Literautas - Tu escuela de escritura

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La casa vacía - por Mark con kR.

—¿Lo habéis visto?
—¿El qué?
—La casa.
—¿Qué casa?
—En la ladera de la montaña.
—Allí no hay ninguna casa.
—Ahora sí.
Los rumores corren por la aldea donde Mateo vive. Es pequeña, de esas en que todo el mundo se conoce pero nadie sabe el nombre del vecino porque, desde que tiene uso de razón, siempre lo han llamado «el Colorao». Todo el mundo la conoce como la palma de su mano: una calle principal y cuatro callejones, una panadería, una carnicería y poco más. Es una aldea donde la novedad brilla por su frecuente ausencia.
Así que cuando aparece la casa, se convierte en la protagonista de toda conversación.
—¿Y cuándo la han construido? —se escucha a Paquita preguntarle al carnicero.
—No se sabe. No lo hemos visto. Un día no había nada, y al siguiente, ahí estaba. Como por arte de magia, ¿sabe usted? —contesta Carmencita, la hija de Carmen, dueña de la tienda, mientras corta el pollo por piezas y lo coloca en una bandeja.
—Eso es imposible. —Detrás de Paquita, otra mujer se santigua.
Mateo juega mientras tanto con la lista de la compra en sus manos. Sus amigos también han hablado de la casa. De hecho, han quedado esta misma tarde para ir a investigarla.
Así que la cola de la carnicería se le hace eterna, y luego corre a casa, pero todavía tiene que esperar a la comida y después de comer tiene que limpiar los platos y luego tiene que esperar a que su madre despierte de la siesta. Cuando por fin llega la hora, corre al garaje, se hace con su bicicleta, y pedalea a toda prisa hasta el punto de encuentro.
—¡Ya era hora! —grita Tomás, al verlo llegar en la distancia.
—¡Mi madre ha despertado más tarde de lo habitual! —se excusa, sin bajar de la bicicleta, y pasa de largo de sus amigos—. ¡Venga, vamos!
Tomás, Javier y Raúl no tardan en alcanzarle, y en veinte minutos llegan a los pies del camino que sube hasta la casa. Dejan las bicicletas tiradas sobre la hierba y corren ladera arriba.
—¿Quién creéis que puede vivir ahí? —pregunta Javier.
—A lo mejor es un millonario que ha hecho traer su casa en helicóptero —sugiere Raúl.
—¿Qué dices, tarado? Eso es imposible. Hubiéramos escuchado el ruido de semejante cacharro —niega Tomás, el claro líder del grupo—. Debe ser la casa de una bruja o un mago. Ha aparecido de la nada, eso solo puede ser magia.
Mateo no dice nada. Se centra en no resbalar con la arenilla y las pequeñas piedras que encuentra por el camino, y se deja llevar por las voces de sus amigos hasta alcanzar su destino. Allí, imponente, se alza una casa de dos plantas, con ventanas abatibles y un porche con un columpio frente a la puerta principal. Una casa de ensueño, si le preguntan.
Primero la rodean, pero no hay luz, movimiento ni ruidos. Todo apunta a que está vacía, que no hay nadie.
—Igual llegan mañana sus dueños —sugiere Mateo, rompiendo su silencio.
—¿Cómo será por dentro? —A la vez que pregunta, Raúl, el más alto, se asoma a una de las ventanas laterales—. ¡No puede ser!
—¿Qué pasa? —El resto corren junto a él, pero la ventana es demasiado estrecha y solo pueden mirar de uno en uno—. ¡Quita! Yo también quiero ver. —Tomás aparta a Raúl de un empujón y, cuando se asoman, le brillan los ojos—. ¡Hay un montón de gente! Espera… ¡están mirándome! ¡Quieren que entre!
—¿Qué dices? —exclama Raúl. —Si es mi familia, me han señalado una silla vacía. Están esperándome para cenar.
—¿A ver, a ver? —Se mete Javier.
Pero lo que él ve no tiene nada que ver con lo que han descrito sus amigos, y cuando lo describe, los tres empiezan a discutir. Mateo no dice nada. Espera pacientemente su turno, y cuando la discusión parece absorber a sus amigos, se acerca con sigilo a la ventana. De puntillas, apenas alcanza a ver el interior… y cuando lo hace, el corazón le da un vuelco.
No ve un montón de gente haciéndole señas para que entre.
No ve una familia cenando, ni una silla vacía esperándole.
No ve nada.
Solo una casa vacía.
Impaciente.
Esperando.
Y un soplo de aire le da la respuesta a todas las preguntas que le han asaltado en un segundo.
La casa no muestra su interior; muestra la necesidad que hay dentro de quien la mira.

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