Literautas - Tu escuela de escritura

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La casa vacía - por Laura PalmerR.

Nadie te habla de lo mucho que puede doler una casa vacía, de lo devastadora que puede ser la espera.
¿La espera?¿Qué espera? La espera de tu alma aguardando la llegada de unas patas que, con jubilo, repiquetean acercándose, simulando ser una generosa llovizna impactando contra el suelo.
Nadie te cuenta lo desolador que puede llegar a ser contemplar unos juguetes distribuidos aleatoriamente por la sala, sabiendo que ya no volverán a ser motivo de juegos los domingos o cualquier otra jornada.
Nadie te avisa del frío glacial que se extiende por el cuerpo cuando todavía hay resquicios de su olor en aquellas esquinas donde solía yacer panza arriba.
Nadie te explica que la casa vacía es, de pronto, un hogar en ruinas y que con cada pelito que aún sigue apareciendo entre la ropa, se desprende una nueva teja o un ladrillo de todo lo que un día se compartió juntos.
Nadie te dice que tras su partida no hay cuenta de banco que cerrar, ni ropa que donar y que la herencia que te queda son los años de amor, lealtad y paseos. Que no hay grandes ceremonias para decir adiós ni docenas de personas acudiendo a éstas por protocolo. Y sin embargo, la casa vacía no está vacía, sino que rebosa.
Rebosa de la alegría que durante años han entregado esas patas a tu suelo.
Se llena de la risa y los gruñidos de todas esas horas de juego que han sido un regalo y el legado más puro.
Se ilumina cuando encuentras pelos en la ropa y eres consciente de lo afortunado que has sido, eres y serás por tener ese amor.
Se amuebla de nuevo cuando sabes que pese a no tener que realizar trámites burocráticos ni organizar despedidas, su vida junto a ti y su marcha siguen siendo relevantes.
Entonces sabes que la casa nunca ha estado vacía. Ni por asomo.

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