Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

La última vuelta - por Laura P.R.

Subimos por la colina, como acostumbrábamos hacer cada viernes. Nos gustaba jugar entre los árboles e imaginar que estábamos en un bosque abandonado y caminábamos entre ellos como si quisiéramos encontrar una salida.
Esta vez era diferente. Todo seguía igual, excepto el parque de atracciones que se encontraba en lo más alto.Era un parque majestuoso, con una noria de colores y un carrusel que se divisaba a lo lejos, lo suficiente como para distinguir los caballos que lo componían.
Lo miré con lástima. Cuando anunciaron su cierre nunca entendí por qué. Fue como si alguien hubiera apagado una parte de mi infancia sin avisar; como si me hubieran arrebatado la posibilidad de despedirme. En ese parque habíamos pasado fines de semana enteros. Mis padres pagaban la suscripción anual y no había sábado o domingo en el que no fuéramos, aunque solo fuera un par de horas.
Entrar allí era sentir una felicidad inmediata. Hacía dos años que mis padres habían dejado de pagar la suscripción porque, según decían, ya éramos mayores. Además, el parque se caía a añicos y cada vez les generaba más inseguridad.
Seguimos subiendo mi hermano Carlos y yo hasta llegar a la entrada del parque. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, como si el parque aún estuviera vivo y nos estuviera observando.
—¿Lo habrán cerrado por…? —tragué saliva— ¿fantasmas?
Se me hacía raro que lo hubieran cerrado de un día para otro. Todo se veía igual que siempre, pero apagado. A Carlos y a mí siempre nos había gustado jugar a los detectives, explorar terrenos desconocidos. Queríamos saber qué había pasado allí.
Saqué la mochila donde llevábamos nuestros objetos bizarros. De ella saqué un mapa de Croacia que nos había dado nuestro tío. Para nosotros, ese mapa era el parque.
—Por aquí podemos entrar —dije, con más valentía de la que sentía.
—Sí —respondió Carlos—. Me parece buena idea.
Encontramos un hueco, un fallo en el sistema, como solíamos decir, y entramos conteniendo la respiración, como si eso nos diera más espacio.
Del esfuerzo me caí al suelo y me hice un rasguño en la rodilla.
Carlos volvió a abrir la mochila y sacó un frasco de color naranja. Teníamos varios, cada uno con una función diferente. Lo abrió y, con un dedo, empezó a masajearme la rodilla. Si mi madre nos hubiera visto, habría perdido la cabeza: aquello iba directo a una infección casi asegurada. Pero la inocencia seguía intacta en nosotros. Supongo que la educación en casa había ayudado a ello.
Corrimos por todo el parque como si estuviéramos en campo abierto. Libres. De pronto empecé a escuchar ruidos. Me giré, pero no vi nada. Me rasqué la cabeza, confundido. Mi mente me estaba jugando malas pasadas.
Cuando llegamos a la noria me quedé mirándola mientras Carlos se dirigía al control de máquinas.
—Súbete, Pablo.
¿De verdad sería capaz de arrancarla? Quizá sí. Al fin y al cabo, el parque no llevaba tanto tiempo cerrado.
Abrí la puerta.
—¡No abre, Carlos!
Yo solía rendirme a la primera, pero Carlos no.
—Súbete a la de al lado.
Sin esperar respuesta, apretó un botón y un ruido metálico rompió el silencio. La noria empezó a moverse lentamente. Carlos corrió hacia mí mientras ascendíamos. Las casas se volvieron diminutas y, por un momento, la noche quedó en absoluto silencio.
De golpe, un ruido seco hizo que la noria se detuviera. El movimiento cesó con un tirón brusco y la oscuridad se hizo presente de nuevo. ¿Serían los fantasmas? No había forma de saberlo. Estábamos en lo más alto, solos.
Carlos empezó a reír. Yo no tanto. Miramos alrededor y gritamos, pero nadie respondió. Entonces Carlos abrió la mochila y sacó un frasco verde, de un color radioactivo que parecía veneno.
—Pablo, abre la mano.
Le obedecí sin protestar. Carlos siempre era el creativo, el aventurero, y estaba seguro de que ya tenía un plan. Vertió el líquido en mis manos.
—Saca las manos por fuera de la noria y escribe “ayuda”. Es fosforito. Si nos buscan, será más fácil encontrarnos.
Cinco horas después divisamos un helicóptero. Una linterna nos apuntó. Había funcionado.
Y sí, aquellos frascos eran mágicos. O al menos, aquella vez, nos habían salvado.
Mientras nos rescataban, entendí que rendirme a la primera no era la respuesta. Que siempre había algo dentro de nosotros que nos empujaba a encontrar una salida, más fácil o más difícil, más lenta o más rápida, pero siempre una salida.

Ccomentarios (1):

Codrum

18/02/2026 a las 14:32

Hola, Laura:

¡Qué de cosas pasan en esta historia!
Desde mi punto de vista, has completado los objetivos del taller con creces.
Tu texto es dinámico y juega con la perspectiva de un niño y su picardía.

Te has metido de lleno y por eso es tan rico en matices, emociones y sensaciones. Se ve que te lo has imaginado mucho.

La parte del texto que empieza [[Esta vez era diferente… ]] y termina con [[…los caballos que lo componían]]
me sacó del texto. Al leerlo me hizo pensar en que el parque aparecía de la nada, pero luego dices que siempre estuvo ahí.

Creo que te has imaginado tanto que has tenido problemas en decidir qué poner y qué quitar. Tienes descripciones de rutina y cosas que sucedieron hace 730 días o más. ¿Es todo eso importante para el relato?

De esa parte del relato rescato esta frase que me resultó muy bonita:
Fue como si alguien hubiera apagado una parte de mi infancia sin avisar.

Y eso que sus padres ya se la habían apagado hacía dos años. 😉

Algunas de esas explicaciones quitan espacio para que lo importante explote. El texto va de unos muchachos aventureros, que se meten a un parque de atracciones, que juegan con una imaginación desbordante y por eso llevan una mochila cargada de mil cosas, y que se quedan atrapados.

A mi parecer, las rutinas familiares, los fantasmas (cosa que pasas muy de soslayo para crear una expectativa que no se ve reforzada) sobran.
No he sentido el pánico de quedarme quieto en lo más alto de la más alta noria, mientras el viento mece la cabina y los tornillos chirrían a punto de soltarse.

Hay veces que pecas de contar y no mostrar.
En esta frase: ##Le obedecí sin protestar. Carlos siempre era el creativo, el aventurero, y estaba seguro de que ya tenía un plan.## Ya nos has mostrado que Carlos es el creativo, el que toma las decisiones. Tal vez si hubiera habido un diálogo previo en el que Carlos incita a Pablo a entrar en el parque, veríamos también que Carlos es el aventurero. Eso ayudaría a hacernos mejor la idea de la personalidad de cada uno de ellos y te ahorraría algunas palabras.

Me chocó la expresión caerse a añicos, yo suelo decir caerse a trozos o hacerse añicos. Pero eso es cosa mía.

Y terminas con una frase moralizante, una especie de moraleja (algo que no explotas completamente en el texto) y que parece marca de la casa. En tu texto de México también la usaste. Algunos te dirán que confíes en el lector, que si le has dado las herramientas, él te montará esa moraleja. Yo creo que es una marca personal tuya.

En definitiva, que siempre me extiendo más de lo que debería.
Me ha parecido un texto que te ha sido difícil de escribir porque lo has imaginado demasiado bien. Te has metido tan dentro de ese mundo que todo te parecía esencial. Querías que el lector estuviera tan dentro como tú, pero en 750 no da tiempo.

Como muy positivo decirte que el punto de vista es el mejor. Los consejos del boletín anterior me ha hecho pensar si este sería un texto para narrar en presente.

Y la originalidad del contenido de esa mochila, eso es lo que muestra la inocencia y la aventura en estado puro.

Tu forma de narrar (al igual que en el texto anterior) me gusta, y te seguiré leyendo. Por eso a lo mejor me he excedido mostrando los fallos. Pido perdón si es así.

En lo estructural, no sabría qué decirte. Seguro que hay alguien que sepa, más o menos, cuánta parte del relato debe ser introducción, nudo y desenlace. Yo no tengo ni idea. O el mejor modo de separar párrafos, pero en eso no te puedo ayudar.

Simplemente te doy las gracias por este rato de lectura tan ameno y te “obligo” a que sigas escribiendo.

Un saludo.

Pd: Esta vez no escribí nada. Así que si me acuerdo pasaré a leer tus comentarios. Si no, guárdalos para otras convocatorias. Los leeré encantado.

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *