Literautas - Tu escuela de escritura

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Globo de agua - por FerR.+18

Llegué a casa angustiado una vez más, sabía que no podía seguir así, que tenía que dar un giro radical a mi vida pero no tenía las fuerzas necesarias para hacerlo. Menos mal que cuando entraba a casa, mi mujer y sobre todo mi pequeño Nico, hacían que se me pasara la angustia vital que sentía.
Casi cada día se repetía la misma historia. Cuando salía de trabajar del laboratorio de investigación de la farmacéutica en la que trabajaba no podía reprimir el deseo de entrar a jugar en el local que había en la misma calle sólo unos portales más adelante.
La salida del trabajo suponía para mí un auténtico suplicio. Cada tarde al pisar la calle me hacía el firme propósito de pasar de largo pero una fuerza irrefrenable e imposible de controlar tiraba de mí y hacía que entrara una y otra vez, aunque siempre pensaba que sería la última vez. En casa de momento no sospechaban nada pero la situación era ya insostenible. El sueldo no me llegaba y debía ya grandes sumas de dinero. Tenía que hacer algo, lo que fuera.
Estaba desesperado así que ese día, mientras trabajaba en la investigación de un medicamento para aliviar el dolor crónico de enfermos oncológicos, decidí entrar al cuarto donde se almacenan las sustancias más peligrosas para hacerme con una pequeña cantidad de Tetrodotoxina, obtenida del hígado del pez globo y que en determinadas dosis era capaz de provocar la muerte en menos de doce horas.
Aproveché la hora de la comida, cuando mis compañeros se desplazaron al comedor, para quedarme solo y hacerme con una cantidad imperceptible pero suficiente de la sustancia. Nadie se daría cuenta. Cuando estuve absolutamente seguro de que nadie me veía cogí un tubo de ensayo y una jeringuilla y me dirigí al cuartito.
¡Dios!, por más que intentaba girar el pomo la puerta no se abría, debía estar cerrada con llave por seguridad. Estaba desesperado, sin pensarlo dos veces cogí una silla y la estampé contra la puerta, los cristales saltaron hechos añicos. Tras el estruendo enseguida llegó el jefe de equipo que estaba en el despacho contiguo.
—¡Jorge!, ¿pero qué ha pasado?, ¿estás bien?
—Sí, sí, es que he debido tropezar con algo y al caer he chocado con la silla que se ha desplazado a toda velocidad hacia la puerta. Siento mucho el destrozo.
—No te preocupes, lo importante es que estés bien. Ahora mismo voy a llamar a mantenimiento.
Mientras los operarios trataban de arreglar el desaguisado, aproveché para deslizarme dentro y extraer con la jeringuilla una pequeña cantidad del líquido letal contenido en el vial.
Dejé pasar un par de semanas hasta que encontré el momento apropiado. Mi mujer había quedado en ir a comer con unas amigas y le comenté que iba a aprovechar para llevar a Nico a ver a mi madre, pues hacía tiempo que no la veía.
Llegamos al chalé donde vivía, aunque ya era muy mayor y estaba algo delicada de salud seguía viviendo sola. Con el dinero que tenía, la muy avara se negaba a tener una interna que la ayudara.
Se puso muy contenta de ver a Nico, no tanto a mí porque no nos llevábamos muy bien. Mientras hablaba con Nico fui a la cocina a servirle un vaso de agua, miré hacia todos lados, saqué el frasco con el veneno y le puse unas gotas.
—Bueno mamá, nos vamos a tener que ir ya. Te dejo tu vaso de agua para que no te tengas que levantar. Voy a por los abrigos.
Mientras iba al recibidor a recoger mi abrigo y el de Nico iba pensando el tiempo que tardaría en cobrar la herencia. Total ella era ya muy mayor y con los achaques que tenía lo mismo le estaba haciendo un favor.
Cuando volvía para ponerle el abrigo a Nico vi impotente como mi madre le decía al niño:
—¿Dices que tienes sed?, pues toma bebe de aquí que yo no lo he probado todavía.
—¡Noo! —grité con todas mis fuerzas.

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