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Conspiración - por Ruvi E.R.
Iris se colocó la capucha. Apuró el paso y metió las manos en los bolsillos de su capa; no era una noche fría, pero de alguna manera tenía que controlar el temblor. Al doblar la esquina, miró en todas las direcciones: estaba sola. Sacó de su bolso el frasco de veneno que había preparado esa mañana y lo vació en una alcantarilla. Pobres ratas, no tenían la culpa de su torpeza; sin embargo, no podía arriesgarse a ser descubierta.
—Grrr, todo salió mal —murmuró al guardar el frasco vacío en su bolsillo.
Hace unos días, al recibir la extraña invitación sin remitente, se dio cuenta de que se trataba de una trampa para detener su ascensión o, peor aún, para deshacerse de ella. Entonces, empezó a planear cada detalle de su venganza. Al preparar la poción, rebajó la dosis; no era una asesina, solo sentirían que iban a morir. Tenía que demostrarles que ella era mejor que todos.
Había llegado con anticipación al viejo parque de atracciones para prepararlo todo. Recorrió los alrededores buscando la entrada. Tendría que esconderse adentro y esperar a que trajeran el ponche; vertería el veneno y, llegado el momento, se excusaría de alguna manera para no beber. Sí, todo estaba planeado a la perfección, excepto que… ¡la maldita puerta no se abrió! Había intentado de todo: ningún conjuro funcionó, incluso probó el viejo truco de la tarjeta de crédito; nada. Al oír voces, había entrado en pánico y huyó.
«¿Qué hago ahora?», se preguntó. En ese instante escuchó unos tacones que se acercaban. Tomó la decisión de volver a casa; no les daría gusto. Si querían arruinar su vida, tendrían que trabajar más duro.
—¿Iris, eres tú? —Se quedó petrificada al escuchar esa voz.
—Clarisa, hola. ¿Qué… qué haces aquí? —preguntó mientras se quitaba la capucha.
—Estaba en camino al parque y te vi. ¿Por qué estás sola? Pensé que Aurelio te recogería de tu casa para llevarte al evento.
Iris contuvo el aliento. «¿Ella sabía de la conspiración? Creí que era mi amiga».
—¡Iris! ¿Estás bien? Estás muy pálida —Clarisa levantó la mano para acariciar su rostro.
—Sí, sí, estoy bien —respondió evitando la caricia—. No sabía que también habías recibido la invitación. Mi móvil está dañado y salí más temprano de casa —con esfuerzo, contuvo su ira.
—Claro que la recibí. Ya que te encontré, podemos llegar juntas —respondió Clarisa intentando tomar del brazo a Iris.
Una vez más, ella la esquivó.
—No voy a ir, no me siento muy bien —se tocó el estómago—. Algo me cayó mal —añadió. «Quizá tu traición», pensó, disimulando su disgusto.
Clarisa entrecerró los ojos y miró a Iris por un momento. El sonido de su móvil rompió el silencio de la noche.
—Hola, está todo bien. Sí, sí, ya estoy llegando —contestó sin dejar de mirar a Iris. Guardó el móvil, de su bolso sacó un frasco y se lo ofreció a Iris—. No seas tonta. No te puedes perder este evento. Tómate esto y se te pasará el malestar. Son mágicas.
Iris supo que no tenía escapatoria. Agarró las tabletas y fingió tomarlas. No iba a caer tan fácil.
Cuando Clarisa la tomó del brazo, se lo permitió y caminaron juntas. Aunque el silencio era incómodo, le sirvió a Iris para repasar los hechizos que sabía y que podían salvarla de esa situación.
Al llegar a la entrada, Clarisa sacó la invitación y la puso contra la cerradura. Una luz verde se encendió y la puerta se abrió.
—¡No lo puedo creer! —Iris se dio una palmada en la frente.
—¿Qué te ocurre?
—Nada, me olvidé la invitación en casa. Me alegra que me hayas encontrado; de lo contrario, no hubiera podido entrar —dijo con una falsa sonrisa.
—Estás muy despistada hoy, no es normal que actúes así. ¿Seguro que estás bien?
Iris evadió la pregunta y entró al parque. Todo estaba oscuro. Qué extraño: estaban retrasadas y no se veía un alma. Iris tuvo un mal presentimiento.
—Clarisa, pensé que eras mi amiga. ¿Por qué…?
En ese momento, las luces del parque se encendieron poco a poco. El último en encenderse fue el carrusel; sus luces de colores tintineaban al ritmo de la música.
—¡Sorpresa! —gritaron todos sus amigos al unísono.
—Felicitaciones por tu ascensión, amiga querida —Clarisa le dio un beso en la mejilla—. Eres una bruja de verdad.
Iris acarició el frasco vacío en su bolsillo.
—No, no lo soy…
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