<< Volver a la lista de textos
Tiempo al tiempo - por Verso suelto
Nunca pensé que llegaría a a pensar como pensaba mi abuelo pero…
Hasta mediados del siglo pasado Majuelos del cerro vivió al compás que marcaban la poda, la vendimia o la crianza del vino. Cada familia tenía su bodega debajo de la casa, todas antiquísimas, algunas construidas en la edad media, entrelazadas como un racimo sin respetar las lindes naturales y formando un hormiguero de túneles horadados bajo la tierra.
Así vivía mi pueblo hasta que llegó la política agraria común y los jóvenes tuvieron que liar el petate y emigrar a buscarse la vida en otra parte. Ahora solo quedamos cuatro viejos, aunque quizá debería decir quedábamos, pero no quiero adelantarme.
Con la desbandada, casi todos los vecinos condenaron la bodega tapiando el hueco de la puerta. Mi abuelo no, por eso en nuestra casa hay una puerta que no se abre nunca. La bodega ya no tenía ninguna utilidad, pero él decia que si había servido de refugio cuando un loco nos bombardeó ¿por qué no iba a servir si otro loco volvía a hacer lo mismo? Así era él, siempre con la mosca tras la oreja barruntando peligros. Durante un tiempo, con su bodega y la balsa que había construido con ramas de pino, se sintió a salvo de misiles, bombas o crecidas. Hasta que vino el COVID y se llevó a mis padres. Desde entonces, tenía un frasco de veneno en la mesilla, antídoto contra cualquier revés de la naturaleza o la mala sangre.
Un buen día, hace ya tiempo, el cielo se nubló de repente; aunque el parte metereológico que consultaba a diario anunciaba sol, le pilló un tremendo chubasco, cogió una pulmonía y a la semana se murió.
Le enterramos bajo un aguacero y siguió lloviendo. Yo ocupé su habitación, que era más amplia, y quemé la balsa en la chimenea después de trocearla con un hacha; total, no hacía mas que estorbar; además la casa se estaba quedando helada con tanta humedad. Fue el único cambio que hice; pensé tapiar la bodega pero aún tenía muy viva su memoria y, digo yo que, para algún ratón que se colaba por debajo de la puerta ya están los gatos. El frasco de veneno lo dejé donde él lo tenía, como un pequeño homenaje; no pensaba usarlo aunque el color amarillento e insidioso del mejunje se había ido desvayendo y dudaba que mantuviera su eficacia, si alguna vez la tuvo.
La lluvia siguió semana tras semana cada vez con mayor fuerza y la tierra se empapó, incapaz de absorber más lluvia. La gente miraba asustada al cielo y a las calles, transformadas en ríos impetuosos. Los noticieros hablaban dia y noche de poblaciones anegadas, carreteras cortadas, cosechas perdidas… Otras noticias pasaban rápidamente a segundo plano; ya podían descarrilar trenes o invadirse paises que la borrasca lo diluía todo; caía tanta agua en un día como en Londres en un año. En los pocos ratos en que escampaba, el agua inundaba las casas saliendo por los enchufes como cataratas y brotando en forma de manantiales de suelos y paredes. Los geólogos decían que Majuelos estaba sobre una vasija de roca que, al llenarse con la lluvia y las escorrentías, rebosaba y hacía que lloviera al revés, desde el centro de la tierra.
Sin poder salir de casa, yo no hacía más que recorrer las habitaciones acordándome de mi abuelo, pensando que, quizá, no andaba tan descaminado: ¡en que momento se me habría ocurrido quemar la balsa! Estaba tan deprimido que puse un vaso de agua junto al frasco de veneno: nunca supe beber a gañote.
Sin teléfono, sin luz ni televisión y sin nada que comer ―lo de la nevera se había estropeado―, me metí en la cama tapado con todas las mantas que encontré en los armarios. Así pase tres días escuchando el fragor del agua que sonaba cada vez más cerca borboteando en el interior de las bodegas sin encontrar alivio, pues las salidas al exterior estaban tapiadas a cal y canto. El final era irremediable. Miré el frasco de veneno dispuesto a terminar con aquella pesadilla pero, por la puerta de la bodega, que cedió, emergió una impresionante riada que me arrastró ladera arriba hacia el cerro. Los remolinos y la fuerza del agua me zarandeaban sin dejarme respirar y, ya apenas sin aire, saqué la cabeza un instante como pude y, por última vez, contemplé espantado la vasta extensión de agua en que se había convertido mi pueblo.
Comentarios (0)