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El veneno de la memoria - por @HenkoSlowLifeR.
Web: https://www.instagram.com/bitacoradetintaytiempo/
El viejo parque de atracciones abre solo para mí.
Las verjas oxidadas chirrían cuando las empujo. El aire huele a hierro viejo y a lluvia atrapada en la madera. Camino despacio, sin prisa, sin rumbo, buscando algo sin tener claro qué.
A la derecha está la noria. No gira desde hace años, pero cada cabina guarda una escena: risas, una mano apretando fuerte, algún primer beso, el miedo delicioso a la altura. No subo. Hoy no. Hay atracciones que es mejor mirar desde lejos.
Más adelante, el carrusel no se mueve, pero parece tener vida. Los caballitos, de colores gastados, son emociones detenidas: el rojo aún conserva la alegría, el azul se ha quedado con la tristeza marcada, el blanco parece perdido. Me acerco al centro y, entre engranajes, veo un frasco pequeño de cristal.
Lo cojo con cuidado.
Dentro, un líquido transparente que no huele a nada. El veneno perfecto: el que no avisa. En la etiqueta hay una sola palabra que no leo bien, aunque no hace falta. Aquí todos sabemos lo que hace. No mata de golpe; va apagando luces. Primero las más altas, luego las más queridas.
Guardo el frasco en el bolsillo y sigo caminando.
Paso por la casa del terror, que ahora solo asusta por abandono. Por los coches de choque. Por la montaña rusa, cerrada por seguridad. Cada una guarda recuerdos intensos, pero no consigo recordar ninguno, y eso duele.
Al fondo del parque hay una puerta. Creo que siempre ha estado ahí. Es de madera gruesa, pintada de un verde que el tiempo ha convertido en gris. No tiene cartel y la cerradura parece estar desapareciendo.
—Era aquí —murmuro mientras me acerco. El corazón se me acelera.
Intento abrirla, pero no cede. La empujo con el hombro, con la paciencia de quien ha aprendido a no forzar demasiado. Nada. Tengo la sensación de que detrás de esa puerta hay un recuerdo importante. Lo sé porque el aire se vuelve más denso cuando estoy cerca. Porque siento que algo, al otro lado, se aleja.
Cierro los ojos.
Y, al abrirlos de nuevo, el parque ya no está o quizá soy yo quien no está allí.
No recuerdo haber llegado a este lugar. A mi lado, una joven me sujeta la mano, su piel es suave, aunque sus dedos están marcados por el tiempo. Sus ojos me miran con una ternura que reconozco. Algo en ella es especial. Me siento tranquilo a su lado, no como me encontraba en aquel viejo parque de atracciones, nervioso y perdido.
Parpadeo. Y entonces la veo mayor, aunque no me asusta, me desconcierta. Un segundo antes juraría que no lo era. Su sonrisa es la misma. La de entonces. La de siempre. El corazón se me acelera, no como en el parque, sino con la sensación de conocerla, de ser, ambos, parte el uno del otro.
Intento decir algo, pero no encuentro la frase. Ella aprieta mi mano, como si supiera exactamente lo que está pasando. Como si ya hubiera estado aquí otras veces.
Me sonríe y me habla despacio, con ternura, con una voz que no se pierde.
—No pasa nada, mi vida. Yo soy yo y tú eres tú. Y, como nos prometimos…
Hace una pausa, apenas un segundo. Y entonces dice:
—Si alguna vez no sabes quién soy, no pasa nada. Yo me quedaré contigo.
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