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La culpa - por Daniel CallejaR.+18
Web: https://debusquedasylocuras.blogspot.com
—¿Cuántos años lleva cerrado el parque? Está bien conservado.
La pregunta del comprador le pilla desprevenido. Jorge piensa antes de contestar.
—Seis o siete. No más que eso. Por dos no llegó a los noventa años ininterrumpidos. Me ocupo de mantenerlo en buenas condiciones. Cada tanto enciendo las máquinas. Si lo compra tendrá que actualizar las habilitaciones.
El hombre recorre los juegos mecánicos y las tiendas. Se detiene en el tiro al blanco y pide para probar suerte. Jorge accede.
—Tiene que esperar unos minutos para que el compresor cargue los rifles.
El comprador parece un niño con juguete nuevo. No erra un solo tiro. Le pide que duplique la velocidad de giro. Que la triplique. Es infalible.
—Vaya puntería. Se llevaría todos los premios.
Siguen caminando. El hombre mira varias veces su reloj.
—Si no tiene tiempo ahora, lo podemos dejar para otro momento. Sr… ¿Me dijo su nombre?
Lo mira y, ¿sonríe? No le gusta nada su expresión. Le recuerda a Jack Nicholson en Psicosis.
—Me preocupa la demora de mi escribano. Para firmar los papeles. Alguien tiene que certificar su confesión.
—¿Mi… qué?
—Su confesión de cómo mató a mi hermano. Soy Alberto Gómez. Hermano de Adrián.
Recién entonces ve el arma que apunta derecho a su cabeza. No sabe de armas. Pero está seguro que ese artefacto puede acabar con el poco cerebro que le queda.
—No sé de qué habla.
—Pronto lo sabrá.
Es lo último que escucha antes del culatazo que lo sume en las tinieblas.
«Acabo de despertar de una maldita pesadilla. ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy sentado y atado a una silla? ¿Acaso no estaba soñando?» piensa Jorge.
El dolor de cabeza y su cuerpo atrapado le confirman que no. Entre la bruma que empaña sus ojos, ve al comprador parado frente a él. Le cuesta demasiado enfocar. Empieza a recordar. Las palabras, el golpe. El gesto del psicópata.
La mesa de oficina del parque donde están encerrados, está llena de papeles, fotos, recortes de periódicos. En un alarde de mal gusto Alberto ha ampliado la del muchacho con la cabeza destrozada por la caída.
—¿Lo reconoce ahora? Fue un par de años antes de cerrar el parque. Usted manejaba la rueda gigante —afirma con una calma que no coincide con su lenguaje corporal. Se pasea por la pieza con pasos largos, furiosos, mientras blande su arma frente a Jorge. Es un animal enjaulado con su presa indefensa.
Jorge asiente con la cabeza.
—¿Va a negar que fue su culpa?
—¿Mi culpa? Fue un suicidio. La policía lo confirmó. Antes de subir a la rueda se bebió un frasco de veneno. Lo tenía con él. Por qué saltó antes, nadie lo sabe.
—Claro, claro, ¡Su tío comisario lo hizo para salvarlo.
—¿Mi tío? Oiga, que tenga el mismo ape… ¡Ay!
El puñetazo le arranca dos dientes. Empieza a llorar y reír a la vez.
—¿De qué se ríe, imbécil? ¿No se da cuenta que si no confiesa va a morir aquí?
A Jorge le cuesta responder. El golpe le descolocó la mandíbula. Siente el calor de la sangre en su boca.
—Ambos moriremos aquí, ambos. Esa puerta, la única salida, solo se puede abrir por mí, y desde afuera. ¿Por qué cree que estaba abierta? Trate de abrirla, vamos. A ver quién es el imbécil.
Recién entonces el falso comprador nota que la puerta no tiene pestillo, ni cerradura. La embiste con fuerza. Nada. Como si estuviera soldada. Busca una ventana. No la hay. Toma un extintor y comienza a golpear las paredes, luego vuelve a atacar la puerta. Nada. Transpirando a mares, toma a Jorge por las solapas.
—Te voy a soltar y vas a abrir la maldita puerta —dice al borde de la desesperación.
—No puedo. Nadie puede —responde Jorge sonriente. Acto seguido comienza a reír a carcajadas. Acaba de recordar algo importante. Alberto le mete una bala entre ceja y ceja, pero Jorge se sigue riendo. Se levanta de la silla y mira al otro directo a los ojos.
—Si no fueras tan homofóbico, si hubieras aceptado su opción sexual, nada de esto hubiese pasado. Ahora, te has condenado como nos condenaste a nosotros. Yo me suicidé una semana después. Por tu culpa. No quería vivir sin él. Adiós.
El fantasma de Jorge atraviesa la puerta. Alberto, desesperado, mete el arma en su boca y cuando está por disparar, la pieza, el parque; todo desaparece.
Menos la culpa. Esa crece cada día, y no desaparecerá ni con su propia muerte.
Ccomentarios (1):
Diana T
18/02/2026 a las 15:58
Hola, Daniel.
¡Tremenda sorpresa que me he llevado! Sólo puedo decir wow.
Te prometo que yo ya estaba haciendo la lista de fragmentos de la personalidad de Jorge que no encajaban. ¿Por qué se reía? ¿No tenía aprecio por su vida? ¿Cómo diablos sabía que la puerta no se abría desde dentro y por qué, si mantenía funcionando los juegos, no la arreglaba?
Y luego llego al final, y todas las piezas encajan hermosamente.
Aunque quizás me hubiera resultado más impactante que Jorge fuese el mismo hermano, más que su amante, pero es cosa mínima, y también depende del mensaje que quieres dar.
Lo único que no comprendí fue, el parque fue un sueño? ¿Una alucinación de un hombre loco por el dolor? Me quedaré con esa duda.
Por lo general me gusta recomendar algo de estilo, pero el final me dejó tan anonadada que soy incapaz. Bien hecho.
Más tarde lo volveré a leer a ver si se me ocurre algo 🙂