Literautas - Tu escuela de escritura

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Coraje color ámbar - por Moldy Blaston

El frasco apareció una mañana justo cuando el café había subido demasiado en la cafetera y olía a tostado. Estaba allí, sobre la mesa de la cocina, un frasquito pequeño, color ámbar, con una etiqueta con letra de bolígrafo azul que decía: “Veneno. Uso reservado.”
Me quedé un rato con el frasco en la mano pensando: “Vale, me estoy volviendo loca, o alguien se ha colado en casa, o esto es una broma muy rara”.
No me cuadraba ninguna.

No lo tiré.
No sé por qué, pero no lo tiré.
Lo puse al fondo de la encimera, como si fuera una especie de condimento raro.

Ese mismo día, por la tarde, pasó lo de la puerta.
Era la puerta del trastero, con un marco que siempre ha crujido un poco.
Metí la llave, giré… y la puerta ni se movió.
Probé otra vez, con más fuerza.
Nada.
Parecía pegada a la pared.
Como pintada, ¿sabes?
Fija, muerta.
Pensé en llamar a un cerrajero, pero lo dejé correr, con la excusa de “ya lo miraré el finde”.
Claro que no lo miré.
Lo que sí empecé a notar fue que el frasco cambiaba de sitio. Y yo no recordaba haberlo movido.
Al principio pensé que era simplemente despiste.
Pero hubo un día que lo encontré en el baño, al lado del vaso del cepillo de dientes.
Ahí ya… no.

Lo cogí y lo miré a contraluz.
Me fijé otra vez en la etiqueta.
Y… las palabras ya no eran las mismas.
En vez de “Veneno. Uso reservado”, ponía:
“Abre cuando lo sientas.”
Me quedé helada.
Pensé: “Esto tiene que tener explicación”.
Pero no conseguí ninguna convincente.
Mientras, la puerta seguía sin abrirse.
Ni un milímetro.

Una noche creí oír un golpe como si se cayera una caja.
Fui descalza hasta el pasillo y apoyé la oreja en la madera.
Ni un ruido.
Solo mi propia respiración, un poco agitada.

Empecé a soñar con la puerta.
En los sueños siempre estaba medio entornada y detrás de ella había luz.
Y voces.
Una de las voces era la mía.

Un día de mucho calor decidí limpiar la casa. Entre un montón de papeles viejos, apareció el frasco otra vez.
Esta vez sin etiqueta. Solo el cristal, un poco tibio, como si lo hubiera dejado al sol.
Me senté en una silla, con el frasco entre las manos.
No tenía ningún plan.
Estaba harta de notar cosas raras y no hacer nada.
—Vale —dije en voz alta—. Pues venga.
Y giré la tapa.
Hizo un clic pequeñito, ridículo.
Esperaba un olor asqueroso, pero no.
Olía… como una casa mezcla de limpia y vieja.
El líquido de dentro tenía puntitos de luz flotando.
En ese momento, detrás de mí, sonó el pomo de la puerta.
Girando solo.
Me levanté despacio, con el corazón en la garganta.
La puerta se abrió unos centímetros, lo justo para dejar ver una rayita de luz azul.
No sé por qué hice lo que hice, pero la abrí del todo.
Y al otro lado estaba… mi salón.
La misma mesa, las mismas sillas, las mismas cortinas.
Y yo.
Quiero decir: otra yo.
Sentada, con el frasco vacío delante, mirándome fijamente.
Me quedé apoyada en el marco, sin fuerza en las piernas.
—Te ha costado —dijo la otra—. Pero has llegado.
Tenía mi voz, mi pelo, pero algo distinto en los ojos.
Como si hubiera dormido mejor.
Como si supiera algo que yo no.
—¿Qué es todo esto? —pregunté.
La otra sonrió un poco.
—No era veneno. Era… lo contrario, dijo.
—¿Lo contrario de qué?
—De seguir cerrada.

En ese momento las dos habitaciones empezaron a mezclarse, como cuando se te cruzan dos canales de radio.
La luz azul se extendió, sentí que el suelo se movía, que el aire pesaba.
Y ya.
Ahí se corta lo que recuerdo con claridad.
Cuando abrí los ojos estaba tirada en el suelo, en “mi” lado de la puerta.
La puerta, otra vez, estaba cerrada.
La llave, puesta.
El frasco, desaparecido.
Solo quedaba, sobre la mesa, una marca circular como de algo que ha estado ahí mucho tiempo.
Y, encima de la marca, unas letras escritas en el polvo:
“Ya puedes.”

Me senté, cogí mi cuaderno y un bolígrafo azul y empecé a escribir la primera frase de un relato. Al otro lado de la puerta, escuché mis propios pasos alejándose hacia la cocina, ligeros y decididos, mientras el olor a café recién hecho se filtraba por la rendija, cada vez más lejano.

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