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Almoaja - por Guillermo Cédola
Almoaja no figuraba en los mapas grandes. Aparecía, si acaso, en letras chicas, apretadas, como si el papel dudara en concederle existencia. Treinta casas, viento casi todo el año y un silencio trabajado, acumulado con paciencia. El cura lo notó desde el primer día; no fue el silencio lo que lo inquietó, sino la docilidad con que los vecinos lo habitaban.
Había llegado desde Zaragoza con obediencia y cálculo: cumplir unos años y volver a una parroquia mayor. Conservaba el impulso de explicar, de ordenar, de devolverle a cada cosa su causa. En Almoaja, sin embargo no se devolvian las causas, simplemente no se respondían. La iglesia, dependiente de Peracense, dominaba el caserío y el pozo de agua estancada que se abría más abajo. Al atardecer se levantaba un vapor espeso; decían que de allí venían las fiebres de cada verano. Él asentía en público; en privado sospechaba que el pozo explicaba las fiebres, pero no la calma con que el pueblo convivía con ellas.
Pronto adquirió la rutina del lugar. Desayunaba de pie, junto a la ventana de la casa parroquial; abría la iglesia siempre a la misma hora; recorría el pasillo central contando mentalmente los pasos hasta el altar. Revisaba dos veces el cerrojo por la noche, aunque nadie forzaba puertas en Almoaja. Las noches comenzaron a alargarse. Los días no avanzaban: se copiaban. La luz caía siempre en el mismo ángulo sobre la madera; el viento regresaba con idéntica intensidad; incluso las confesiones parecían repetirse con variaciones mínimas, como si los pecados circularan de boca en boca.
Una noche, mientras revisaba los libros parroquiales, el dedo se le detuvo en una entrada de 1920. El nombre del párroco era idéntico al suyo y la caligrafía, esa mezcla de trazos angulosos y presiones breves, era casi indistinguible de la suya. No había tragedias en las actas; todo era común, todo continuo. Esa continuidad no era escandalosa. Era precisa.
Aquella mañana abrió la iglesia como siempre. Empujó la puerta, dejó entrar el aire frío, encendió las velas y acomodó el misal. Cuando levantó la vista, el frasco estaba sobre el altar.
Vidrio grueso. Etiqueta amarillenta. Una calavera dibujada con torpeza y una palabra inequívoca: Veneno. Al lado, una dirección y un número.
Se acercó sin prisa. La iglesia había quedado cerrada la noche anterior; él mismo había comprobado el cerrojo. Tomó el frasco. El vidrio conservaba una tibieza leve, casi imperceptible. No lo abrió. Lo sostuvo un momento, como si el peso pudiera ofrecer una explicación.
La dirección conducía al borde del pueblo, donde las calles se desarmaban en piedra y carrascas. La casa se alzaba como un error de cálculo: la número treinta y uno en un lugar donde todo el pueblo insistía en que tenía solo treinta. No parecía nueva ni abandonada; parecía haber estado esperando,.solo el viento y la sospecha de que, si gritaba, su propia voz le devolvería un eco con décadas de retraso.
Ventanas tapiadas, paredes vencidas, y, en contraste, una puerta intacta de madera oscura, trabajada con una prolijidad ajena a la zona. La manija de bronce estaba pulida en un arco preciso, gastada por un uso constante.
La tocó. El frío atravesó la piel como un recuerdo físico. Giró. Estaba cerrada. Pensó en marcharse y se imaginó el camino de regreso y la carta breve con una explicación insuficiente. La imagen le resultó patética y forzó la puerta.
El aire interior estaba quieto, retenido. Dio un paso y el espacio se ordenó ante él con una familiaridad inquietante: era su iglesia: La misma veta en la madera, el mismo desgaste en el borde del altar, la misma inclinación leve del crucifijo.
Sobre el altar había otro frasco, abierto. Vacío.
Se quedó inmóvil. El silencio no difería del de afuera. Miró la manija desde adentro: el bronce brillaba en el arco exacto del giro, un brillo que requería tiempo. Apoyó la palma de su mano y encajaba perfectamente.
Comenzó a oscurecer, el frío recorrió su cuerpo como envolviéndolo y provocó un temblor que amenazó su estabilidad.
La puerta se cerró con suavidad detrás de él.
El viento volvió a soplar. Las fiebres regresaron en verano. La iglesia abrió cada domingo. Ese año, en los libros parroquiales, apareció un nombre conocido. La letra era la misma.
Afuera, siguieron siendo treinta las casas del pueblo.
La manija siguió gastándose.
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