Literautas - Tu escuela de escritura

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La casa vacía - por ÁngelaR.

—Llevo dos días buscando choza en este barrio de pringaos y todas parecen tener gusanos acomodados en su capullo.
»¡Al fin algo de suerte! Cuarta planta sin ascensor. Una puerta de madera barata astillada, cubierta de polvo y con desconchones. Identificación con nombre casi ilegible en chapita de cobre viejo. Cerradura antigua. ¡Bingo!
»La abro con una tarjeta y esta noche dormimos bajo techo.
»¡Ya está!
»Bueno, tengo que reconocer que está muy vacía. ¡No hay ni una triste silla, ni una cama vieja! Después de todo, se agradece; así puedo ir rodeándome de mis cositas. Hace tiempo que quiero probar el lujo burgués de dormir sobre la misma cama cada día. Los contenedores están llenos de muebles esperando nuevas familias.
»La luz que entra por la ventana del salón es genial. Voy a poner la mesa de corte en el rincón y así no pierdo la visión de la puerta de entrada mientras manejo la merca. Todo cuidado es poco para proteger lo que es tuyo. Hoy en día ya no puedes fiarte de nadie.
»El cuarto de baño no está mal; en esta bañera puedo aliñar más de cincuenta litros de mi edición limitada de Ron Karibe.
»¡Vaya! Un libro junto al wáter. No, es un cuaderno de notas, un diario. A ver qué pone en la hoja marcada con esa moña tan pija.
«Me carga que mi padre siempre hable de su casa vacía llenándonos a todos con su tristeza. Me molesta esa voz grave y pausada con la que repite el adjetivo vacía varias veces antes de terminar la conversación. Ya no se acuerda de la emoción que supone llegar por primera vez a tu casa vacía cuando tienes veintisiete años; o quizás sí, y por eso encaja tan mal que yo esté estrenando mi piso sin marido ni trabajo definitivo.
Él sigue preparando su gran jarra de chocolate caliente cada domingo. Esperando que los cinco nos sentemos a mojar bizcochos de soletilla y pan con mantequilla, mientras nos cuenta alguna de esas historias que tanto nos hacen reír. Aún puedo oír a mi madre, pidiéndole que deje de echar tanta leche en la olla, “que luego sobra y tengo que hacer una tarta de galletas para aprovechar las natillas de chocolate”. Y a él, echando más, y relamiéndose con la imagen de la tarta para la cena. ¡Qué pena que todo eso ya no exista! O qué alegría que al menos esté grabado en la memoria de los tres hermanos, ya que mamá no está, y que papá elige habitar un pasado mutilado.
Ahora soy yo la que tiene la oportunidad de empezar mis domingos con chocolate en esta casa. Aunque no sea nueva, aunque esté en un barrio de las afueras. Es la hipoteca que puedo pagar con mi sueldo en el supermercado y eso la convierte en mi mejor opción. Además, sigo la tradición familiar: mis padres hipotecándose en un piso de segunda mano, y mis abuelos alquilando una sala en una casa de vecinos. Yo no soy especial.
Bueno, un poco sí, soy capaz de oír las confesiones que me hacen estas paredes desconchadas. Cuentos para niños antes de dormir, amores de adolescentes, sueños de padres escribiendo su destino.
Mañana comienzo con la pintura. Voy a poner cada habitación de un color diferente: azul en el dormitorio, naranja en el salón, verde en el cuarto de estudio —que tiene que darme energía para estudiar por las noches y lograr una plaza en las oposiciones.
Me siento feliz de poder diseñar mi historia, aunque todavía tenga que escribirla sentada en el único asiento de mi piso vacío. Me sobran ilusiones, ahora sólo necesito algo de suerte para ver hacerse realidad mis sueños.
16 de marzo de 2026»
—Seguro que le saco veinte pavos a esto en la tienda del Cristóbal. Tiene una pasta guapa, y a él le van estas cosas sensibleras. “Almoneda” creo que se llama, con cantidad de cosas como estas que tira la gente.
»Además, cuando vea que el relato tiene la fecha de hoy, flipa. Eso tiene que significar algo. Si cuando digo que hoy es mi día de suerte…
»Llamo a la peña y montamos la okupa-fiesta.

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