Literautas - Tu escuela de escritura

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Sonrisa Fingida - por DairoR.

Se deja caer en la silla con el desencanto de comenzar la rutina de cada día. Levantando su mirada, ve su propio rostro en el espejo, una mirada perdida adornada con arrugas forjadas, no por el paso de los años, sino por el transcurrir constante de horas amargas y desgarradoras. Ve un rostro cansado, un rostro sin sonrisa.

Abre una cajita de madera llena de recipientes de pintura que tiene sobre el escritorio viejo que le sirve de tocador para su maquillaje. Al mismo tiempo que toma uno de los recipientes, sale de su cuerpo una exhalación de desasosiego, acompañada de un gesto de conformismo decepcionante, torciendo la boca, mordiéndose los labios y suspirando nuevamente. Devuelve la mirada a su versión del espejo y no ve aparecer una sonrisa, pero en su mente no destaca un motivo que la provoque.

Pinta toda su cara de blanco, los pómulos con círculos rosados, dos arcos negros pronunciados que exageran unas cejas sorprendidas, una estrella azul sobre el relieve de los evidentes pliegues que ya tiene su piel del centro de la frente, la punta de la nariz con un rojo fuerte y dibuja una gran sonrisa que comienza en la mejilla izquierda y se extiende, pasando a través de tristes labios, hasta la cicatriz en su mejilla derecha.

Termina la faena del divertido maquillaje, cierra suavemente la cajita y se pone de pie lentamente, mientras todos sus huesos truenan. Aunque siente su interior apagado, luce con rectitud su ropa deshilachada de vivos colores; pantalones bombachos soportados sobre los hombros con tirantes escarchados, una camisa de mangas largas de amplio vuelo con moños en los extremos y unos zapatos cabezones como de tres medidas más grande que sus pies de talones resecos y dedos torcidos.

Camina cojeando hasta el armario para buscar lo único que lo puede alentar un poco, un legado de su padre, quien lo inició en el noble oficio artístico de animar a otros, un regalo con el que le transmitió toda su pasión y su talento, su peluca favorita. Pero la puerta del vetusto armario no abre, lo intenta mansamente en primer lugar y después, ante el desespero por el atasco inoportuno de la puerta, la zarandea, la sacude y por último le lanza un golpe con toda la fuerza de su frustración, pero el descalabrado armario se mantiene firme y esa puerta desalmada le niega la leve oportunidad de alegrar ligeramente su corazón.

Decide entonces tomar del perchero la peluca color arcoíris, se la coloca sin acomodarla, sin importar si se le ve bien o no. Recoge de mala gana los pinos para sus malabares y estando a punto de salir de su camerino, ve de reojo el viejo frasco de veneno que está en el rincón. Sin pensarlo lo agarra temblorosamente, deja caer los pinos, dirige sus ojos nuevamente hacía el espejo y vuelve a ver esa sonrisa dibujada que esconde un gesto lúgubre y un dolor sin origen definido. Levanta el frasco a la altura de su mirada, sus dientes trepidan, un escalofrío recorre por todo su cuerpo y mientras los recuerdos de su padre y las vivencias de toda su propia historia pasan por su mente, se lo acerca lentamente, suspira profundamente y le da un tierno beso al viejo frasco de veneno.

Sale de su camerino con su peluca torcida, su traje arrugado, sus zapatos cabezones y agarrando con entereza ese viejo frasco de veneno. Mira a su alrededor y observa el carrusel oxidado, unas sillas voladoras que parecen que fueran a lanzar disparadas a quienes se atrevan a subir en ellas, un barco pirata que se mece mientras chirría todos sus tornillos y una montaña rusa que, más que las subidas y bajadas de alta pendiente, da más miedo que se vaya a desarmar. También cae en cuenta que cada vez vienen menos personas al viejo parque de atracciones del pueblo.

Aun así, los niños emocionados pasan corriendo perseguidos por sus padres, padres que llevan los brazos llenos con algodones de azúcar y palomitas de maíz. Viendo en ellos la sonrisa original en sus rostros, coloca sobre una pirámide de botellas el viejo frasco vacío que alguna vez estuvo lleno de veneno y ahora está lleno de la ilusión de un niño de poder tumbarlo y llevarse un premio inolvidable.

Comienza a animar a “grandes y chicos” sabiendo que, al provocar la alegría de otros, le da un motivo de brillo a su sonrisa fingida.

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