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LA CASA VACÍA - por ENZO FARÍAS MOLINAR.
Web: http://oscuroblogdelsur.blogspot.com
En esta casa las paredes lloran, pero alguna vez rieron. Con toda la frialdad que es capaz de anidar en su estructura casi centenaria, me vigila. Lo observa todo, fijamente. Es cautelosa, desconfiada. No se juega por nadie. Analiza todo lo que digo y hago. No me pierde pisada, por más que no le interese en lo más mínimo si voy o si vengo. ¿Cómo podría importarle, cuando a penas, soy un simple habitante? Uno de tantos a través de las décadas polvorientas que ha visto pasar. Soy el arrimado de turno, apenas algo pasajero.
Esta casa sabe de secretos y maneja a la perfección el sutil arte de guardarlos bajo siete llaves, y si bien pareciera disfrutarlos—al menos la mayor parte del tiempo—preferiría pasar de largo y hacer caso omiso a todo lo que en su memoria ha quedado tallado.
Esta casa me respira en la nuca, me muerde los tobillos, me pesa en la conciencia. Se me sale por los poros y luego vuelve a entrar, por absorción. Está en la piel, en la carne, en los huesos. Es la vida y la muerte arremolinada en mis cabellos blanquecinos. Es el tiempo en franco deterioro y retroceso, agrietado y tembloroso, como aquella tarde en que, intempestivamente, nos despedimos del amor a orillas del río, entre ramas y hojas muertas, donde el único seco para el mundo era yo, viendo como tratabas de mantenerte a flote.
En esta casa persiste una bruma. Una especie de calma de papel que se disfraza y se desmaterializa, como si fueran silencios atómicos, que han aprendido a esconder, con astucia, el opaco sentimiento que el viento solía llevar y traer, sin importar las circunstancias que amanecieran sudadas en las almohadas, ni en los contornos achurados de esta profunda decepción que, a ratos, me corta los latidos y las manos.
Es en esta casa, donde a menudo sueño con las cuatro lunas, todas ellas en llamas, descendiendo tormentosas sobre mí.
Esta casa es la respuesta, es la crisis, y también es lo más parecido a tener un poco de paz. Sobre todo, por las noches, cuando la escucho suspirar a sus anchas, y recuerdo, entre nebulosas, como solías ser, y lo mucho que amabas desarmar las estrellas, quebrándoles las puntas de una en una, con tus deditos suaves y puntiagudos. Cómo te atrapabas entre mis brazos enraizados, a medio camino entre la ruina y el orgasmo. Y el alma, toda encumbrada, rebotando entre las intrincadas mordeduras con que nos engañaba, por ese entonces, el tiempo.
Esta casa tirita en los inviernos, como cuando te despedías del silencio y enterrabas mis besos en el jardín.
En esta casa me escondo, detrás de cada puerta, y me asusto a mí mismo. Dibujo tu sombra por los rincones, y pienso a saltos, en cómo sería si aun anduvieras por aquí. Anido la profunda esperanza de que un día, da lo mismo cual, al despertar, no pueda moverme, y las amarras humedecidas con el sudor del litoral se me marquen en las muñecas y en los pies. Que me corten violentamente la respiración, mientras las ventoleras atraviesan los campos secos, cargando a cuestas, el aroma de tu novelita negra a medio terminar. Y que el premio de tus garras invertidas se me clave en la carne. Sueño mucho con ese día, pero no se lo cuentes a nadie.
Es esta casa, así tal cual, en donde me gusta estar. Colgado de los percheros, derramado en las escaleras, olvidado en algún cajón. Bordado en la penumbra que nos regala la cortina o dormitando en los guardapolvos. Despertar de la siesta, replegado en una torre, en tanto alfiles, caballos y peones liberan a nuestro reino de la sanguinaria opresión de los cobardes.
Y es que, si alguno de estos días, todo se derrumbase, y los cristales del tiempo se diluyeran entre mis manos, yo mismo cortaría el aire, y me sentaría en el patio hasta que el sol implacable del verano me secara cada rincón del entendimiento, y no quedara más que un montón de pellejo desperdigado por el suelo, acumulado en rincones insospechados e improbables, haciendo de cuenta que nada de esto, alguna vez, hubiese existido.
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