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La casa vacía - por Helena SaurasR.
Su risa la delata. A veces recurre a ella cuando siente que la inseguridad la domina.
—Eso no lo dirás en serio, ¿verdad?
Cuando el banquero asiente, un escalofrío la recorre. Echa la cabeza atrás y vuelve a soltar una risotada que no viene a cuento.
El banquero se siente incómodo ante ella. Si la hubiese conocido en otras circunstancias, la invitaría quizá a una copa. Todo eso se pregunta mientras la contempla, porque hay que reconocer que Lucía Torres Cisneros es bastante guapa, con una belleza esplendorosa y agraciadas curvas.
El banquero cincuentón está perdiendo la paciencia, porque Lucía no se mueve de su sitio. Espera a que le dé otra solución. Su cuenta corriente está temblando de tantos créditos que pidió en otra época en que pensaba que los podría devolver con su trabajo y ahora le reclaman lo que le prestaron. Su móvil no cesa de sonar y recibe mensajes amenazadores para que devuelva su deuda.
Porque Lucía no solo ha recurrido a su banco de toda la vida, también recurrió a otra clase de prestamistas, que le cobran un interés desmesurado y que incluso la han empezado a seguir sutilmente por donde va. No le despegan los ojos de encima y se siente acosada.
Desde hace días, no duerme bien y además le ha entrado un tic en un ojo como consecuencia del estrés que sufre. Lucía ha decidido vender en Wallapop parte de sus pertenencias. Se ha registrado en su aplicación y ha empezado a quedar con desconocidos para malvender parte de los muebles, que le costaron más del doble. Los desconocidos no lo valoran, juegan con su desesperación y regatean lo que pueden.
Lucía ya no confía en los golpes de suerte. Sus amigas le aconsejan que juegue a la lotería. Y cada jueves echa una primitiva con fe y gracia, pero parece que la suerte se ha largado o ha cruzado de acera y en dirección contraria.
Sabe que los prestamistas no están para juegos y que pronto la amenaza se hará más que evidente y ya no la podrá evitar. Lucía tiembla cuando se cruza con cualquier persona y la desconfianza se ha convertido en su compañera de viaje.
«¿Realmente necesitaba tanto para vivir? ¿Por qué se encaprichó de los muebles más caros de aquella tienda de diseño si después no los pudo pagar? ¿Por qué le costaba renunciar a aquel nivel de vida? ¿Por qué asumió aquellos gastos elevados de la comunidad de vecinos con derecho a piscina, a spa y a gimnasio?».
Si se hubiese conformado con Fernando, tendría una casita humilde llena de sueños por alcanzar. Aún estaría vivo y se besarían con el corazón. Cuando piensa en su primer amor desinteresado, la ansiedad le va estrujando en la boca del estómago. Todavía la culpabilidad que siente por aquella muerte se ha decidido quedar con ella.
Si Héctor no se hubiese cruzado en su camino… Fue él quien la tentó, la que la alimentó a base de menús de categoría de estrella Michelin. La deslumbró con su labia, porque Héctor era un embaucador en toda regla. Pero cuando todo esto ocurría, Lucía aún no lo sabía.
Es ahora cuando observa la frente del banquero que está empezando a sudar, aunque haya aire acondicionado. El cincuentón se está poniendo nervioso, porque se ha empezado a montar una cola descomunal de final de mes. Resopla, porque acabará por cerrar tarde de su trabajo.
Ni en toda una vida, la banca le podrá agradecer todo lo que está haciendo con las preferentes. Todos los días, sacrifica el poder estar con su mujer y sus hijos para aumentar comisiones. Incluso hace cursos de formación para conseguir más habilidad con los negocios.
Sí, Lucía está buena y le da algo de pena, porque la conoce desde que era un bebé. Y la ha visto crecer. Y también el cambio que hizo en la adolescencia, cuando cambió de novio de un día para otro. Recuerda al buen chico que era Fernando, que lo dejaba todo por ella y estaba siempre a su servicio.
Al final, Lucía se cansa y va hacia su casa, que no tardarán en embargar. Afortunadamente no tiene hijos, aunque hubo un momento de su existencia en que los deseó. Mete la llave en la cerradura, abre la puerta, arrastra hacia la salida el escritorio que queda y llama a un interesado de la aplicación.
Lo vende por cien euros y asume que ahora su casa sí que está vacía de verdad.
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