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La chica del bastón - por JL.MartínR.
Consigo llegar a la panadería empapado en un sudor gélido y entro corriendo hasta el fondo de la tahona.
―¡Tony! ¿Qué pasa? ―me pregunta la señora Julia alarmada.
—Susan ha desaparecido, ¿la ha visto?
―¡No! No la he visto.
—He tenido que forzar la puerta cerrada de su dormitorio y en la mesilla veo un frasco con un producto tóxico.
―¡Santo cielo! ―exclama.
La señora Julia abandona el mostrador y me acompaña a la puerta. Me sostiene por el brazo y me guía hasta la esquina de la calle Lanzarote.
―¿Has mirado por dónde suele ir?
―No, todavía no.
Siento la lengua seca, el pensamiento paralizado.
―A veces se acerca hasta el acantilado del puerto. Anda, Tony, ve por allí.
―Sí, pero es que el puerto y las playas están cerrados por la ceniza.
―Ya sabes, ella siempre que puede se acerca al mar.
Camino aprisa por el centro de la calle en dirección al desfiladero. Giro a la derecha por el sendero que está frente a la finca donde la oxidada verja de los corrales, está hoy abrasada. Un lugar donde solía jugar con mis compañeros, justo al lado de esa cueva diminuta en la que soñábamos en libertad cuando éramos niños.
Tenso, nervioso, sigo deprisa evitando las piedras ennegrecidas, aún ardientes por el magma que destruye el Parque Natural de Cumbre Vieja. Las campanas del reloj de la iglesia, salvadas de milagro por el fuego, se oyen a lo lejos: una, dos… cuento hasta ocho campanadas. Sigo bajando por el sendero zizagueante hasta alcanzar la base de los riscos.
Mi preocupación aumenta. Los latidos de mi corazón se aceleran y la noche se me echa encima como una manta. Una esquina más, esquivo unas rocas fundidas y enseguida percibo la claridad vespertina que alumbra débilmente el terraplén y las playas. En el interior de una gruta conocida, temblando y empapada pero intacta, veo a Susan acuclillada con su perrito de peluche en el regazo, y en el peñón volcánico de entrada, su bastón guía apoyado.
―Has venido ―dice en cuanto me oye llegar.
La tomo el rostro entre mis manos, saco un pañuelo blanco y se lo anudo a la cabeza, secando su pelo castaño húmedo y enredado.
―¡Sí! Menudo susto nos has dado. No has dicho nada a nadie.
―Sí, pero has venido. Sabía que lo harías. Vienes a buscarme ―murmura ella.
―¡Susan! Puedes ir a donde quieras, pero tienes que decírselo a la abuela o a la señora Julia, por favor.
―A ti también. Sabía que vendrías…
―Llegar aquí con la cantidad enorme de lava fundida se ha convertido en un sitio intransitable y peligroso ―le digo.
―Me gusta escuchar el ruido de las olas chocando contra el dique.
La ayudo a levantarse, la abrazo por la cintura y le acerco el bastón. Caminamos juntos de vuelta a la tahona. Miro sus ojos semicerrados e inexpresivos. Es la chica del bastón, la joven hecha niebla. Un aire de otro mundo en los rizos de su pelo y en la inseguridad de sus pasos.
Desde hace tiempo solo pienso en ella. Sé que Susan vive idealizada en mi interior, pero es mi secreto callado.
Al anochecer, llegamos a la calle empedrada. Las tiendas están cerradas, salvo la panadería de Julia, quien, al verla, la abraza con fuerza, le frota la espalda con energía y la besa.
―Estábamos preocupados. Por favor, no vayas a sitios sin avisar. ¿Lo prometes?
―Sí, Julia, perdona.
—¿Y el frasco con veneno? —pregunto yo.
—¡No! Es un colirio bactericida.
―Vamos dentro a sentarnos. Tengo un regalo para ti —dice Julia.
―¿De verdad? ¿Un regalo? ―pregunta Susan con dulzura.
Me siento junto a ellas en la trastienda que linda con el horno, respirando el aroma insuperable de pan y bollos recién hechos. Sonrío observando a Susan, tan dulce e indefensa. No sé si la quiero por su fragilidad, por su pureza o por su amorosa inocencia.
―¡Ábrelo! ―implora Julia.
―¡Uy! Es un libro.
―Sí, cariño, es un libro.
Susan lo acaricia con la yema de sus dedos, despacio, reconociendo enseguida la escritura en braille.
―«El Principito». Gracias. Los quiero mucho a los dos ―dice Susan abrazándonos.
―Yo también te quiero ―dice Julia.
―Y yo ―susurro en su oído, besando sus labios con delicadeza.
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