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La casa vacía - por claudia avila vargasR.

La casa vacía
—Hola, ¿cómo estás hoy, madrecita?
—Bien, mija… por acá con los mismos males de siempre. Este dolor de piernas que no me deja,la espalda que cada vez es más fuerte… pero bueno… ya los años. Aquí esperando cuando el misericordioso se acuerde de mí.
—Mamita, no diga eso… ¿cómo se le ocurre?
Sus manos descansan sobre las rodillas y sus dedos se mueven despacio, como si todavía buscaran algo que ya no está. En algún momento noto que su mirada cambia. No es tristeza. Es otra cosa. Es como si una niebla suave se posara sobre su memoria.
Entonces la conversación vuelve a empezar.
—¿Y los niños? ¿Ya salieron del colegio?
Mis hijos ya son grandes, pero en su cabeza siguen corriendo con mochilas pequeñas y zapatos llenos de polvo.
A veces me habla de su infancia. De caminos de tierra, de juegos con sus hermanos, de mi abuelo, a quien nunca conocí. Me cuenta esas historias con una claridad que no tiene cuando intenta recordar lo que pasó hace unos minutos.
En su memoria el tiempo no camina en línea recta. Todo convive al mismo tiempo: la niña que fue, la madre que fue, la abuela que es.
Y yo la escucho.
Porque sé que este es el lugar correcto para hacerlo.
La veo levantarse de la silla con su bastón. Camina despacio por la sala, midiendo cada paso. Pero cuando llega a la cocina parece recordar una misión urgente.
—¿Le caliento un cafecito, mija?
Minutos después vuelve con la taza humeante entre las manos.
Tomo el café despacio, agradeciendo ese gesto repetido durante tantos años. Apenas dejo la taza sobre la mesa, ella me mira de nuevo.
—¿Quiere un cafecito?
Sonrío.
Sí, mi mamita ya no es la misma.
Su cuerpo se ha vuelto frágil. Los años parecen haber afinado su figura como el viento afina las piedras.
La verdad es que yo solo la he conocido en su papel de madre.
La madre estricta, amorosa, agradecida, espiritual, esa que rezaba por todos nosotros cuando ni siquiera sabíamos que lo necesitábamos.
Pero a veces me pregunto por la mujer que fue antes de ser mamá.
Nunca la vi ponerse un pinta labio, adornarse el cabello, preocuparse por ella.
Tal vez no le interesaban.
O tal vez la vida no le dio tiempo.
Y yo simplemente asumí que ella era así.
Ahora la vejez ha llegado a su casa.
Aunque, si soy sincera, para mí siempre ha sido la misma: su cabecita con algunos cabellos claros, las arrugas suaves dibujando su rostro, sus manos con pequeñas manchas que parecen mapas del tiempo.
Solo que ahora camina apoyada en bastones, como si necesitara ayuda para sostener el peso de tantos años vividos.
Hay días, como hoy, en que la encuentro apretándose las manos, como si le dolieran. Sus ojos intentan enfocar las cosas, pero el mundo le llega un poco borroso.
Y algo se me queda atravesado en la garganta.
Porque empiezo a entender algo que antes no quería ver: la vejez no llega de golpe.
La vejez entra despacio a la casa.
Primero cambia el paso, cambia la memoria, cambia el silencio.
Por las noches a veces nos reunimos con mis hermanos. Nos miramos sin decirlo, pero todos sabemos lo mismo: el tiempo es implacable.
Pero cuando miro a mi madre entiendo algo más.
Nosotros somos libros caminando.
Cada arruga es una página.
Cada recuerdo repetido es una historia que se resiste a desaparecer.
Cada cicatriz guarda una lección.
Y mi madre…
mi madre es una biblioteca entera.
Por eso la escucho cuando vuelve a preguntarme por los niños.
Por eso acepto otro café aunque el primero todavía esté caliente.
Porque sé que algún día vendré a esta casa, abriré la puerta y no escucharé el golpe suave del bastón contra el piso.
La cocina no tendrá olor a café.
Nadie preguntará si quiero una taza más.
Ese día la casa estará en silencio.
Estará vacía.
Pero también sé que no lo estará del todo.
Porque en las paredes quedarán sus oraciones.
En la cocina quedará su cuidado.
En mi memoria quedarán sus manos haciéndome trenzas antes de ir al colegio, su bendición el día que me casé, sus regaños, sus abrazos.
Y entonces entenderé que algunas casas nunca se vacían por completo.
Porque hay personas que, aun cuando se van, se quedan viviendo para siempre en cada rincón.
Gracias, mamita.
Por tu vida.
Por tu amor.
Por haberme hecho tu hija.
Te amo.

Comentarios (4):

altariel_elen@hotmail.com

19/03/2026 a las 11:07

Hola Claudia,
Enhorabuena por tu relato, me ha encantado porque narras una historia sencilla (y cotidiana para miles de personas), pero de una manera que adquiere una gran profundidad. Se intuye un duelo que se está empezando a vivir, y me parece muy original y sensible la forma en cómo lo enfocas.
Lo único que corregiría es que no has dejado el espacio después de la coma en “no me deja,la espalda” y que la forma correcta de “pinta labio” es “pintalabios”. Excepto eso, el resto me ha gustado mucho y he disfrutado mucho con la lectura. Gracias y un saludo.

Gita

21/03/2026 a las 01:30

Saludos Claudia:

Al final me hubiera gustado donde dice:
…se quedan viviendo para siempre en cada rincón.

… se quedan viviendo para siempre como si anduviera por toda la casa.

¿Por qué limitarla a cada rincón? En mi opinión es un sitio muy usado.
Gracias por compartir!

Verso suelto

21/03/2026 a las 14:13

Hola Claudia. He leído tu relato dos veces, me ha encantado. Sobre todo como describes le mente de una persona mayor, como va perdiendo las referencias. Muy buena la frase: “En su memoria el tiempo no camina en línea recta. Todo convive al mismo tiempo: la niña que fue, la madre que fue, la abuela que es.” Y me gustan las reflexiones de la hija.
Te felicito por tu buen trabajo.

Jaume Balas

23/03/2026 a las 09:54

Buenas Claudia.

No sé como empezar este comentario la verdad. Hay tantas cosas buenas y una que a mi parecer empaña el buen trabajo que has hecho.

Empezaremos pues con la mala, que siempre es mejor. El título, la casa vacía, hace que al inicio uno no sepa por donde vas a tirar, pero que al hablar de la madre intuyas el final. Creo que es un formato que funcionaría mejor en una novela que en un relato porque hace el final previsible. Aún así, esto es mi opinión y puede que no todo el mundo lo vea como lo hago yo.

Por lo demás, el relato está muy bien llevado, logras conectar con el lector, y me gusta mucho la forma en la que la mujer se pregunta cosas de su madre más allá del papel que le ha otorgado la vida. Porque a veces no nos planteamos que nuestros progenitores son mucho más que padres y madres. Son personas, hombres y mujeres con necesidades, con sueños, con inquietudes. Creo que lo planteas de manera perfecta.

De lo que más me ha gustado son las referencias, coincido con Verso Suelto sobre la frase la memoria, me ha parecido genial. ¿Y la metáfora de la vida y el libro? Realmente impresionante.
En general, excepto el tema que te he comentado de que es algo previsible, me parece fantástico y un gran trabajo.

Un saludo.

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