Literautas - Tu escuela de escritura

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EL GRAN CARRUSEL - por Mila G.R.

Aquel domingo amaneció radiante, uno de esos extraños días en los que el sol reclama su soberanía en el horizonte mientras la luna se resiste a abandonar el escenario. Cynthia permaneció un rato inmóvil frente al ventanuco, observando el insólito fenómeno.
La resaca la arrastró finalmente hasta el fregadero. El grifo emitió un carraspeo metálico del que brotó un hilillo de agua, insuficiente para mojar sus labios. Luego vino el ataque de tos y las náuseas. Se cubrió la boca con la mano para no despertar a su hijo, que dormía en la parte trasera de la caravana.
Un chiquillo sin padre conocido, engendrado en los tiempos del Circo Price. Fue aquella una época dorada y promiscua en la que muchos hombres pasaron por su cama: Freddy el mago, Marcus el domador de leones, Goyo el hombre forzudo… todos fueron dejando su semillita. Alguno de ellos era el padre de Tomy. Cynthia buscaba constantemente rasgos de esos hombres en el rostro de su hijo. Algunos días creía reconocer la sonrisa de Freddy; otros, la nariz afilada de Marcus y, de vez en cuando, el ceño fruncido de Goyo.
El embarazo la había bajado de los trapecios y la había empujado al viejo parque de atracciones «Gran carrusel». Allí, su belleza era un estorbo que debía ocultar bajo capas de látex y harapos: era la bruja de la Casa del Terror. Se esforzaba en ser fea y dar miedo, una tarea imposible para alguien con su luz natural.
En un rincón de la caravana, Bogar, el gato de pelaje tiznado, jugaba con un ratón. Sus maullidos competían con los ronquidos de Bruno, un mastín viejo y cansado, que apenas levantaba el hocico del suelo. Cynthia buscó en el estante algo para el dolor de cabeza. Entre botellas de vino y botes de conservas, sus dedos rozaron un frasco de veneno para hormigas, un líquido ambarino y denso que guardaba desde que las plagas del parque empezaron a invadir la caravana. Lo apartó con asco, pero el frasco resbaló y cayó directamente sobre el hornillo de gas que había encendido minutos antes para calentar un resto de café. El cristal estalló y el líquido inflamable se vaporizó al instante, creando una llamarada azul que prendió las cortinas de terciopelo, viejas reliquias del Price.
—¡Maldita sea! —exclamó al intentar salir para tomar aire.
Empujó el picaporte, pero la puerta se resistió. Hinchada por la humedad de la noche y deformada por los años, se había encajado en el marco. Cynthia forcejeó, pero el óxido y la dilatación ganaron la batalla. El fuego se propagó rápidamente y el humo llenó el espacio en segundos. Gritó el nombre de Tomy mientras tiraba con desesperación de la puerta bloqueada; el calor empezaba a lamer sus pies. Se lanzó hacia la parte de atrás, donde el humo era más denso.
—¡Tomy! ¡Tomy, sal! —gritó.
Llegó a la litera del niño y palpó entre las mantas humeantes. Estaban vacías. El pánico la paralizó durante un instante hasta que vio el pequeño hueco del maletero trasero, un espacio que solo un cuerpo menudo y elástico podía atravesar.
— Tomy es de reflejos rápidos — pensó.
Entonces recordó la claraboya del techo. Cynthia trepó por los estantes y de un cabezazo rompió el acrílico. Se impulsó con la fuerza de la mujer que alguna vez voló bajo la carpa del Price y rodó por el techo de metal hacia el suelo, cayendo sobre la grava justo un segundo antes de que el tanque de gas explotara.
Allí estaba Tomy con Bogar en los brazos. Observaba el desastre, como si asistiera al número final de un espectáculo circense. Cynthia corrió hacia él y lo apresó en un abrazo tembloroso.
—Ya no hay casa, mamá —dijo el niño con inocencia.
Cynthia miró el resplandor que iluminaba el cielo y comprendió que el veneno, la puerta trabada y la vieja caravana eran parte de un pasado que acababa de morir. Sin mirar atrás, agarró la mano de su
Desde la distancia, los trabajadores del «Gran Carrusel» solo vieron cómo la caravana de la bruja se convertía en una pira incandescente. El incendio fue tan voraz que, cuando el sol desplazó finalmente a la luna, solo quedaba entre las cenizas un esqueleto de hierro retorcido y el rastro de una correa de perro.

Ccomentarios (1):

Edu, S.C.

18/02/2026 a las 14:50

Hola Miga G.

Soy tu compañero de más arriba, así que toca comentar tu relato. Intentaré transmitir mis impresiones lo mejor posible.

Lo que más me ha gustado:

Primero de todo, el cómo está escrito. Tienes una escritura clara, el relato se lee de un tirón, sin estridencias que te saquen de la lectura en ningún momento. Se nota que está muy trabajado o que tienes muy buena mano. Me gusta especialmente el relato a partir de la frase:

“Cynhia buscó en el estante algo para el dolor de cabeza.”

A partir de esta frase entras de lleno en una escena llena de acción y me parece que lo ejecutas todo a la perfección. Transmites en el texto como un accidente tonto deviene en un incendio descontrolado, la angustia de la madre por su hijo, el escape. Todo está muy bien mostrado y el ritmo se mantiene en toda la escena. Me parece que has hecho un trabajo magnifico aquí y creo que es algo nada fácil, así que muchas felicidades. Me he metido en la escena de lleno.

Lo que a mi entender son posibles mejorables:

Por un lado, la parte inicial, aunque me parece escrita con la misma calidad que el resto, me parece algo accesoria al relato. Entiendo que tratas de dar contexto, pero no sé si aporta mucho a la historia el tema de la paternidad del hijo. En general, esta primera parte es más explicativa, en contraste con la segunda y aunque, como te digo, me parece muy bien escrita, me engancha menos.

Lo que menos me ha convencido es esta frase, en medio de la acción:

—Tomy es de reflejos rápidos — pensó.

Me ha parecido muy explicativo (para el lector) y que rompía el excelente ritmo. Quizás algo más sutil hubiera encajado con la escena, o dejar simplemente que el lector entendiera que Tomy había escapado por el hueco del maletero.

Por último, he echado de menos alguna mención al pobre Bruno en la escena del incendio. Lo has mencionado, pero luego no aparece en la escena y se entiende que habría ladrado desesperado. No sé, me ha parecido que había un vacío ahí.

Respecto al final, me ha gustado mucho como cierre, por lo visual que es. Tal vez habría cambiado la correa por los restos de Bruno, por parecerme más creíble, pero esto ya es en plan tiquismiquis.

En lo formal solo comentarte que te comiste un “hijo” (entiendo ) en “Sin mirar atrás, agarró la mano de su..:” Por lo demás todo perfecto para mí.

En resumen, felicidades por tu escena, me parece de mucho nivel.
Si te apetece devolverme la visita, estoy en el 7. Si lo haces, te invito a que destripes con cariño, pero sin contención.

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