Literautas - Tu escuela de escritura

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Mahrimé - por Paula TreidesR.

—No recordaba este sitio —comentó Paula mientras analizaba el lugar con una mueca de duda.
Todos salieron corriendo hacia la desvencijada entrada: un viejo y destartalado parque de atracciones en medio de este bosque. «Será un buen lugar para jugar», pensó Paula.
—¡Vamos, Leo! —gritó Pedro—. ¡No te quedes atrás!
Mientras los demás buscaban cómo forzar aquella puerta, Leo observaba según se acercaba.
—Por allí —dijo Leo.
—¿Qué dices, enano? —preguntó Nando.
—Allí, junto a la taquilla, falta un tablón. —Señaló—. Podremos pasar por el hueco.
—Seguro que dentro solo hay ratas y polvo —exclamó Pedro, aunque ya se dirigía hacia allí—. Pero bueno, si el pequeño ha encontrado esa entrada, habrá que pasar y explorar. Recordad: lo que encontremos se reparte a partes iguales, como siempre.
«Como siempre», pensó Leo. Siempre era él quien se ensuciaba y ellos se llevaban la mejor parte.
Forzaron las maderas junto a la oquedad y el aire viciado de la caseta los golpeó. Fue repugnante. Entre el serrín y la herrumbre, algo brilló con un destello azul cobalto. Era un corazón de cristal. Solo Leo lo vio. Y esta vez, mientras los demás miraban por todos lados, lo deslizó con el pie bajo un viejo baúl vacío.
Paula apartó una viga de madera que bloqueaba una puerta.
—¡Por aquí! —gritó. Salió al exterior y el resto la siguió.
«La capitana siempre mandando», se dijo Leo, pero esperó a que se alejaran lo suficiente y se agachó a recoger su trofeo.
—Ve-ne-num —silabeó en voz alta.
El frasco, con forma de corazón, reposaba sobre su mano y un pequeño fulgor azul, que serpenteaba en el interior, atraía su mirada. Tenía tallada una concha que le llamó la atención y le era familiar; ya la había visto antes.
—Mah-ri-mé —leyó extrañado bajo la palabra anterior.
Guardó el frasco en su chubasquero y salió para unirse al resto. Mientras caminaba volvió la vista. Fijó su mirada sobre un cartel pegado en la puerta de la caseta de feria que dejaba atrás.
«Za-i-da-la-zín-ga-ra», descifró al mirar el dibujo de una mujer de ojos penetrantes que descansaba sus manos sobre una bola de cristal.

Con el sol casi en el ocaso, era hora de volver. Leo apretaba el frasco con su mano. La noche en el bosque podía confundir sus caminos y, entre risas y juegos, los cuatro amigos llegaron a su pueblo y se despidieron.

—¡Estoy en casa! —exclamó Leo mientras restregaba los zapatos sobre el felpudo. Cerró la puerta y tomó las escaleras. Allí estaba, la concha grabada en el frasco. Sabía que la conocía. Ese cuadro, esa bella mujer de larga melena que veía todos los días de pie sobre una concha.
—Bo-tti-ce-lli —murmuró.
Siguió y cerró la puerta de su cuarto.
Se quedó un instante inmóvil, de cara a la puerta, y cerró los ojos mientras apretaba su tesoro con sus manos.
Inspiró. Un aire viciado, un olor a madera podrida y moho, entró por sus orificios nasales. Notó un cambio en el piso; ya no era duro. Al expirar, el hedor desapareció y escuchó música festiva, gritos y risas. Abrió los ojos.
—¿Za-i-da?
Ya no estaba en su habitación y, sentada frente a una mesa, aquella mujer de la caseta de feria lo observaba. Su ajado rostro aparecía iluminado por la bola de cristal que levitaba en el centro de la mesa.
—Tienes algo que me pertenece, ¿verdad, Leo? —preguntó con una voz ronca.
Leo asintió.
—Acércate y toma asiento, pequeño.
Leo se sentó frente a ella; su corazón palpitaba. Zaida esbozó una sonrisa.
—Mahrime no es ni para niños, ni para los vivos. —Hizo una pausa—. Podría devorar tu alma o hacer que enloquecieras; es poderosa y peligrosa. Si me la devuelves, te daré algo a cambio. ¿Lo harás? —inquirió dulcemente.
Leo volvió a afirmar con la cabeza mientras extendía su mano y depositaba el brillante envase sobre la mesa. Zaida, en el mismo instante, acercó su mano y tomó la de Leo. Le dio la vuelta y sobre la palma depositó una fría moneda de plata.
—Guárdala. Cuando descifres lo que pone, conocerás su poder y sabrás cómo y dónde usarla. —Hizo una pausa—. Ahora, duerme.
La bola de cristal comenzó a girar y emitió una luz cegadora junto a un zumbido que obligó a Leo a cerrar los ojos y taparse los oídos.
Se incorporó sobre su cama, sudoroso, jadeando… cansado.
«Vaya pesadilla».
Abrió la mano; sintió la helada moneda de plata sobre su palma.

Ccomentarios (1):

Ángela Cruz

18/02/2026 a las 16:10

Muy buen relato Paula, logras transmitir una historia completa a pesar de la limitación en el número de palabras. Probablemente eso forzó que la transición entre la escena de juego en el parque y la de Leo en su habitación quedara un poco breve. Creo que el uso que haces de los adjetivos contribuye de forma efectiva y precisa a la descripción de los hechos: “ajado rostro”, “fría moneda” , aunque no puedo evitar desear que la descripción se hubiese hecho desde la mente de Leo, y entonces el vocabulario sería más de niño. De ninguna manera es error tuyo, haces descripciones muy ricas, es que me lo imagino relatado por un niño. Considero que el efecto de silabear en Leo es muy potente, consigues que sintamos ternura hacia el personaje. El final nos deja con ganas de saber qué se puede hacer con la moneda, tendrás que escribir cómo continúa, cómo se interpreta la inscripción,y cómo encaja el grupo de amigos el descubrimiento de Leo.

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