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AVENIDA CONDE ARANDA - por IGNACIO Zrgz
Conozco este lugar mejor que nadie. Se lo voy a mostrar con mucho gusto. Me llamo Remigio y soy el encargado de la finca. Antes nos llamaban porteros, pero yo prefiero el nombre de encargado que tiene más lustre y viste más.
Me ha pedido don Roque que le enseñe el piso que está en alquiler. Va a ver usted que está en muy buenas condiciones. Esta casa la hicieron en otros tiempos, cuando se construía de verdad, no como ahora, que te venden carísimos unos tabiques hechos con papel de fumar.
Aquí usted estará céntrica, tendrá sol en el balcón por las mañanas y cerca hay paradas de autobús y de tranvía, por no decir que en el bingo de enfrente siempre hay taxis disponibles. Ya me ha dicho don Roque que usted quiere tranquilidad y estar cerca de su hija. Va a tener las dos cosas.
Ya sé que en este barrio el vecindario no es como antes, eso lo va a notar. Es lo que pasa con el centro de las ciudades; se llenan de oficinas y de turistas. Pero los vecinos de esta comunidad son buena gente y no crean problemas.
Por las mañanas estoy yo, para limpiar la escalera, repartir el correo, recoger paquetes, que tenemos inquilinos jóvenes que siempre están esperando que les traigan algo. Por las tardes paso a última hora para bajar la basura y dar vuelta.
Su piso está en el 1º-A. Así, si se estropea el ascensor, que alguna vez ocurre, puede subir andando fácilmente. En la letra B de la primera planta, lo que se dice vivir, no vive nadie. Hay un consultorio regentado por doña Simona. Ya la conocerá usted. No se deje engañar, habla con un acento raro, como si fuera francesa, pero es de Calatayud, española cien por cien. Con su bola de cristal, que la tiene, que yo la he visto, lee el futuro a pobres incautos, que quieren que alguien les prometa una vida mejor. Pero yo digo que cada uno se gasta el dinero como quiere, esa es mi filosofía. ¿No hay quien juega a la lotería? ¿Y qué es la lotería sino pagar impuestos voluntariamente al Estado? Pues eso, algunos vienen aquí a que les adivinen el futuro y les den remedios mágicos. Vende un ungüento que ella dice que es aceite de serpiente. A mí me recuerda a un frasco de veneno. Si los clientes se equivocan y llaman a su timbre, que a veces pasa, usted no abra la puerta; ya se cansarán. Pero no se preocupe, son gente pacífica, pobres almas con necesidad de consuelo.
Más arriba viven unos brasileños. Son de esos que teletrabajan en su casa. Y no hay semana que no reciban un par de paquetes. Se les oye un poco por las noches, usted ya me entiende. Si le molestan me lo dice, que les llamaré la atención.
Y la semana pasada quedó libre un piso de la cuarta planta. Pobre chaval, un mozo de un pueblo de aquí al lado, que vino a preparar oposiciones, pero se le fue la olla. El dueño, que es un poco especial, le alquiló toda la casa con la excepción de una habitación que permanecía cerrada. El chico siempre veía al final del pasillo un cuarto sellado con una puerta que no abre. Y empezó a darle vueltas al tarro, que si olía mal, que si salía frío de ahí, que si habría cosas robadas, que si tendrían escondido algún cadáver. Y ya sabe, el que piensa en muertos acaba con fantasmas. El caso es que la semana pasada se las piró. Me dio las llaves y se largó a toda velocidad. Luego subí a ver el piso, por si había algo raro, y me encontré la habitación abierta con la puerta en el suelo. Total que estaba vacía, no había nada. Si encontró un cadáver se lo debió de llevar al pueblo.
En la tercera planta hay una gestoría. Eso pone el cartel de la puerta. Pero me temo que no es más que una tapadera para otro tipo de negocio. No la quiero preocupar, pero la comunidad de vecinos ya está tomando cartas en el asunto.
¿Qué más contarle del vecindario? ¿Qué me dice? ¿Que tiene prisa? ¿Le espera su hija? ¿Ya llamará usted a don Roque? ¿Se lo tiene que pensar despacio? Vale, pues espero haberle servido de ayuda. A su servicio, señora.
Comentarios (10):
Cristina Otadui
18/02/2026 a las 12:44
Hola Ignacio, allá voy:
Este narrador en primera, tan expresivo y original me encanta y además funciona estupendamente. Remigio muestra todas y cada una de las “habilidades” clásicas que se suponen en un portero de los de antes, encargado como prefiere nominarse él: tiene opiniones propias, mentalidad tradicional, orgullo profesional y una cierta tendencia al cotilleo que, junto al tono paternalista con que se dirige a la futura inquilina, lo dibujan de maravilla.
La mezcla entre los elementos misteriosos (la vidente, los vecinos ruidosos, la habitación cerrada con la sugerencia de fantasmas y cadáveres) y el costumbrismo urbano logra un efecto irónico que va creando una atmósfera de inquietud progresiva porque cuanto mas habla Remigio menos atractivo resulta el lugar.
En este relato de apariencia tan sencilla enmarcado en un retrato humorístico de la vida de una comunidad podemos vislumbrar desde una critica social hasta una cierta reflexión sobre el miedo y la imaginación pasando por la parodia de un discurso comercial inmobiliario.
Cierras con el regreso del narrador al presente del recorrido, un cierre circular que da un último golpe de gracia dando la impresión de que nada hubiese ocurrido.
¡¡Buen trabajo!!
¡¡Nos leemos!!
Cristina Otadui
18/02/2026 a las 15:21
Por cierto, este mes me encuentras la última…bien fácil 🙂
Margarita de P
18/02/2026 a las 19:17
Magistral. Historia que me llega muy cerca. Comicidad, ironía y sarcasmo también. Un vecindario peculiar.
Codrum
18/02/2026 a las 19:24
Pues nada que añadir a lo que ha dicho Cristina.
Me ha parecido un acierto de todo; voz, tono, velocidad, frases, palabras…
No le cambiaba ni un pero ni una coma.
En la primera frase me tenías. Y luego únicamente quería saber más y más y más. Al tiempo que desee saber lo que tenía la puerta. Me chirrió ahí algo durante una décima de segundo. Pero no recuerdo que fue y luego todo continuó rodando.
Creo que si hubiera votación en Literautas, se llevaría una de las mejores.
El texto deja poso, una sensación única.
Mi más sincera enhorabuena.
Muchas gracias por este ratito de lectura.
Monica Bezom
19/02/2026 a las 14:22
Hola, Ignacio.
Excelente texto en el que hay de todo en las dosis justas: chismes contados con cierta altura (el consultorio de doña Simona, los envíos de paquetes a los jóvenes), información (bondades del barrio con el bingo, taxis y otros medios de transporte), opiniones regaladas (“el que piensa en muertos acaba con fantasmas”, entre otras), reflexiones quasi filosóficas (“¿qué es la lotería sino pagar impuestos voluntariamente al Estado?” ¡Jaja!), humor velado (“Pero no se preocupe, son gente pacífica, pobres almas con necesidad de consuelo”) y un airecillo irónico que lo envuelve todo sin empaparlo. Me he divertido y admirado leyendo este monólogo de antología cuyo equilibrio lo salva de desbordes. Un retrato costumbrista estupendo, con filo y brillo. ¡Felicidades!
Carmenigne
19/02/2026 a las 15:58
¿Quién no ha conocido un Remigio?. La construcción del personaje está muy bien lograda tanto de Remigio como de los otros personajes que va describiendo. Lo hace próximo al lector.
El relato es fluido y tiene una tonalidad jocosa que lo hace ameno, generando una complicidad con el protagonista.
Resulta interesante como a través del discurso de Remigio, el lector se puede ir poniendo en la piel de quien escucha
El final resulta comprensible y, en cierto modo, esperable —no por obvio, sino porque el propio discurso de Remigio va preparando el terreno—, ya sea por su carácter charlatán, que construye una lógica interna convincente, o por una intencionalidad consciente. Eso lo sabrá el autor y Remigio.
trinity
20/02/2026 a las 10:57
No puedo poner un “pero” a tu relato Ignacio.Me ha parecido magistralmente escrito, sin irte por las ramas, sencillo, cotidiano, cercano, divertido…
Toda persona que haya vivido en una comunidad de vecinos, reconoce de alguna forma, esa forma de intromisión por saber o imaginar, lo que se cuece en la casa del vecino. Y los chismes del encargado, en este caso un tal Remigio ( que me resulta muy familiar), son la reseña de cualquier bloque de vecinos, más de tiempo pasado que del actual. Puesto que ahora difícilmente existe esa cercanía que tal bien has sabido describir en tu relato. Enhorabuena 👏👏
Hugo
21/02/2026 a las 02:23
Hola Ignacio:
Gracias por comentar mi texto.
El tuyo es un excelente monólogo en primera persona. Demás está decir que me ha gustado mucho y para no redundar adhiero a los elogiosos comentarios que me preceden y brindan un análisis muy completo.
Solo puedo agregar que Remigio “el encargado” es un personaje plano, excelentemente construido. También es quien narra con un registro oral que genera verosimilitud. Es verborrágico, chismoso y prejuicioso.
En el final, con preguntas, pone en boca de la probable inquilina excusas para marcharse y nos deja la duda de si no le gusta el piso o el encargado.
En la potencia de la voz narrativa está lo atractivo del texto.
Gracias por deleitarnos con tu trabajo.
Verso suelto
22/02/2026 a las 12:19
Hola Ignacio, me ha gustado mucho tu relato. Es de esos cuentos que me reafirman en que lo importante no es lo que se cuenta (que también) sino cómo se cuenta, la forma. Tu tienes una forma muy elegante de narrar. Por supuesto que cuentas cosas, hablas de la transformación de la sociedad y, en consecuencia, de las ciudades, pero lo importante es como lo dices. Introduces el frasco de veneno y la puerta sin despeinarte y creas un estupendo personaje, ese Remigio al que todos, al menos los mayores, conocemos. Te felicito.
Un saludo.
IGNACIO Zrgz
22/02/2026 a las 21:37
Muchas gracias a todos por vuestros comentarios. Estoy en un taller de escritura en el que hemos preparado un libro de relatos que tienen en común un piso, en la calle Conde Aranda, y un portero: Remigio. Cada uno nos hemos encargado de un piso. Bebiendo en las historias de mis compañeros he construido este relato coral. Por tanto, la figura de Remigio está muy trabajada. La historia del 4ºA se basa en una puerta cerrada con candado. No he tenido que inventar para meter la figura de la puerta que no abre. Lo del frasco de veneno ha sido más complicado.
Lo de que jugar a lotería es pagar impuestos voluntarios al estado es una de esas frases de mi padre que me han acompañado toda la vida. Seguramente él quería que sus hijos no fiaran su futuro a la suerte y tenía toda la razón.