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El precio de la cima - por Diana TR.
Ni siquiera el sol había despertado, y nosotras ya estábamos montadas en un camión con rumbo a Oaxtepec. Un viaje de poco más de dos horas a una altitud que me generaba náuseas, sentada en un asiento incómodo y decolorado. Las cincuenta-y-tantas almas en el camión eran más chicas de mi edad.
Competencia.
Eso hemos sido desde el lunes. Todas queremos ganar, pero no hay premios suficientes. Sin embargo, actúan como amigas de toda la vida. “La experiencia es lo que cuenta” dicen todas, sin creer una pizca de ello.
Pero qué va, al fin y al cabo, estamos acostumbradas a ser las ‘frikis’, a vivir bajo los constantes ojos juzgadores.
A ser rechazadas.
A permanecer en soledad.
Esta competencia es la única oportunidad que tenemos de “conocer a otras como nosotras”, comer con ellas, bromear con ellas, cantar con ellas…
¡Eso es, Karaoke!
Ahora lo recuerdo, es lo que estaban haciendo justo antes de perder la conciencia. Las voces agudas y lastimeras cantando a Mon Laferte a todo pulmón ocultaban el ruidoso motor.
Pasamos frente al cartel azul de Six Flags, y después, el mundo se volvió borroso. No supe si el primer grito vino de la parte trasera del camión o del frente. Cerré mis ojos por el miedo, pero no fui capaz de abrirlos de nuevo, y la oscuridad me consumió.
Cuando desperté, me encontré en una habitación hechiza con paredes de lámina.
Desde afuera se escuchaban ruidos ahogados: agua corriendo y risas infantiles. Tardé dos segundos en hacer la conexión. Estábamos dentro del parque.
¿Por qué?
Tal vez era parte de las actividades de la competencia. ¿Una búsqueda del tesoro, quizás?
Por si acaso, di una vuelta para examinar la habitación.
Dentro no había nada más que un frasco de vidrio violeta con un líquido verde en su interior. Los colores de la competencia. Tragué saliva. Para mí, el color verde significaba malas noticias. El frasco tenía una etiqueta con el siguiente mensaje:
“Beberlo te dará todas las respuestas. Te hará la mejor. Pero el precio puede ser demasiado.”
Frente a mí había una puerta, con una cuadrícula 4X4 dibujada en su superficie. En cada casilla, había una flor, algunas estaban en posición vertical, y otras en posición horizontal.
Empujé la puerta, pero no cedió. La jalé, pero estaba cerrada. Entonces, tomé una de las flores y la giré. Todas las flores en su misma fila y columna cambiaron de posición.
Otra idea estalló en mi cabeza.
Era un cerrojo. Ese problema me resultaba familiar; debía girar las flores hasta que todas estuvieran en posición vertical. La mala noticia era que, en los cinco años que llevaba intentando, no había encontrado su solución.
Me recargué contra la pared y suspiré con frustración.
Un par de golpeteos me respondieron.
—¿Hola? —llamé.
La voz que me contestó era débil, lóbrega. Sólo capté una palabra “escucha”. Me arrodillé, y pegué una oreja contra la pared.
—Aquí estoy, te escucho —dije, cargando mi voz con el alivio que sentía de no estar sola.
—No tomes el líquido —contestó ella.
—Yo no tomo líquidos sospechosos —le aseguré con algo de ironía—. ¿Tienes idea de cómo resolver el cerrojo?
Un golpe sordo vibró en la lámina, probablemente la chica acomodándose contra ella.
—¿No notas la invarianza? Con esa configuración, no hay manera de abrirlo —dijo, y su tono era tan triste que me apachurró el corazón.
Y fue su sentimiento lo que me aclaró la mente. Recordé el problema completo. “Encuentra la configuración para la cual no se pueda abrir nunca el candado”.
Quería vomitar, y de tener comida en el estómago, lo hubiera hecho.
—¿Hola? —Volví a llamar a la chica, pero no obtuve respuesta.
No necesitaba prueba para saber qué había pasado. Ella había bebido el líquido, y decidió advertirme. Mi garganta se cerró. Ni siquiera le pregunté su nombre.
Corrí para estrellarme contra la pared, con la esperanza de derribarla, pero ésta ni se inmutó. Tomé el frasco y lo arrojé contra ella. El vidrio se rompió, y el ácido creó un hueco en la lámina. A través de él pude notar el tobogán rojo. Nos habían colocado en la parte más alta del parque.
Un mensaje imposible de ignorar.
Me quedé sumida en mis pensamientos.
Llegar a la cima. Es lo que todas queremos. Pero, ¿de verdad vale la pena ser la mejor si eso significa rechazo y soledad?
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