Literautas - Tu escuela de escritura

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La montaña rusa - por HugoR.

El día que descarriló la montaña rusa, y que Cipriano Almada apareció muerto en la sala de control, yo estaba en el parque de diversiones. Los carritos volaban desde la parte alta de la estructura de hierro y caían en el río Luján. Quizá por eso no hubo muertos, pero seis niños y otros tantos adultos sufrieron heridas graves.

Comenzaron a montar el parque cuando Cipriano y yo estábamos en quinto grado. Era tal nuestra ansiedad que todas las tardes nos encontrábamos a la vera del río para ver como construían los cimientos de hormigón, levantaban muros, columnas de iluminación, soldaban esqueletos de hierro y muchas tareas más.

—Cuando sea grande quiero trabajar acá y manejar la montaña rusa—. Me dijo Cipriano.

El día de la inauguración todo el pueblo se dio cita en el parque y también mucha gente de lugares cercanos. Fue una verdadera fiesta.

—¡Vamos pa’ la feria! —. Decían los vecinos saludándonos a su paso.

—Al fin vamos a entrar. Más de un año con la cara pegada al alambrado— respondía Cipriano.

Mi amigo no se conformaba con subir a los juegos, aunque ese día fuesen gratis. Él quería saber cómo se manejaba la montaña rusa y no paró hasta conocer al operador.

Durante años, iba todos los fines de semana para que ese hombre le enseñase los secretos de su trabajo. Por eso, para el cumpleaños de dieciocho, como regalo, recomendó a Cipriano para que lo suplantara durante sus vacaciones, y cuando renunció ̶̶̶ nunca supe el motivo ̶̶̶, quedó efectivo en el puesto.

En el momento de la tragedia todos corrían hacia el río; yo pensé en mi amigo y me apuré en llegar a la sala de control. La puerta estaba cerrada. Golpeé.

—Cipriano, abrí. Soy yo, Carlos—. Nada. Volví a golpear. Nada.

Lo llamé al celular pero no respondía. Busqué algún empleado, un policía… todos estaban en el río. A topetazos primero y a patadas después, no logré que la puerta cediera. Traté de encontrar un tronco para golpear, un hierro para hacer palanca, pero tampoco tuve suerte. Para no perder más tiempo fui a buscar ayuda al río: Bomberos, ambulancias, policías, Defensa Civil, personal del parque, vecinos que querían ayudar y otros que curioseaban, todo era una vorágine y nadie me escuchaba.

Gracias a la luz de los reflectores ubiqué al propietario del parque ̶ en el pueblo todos nos conocemos ̶ . La policía no me permitía pasar, me costó llegar a él y hacer que me escuchase. Gesticulaba, caminaba hacia la orilla, luego volvía, miraba la montaña rusa, se agarraba la cabeza. Parecía más un estorbo que una ayuda.

—Estaba por ir para allá. Acá no encuentro al operador—, respondió a mi aviso.

Fuimos hasta la sala de control acompañados por un policía y personal de mantenimiento. Primero intentaron empujar la llave que estaba colocada del lado de adentro pero no pudieron porque tenía solo media vuelta; después rompieron la cerradura.

—¡La puerta no se abre!, está trancada de adentro—. Dijo el hombre de mantenimiento.

Empujamos con todas nuestras fuerzas y logramos desplazar los muebles que taponaban la entrada, vimos a mi amigo sentado en una silla, tumbado hacia adelante, con los brazos y la cabeza yaciendo sobre una mesa. Tenía un frasco de vidrio en la mano.

El policía no me dejo entrar, pero vi todo desde el umbral. Después vallaron el lugar y la policía científica hizo su trabajo. El frasco era de veneno.

Al día siguiente fui a darle el pésame a Susana, la esposa de Cipriano. No encontraba qué decir y las lágrimas me salieron antes que las palabras. Esa misma tarde publicaron los nombres de los heridos. Conocía a todos, menos a un tal Rolando Paredes que vivía en Alcorta, un pueblo a veinte kilómetros de acá.

La autopsia confirmó que se había envenenado. No se pudo determinar si se suicidó porque había descarrilado o si descarriló porque se había suicidado. La versión que la gente todavía quiere creer es que se quitó la vida conmocionado por la catástrofe. El informe de los peritos descartó fallas técnicas y atribuyó todo a un error humano.

De esto hace ya mucho tiempo, cada tanto voy al cementerio y rezo por su alma, cambio el agua del florero y repongo las margaritas. Sé que le gustaban.

A Susana no la volví a ver. Nunca nos habíamos frecuentado, menos ahora que rehízo su vida afectiva y vive en Alcorta con ese tal Rolando Paredes.

Comentarios (2):

Cristina Otadui

18/02/2026 a las 15:10

Hola Hugo, el tuyo es un texto bien construido, donde el ritmo está muy conseguido desde ese inicio rápido e impactante que luego se vuelve evocador con los recuerdos de infancia, se acelera en la escena de la tragedia y al final con un tono contenido e íntimo aparece reflexivo y resignado.
Me gusta el cierre que introduce una ambigüedad inquietante y remata con esa mención al compañero actual de Susana de forma intencionadamente casual sugiriendo la posible relación entre la viuda, el superviviente y el accidente sin llegar a explicar nada. Este final abierto, que me a mi personalmente me gustan mucho, ofrece al lector una sospecha y lo deja a su interpretación.
En mi opinión la información técnica la integraría al punto de vista emocional del narrador y haría lo mismo cuando aludes al informe de los peritos: el texto pierde intensidad y se vuelve demasiado informativo.
Por lo demás un trabajo estupendo, felicidades
¡¡Nos leemos!!

Cristina Otadui

18/02/2026 a las 15:21

Si te apetece leerme estoy en último lugar… ¡bien fácil! 😉

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