 6. dopidop dice:

    Buenas Poetajc,

    Te vuelvo a buscar este mes para leerte y no me ha costado demasiado encontrarte 😛

    Esta vez nos traes un relato que te invita a leer sin parar hasta el final, siempre con la duda de si el contable terminará o no machacándole la cabeza al idiota del casco. Los sentimientos que describes, la forma en la que lo tratan, son totalmente creíbles, es muy fácil empatizar con el pobre protagonista, ver el martirio de la indiferencia que sufre todos los días. Me encanta cuando va con el bate escondido a entregar las fotocopias. Y el final, creo que le va genial, ya no por lo que comentas de que habría mucho que explicar luego (ya que con poner que le pega el primer golpe y lo dejas ahí, ya cada uno nos imaginaríamos lo que sucede) pero tal y describes al prota: un ser pusilánime, con horchata corriendo por sus venas, creo que la reacción exacta sería esa: acobardarse en el último momento.

    Tengo un par de cosillas que no me cuadran. Puntillas mías.

    La primera es que comentas que el bate es de aluminio, y luego nos dices que ya veía las astillas al pegarle en la sien… entonces el bate era de madera…

    Tampoco le veo demasiado sentido que en el momento que mas cabreado está, cuando decide que va a hacer algo, se ponga a escribir cosas en las hojas… aunque la mente humana es impredecible, y bueno, hay que verse en la situación… pero me ha resultado un comportamiento extraño.

    Ya te digo que son tonterías mías, que no empañan para nada un relato bastante interesante y bien traído.

    No se si te apetecerá leerme, pero estás invitado, estoy muy por abajo en la 87, me haría ilu que machacaras un poco mi texto.

    De todos modos, te volveré a buscar el mes que viene, ya que es todo un placer leerte y tus textos han resultado ser todo un hallazgo.

    ¡Un saludo!

    Escrito el 19 febrero 2019 a las 08:29
  7. 7. Carmen Ramacciotti dice:

    Hola Poetajc. Tu relato me ha provocado inquietud y tensión. Me ha gustado como va aumentando la ira en el individuo. Muy bueno. Te señaló también “aptitud” que hasta puede ser un error de tipejo y donde señalas que llevaba el original y la copia impresa, creo que omitiría “impresa”y quedaría bien igual ( es sólo una apreciación).
    Te seguiré leyendo.
    Hasta la próxima.

    Escrito el 19 febrero 2019 a las 11:46
  8. 8. Víctor Alverdi dice:

    Poetajc. Muy buena historia, empieza con tensión y ésta no para hasta el final. Te deja co la expectativa de qué va a suceder a continuación. Muy buen trabajo, nos leemos luego.

    Escrito el 20 febrero 2019 a las 22:31

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