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Monasterio de San Juan de La Peña - por MJesúsNCR.
—Padre Antón, despierte. Tocan a maitines. —El hermano Úrbez deposita una bandeja en la mesa. No es lo habitual, pero quiere cuidar al abad. Desde hace un tiempo, está enfermo y procura que se alimente.
El repique de la Valera emerge de la oscuridad de la abadía, invita a la oración matutina y al comienzo de las labores agrícolas. Los legos ocupan el ala de poniente, cocinan, cultivan los campos y protegen las propiedades del monasterio
—Padre —repite el joven— Acerca el candil y contempla con espanto al anciano: Los ojos muy abiertos, las pupilas negras y los labios violáceos.
—¡Pater, pater! —Lo sacude—, ¡O Deus! —Sale a toda prisa.
Desde el coro resuena un salmo recitado en latín que vibra en las bóvedas de piedra y las voces de los monjes funden la melodía del canto gregoriano. El monje se acerca con demasiada rapidez al hermano Bizén y le susurra algo bajo las miradas inquisitivas de los religiosos.
Lavan el cadáver para su purificación espiritual, lo visten con sus hábitos y le colocan el anillo. Lo depositan en el féretro sobre una cama de cenizas y tierra, según el rito.
En la Sala de los Concilios comienza el Oficio de Difuntos.
El clamor de la Mayor dobla con toques llorosos y pide una oración por su alma. La baja nobleza de Jaca se une al duelo.
El discípulo oculta su desolación en el claustro. Desde que vino al monasterio, con dieciséis años, el abad fue su mentor. Le enseñó a copiar códices, a decorar libros sagrados y a trabajar en pergaminos. Era bondadoso y humilde y él le profesó una admiración ciega.
En el Libro de Óbitos el prior Bizén registra la crónica: «Monasterium Sancti Johannis de Pinna. Jaca, die dominico IIII mensis decembris, anno Domini MCLXXVII. Capitulum Generale convocatur ad eligendum successorem».
Asiste el obispo de Huesca; el representante del rey de Aragón, conde de Barcelona y también los monjes de otros monasterios y autoridades eclesiásticas.
Bizén es el aspirante y fantasea. Mantendrá vínculos con la nobleza y viajará a Roma. Será poderoso, administrará los bienes del monasterio y recibirá al rey Alfonso II de Aragón, cuando realice las donaciones para finalizar el claustro románico. Es el panteón de los reyes de Aragón.
Tras las votaciones, el anuncio comienza con el bandeo de campanas, para asegurar que la noticia llega a las poblaciones cercanas. Los monjes entonan el Te Deum.
Para el hermano Bizén, la noticia ha sido como un golpe seco en el estómago. Es orgulloso y está furioso por el rechazo. El joven Úrbez es elegido abad.
—¡No es justo! ¡Es una perfidia! ¡Solo tiene veinticuatro años! —El hermano Bizén experimenta un trastorno mental.
El conde de Barcelona, Alfonso II el Casto, interviene: «El señor obispo y mi rey desean estabilidad. El hermano Úrbez será abad durante décadas. Tiene conocimientos y experiencia».
El padre Antón intuía una conjura contra él, por ello, postuló al joven en secreto como sucesor.
El hermano Úrbez siente haber traicionado los deseos de Bizén. Para calmarlo, le cede la celda de superior, pues siempre ambicionó ocuparla. Es luminosa y se divisan los picos del Pirineo.
Recoge los hábitos de Bizén y útiles de aseo. El nicho empotrado en el muro tiene dos puertas y acciona el pestillo. Sin embargo, una puerta no se abre. Del anaquel abierto junta las mudas, toallas…. Intenta abrir de nuevo el otro compartimento, pero la puerta no se abre. No tiene llave. Es extraño, los monjes no guardan secretos. Al final, la encuentra debajo del jergón y puede abrir el armario. Hay libros de oraciones, crucifijos, velas … También, un atado de cartas misteriosas y cómplices entre funcionarios y religiosos. Bajo su capa de piedad esconde codicia. En un envoltorio descubre un pequeño frasco de vidrio azul. Lo destapa y huele. El olor desagradable y fétido le provoca náuseas. En su etiqueta, hay un círculo y la imagen de una baya de color púrpura. Hay otro libro: Tractatus de Herbis. Tiene dos iniciales: B.G. Infirmarius. Lo abre por el marcador de papel, conoce la caligrafía, es del hermano Bizén Gracia. Tiene anotaciones de Herbularius y plantas medicinales. Lo lee: Formulatio. Atropa belladona, "Dwale" – Helleborus. No le sorprende, pues cultiva las plantas medicinales. Toma de nuevo el vial. Lo analiza y exclama. —¡Es un frasco de veneno! —Bizén, en su delirio, se ha olvidado de esto.
El abad siente un escalofrío cuando la justicia eclesiástica, nobles del Derecho Canónico y médicos confirman las sospechas.
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