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La casa vacia - por Federico NicolásR.+18
Me ha tomado veinte años reunir el coraje necesario para contar la charla que tuve con Arnold Fisher en la sala de su casa, aquí en Lud.
Si eres de por aquí y estás leyendo esto, aléjate de la casa.
Si no conoces Lud y aun así has llegado hasta estas líneas, déjame decirte algo: el señor Fisher fue durante muchos años uno de los personajes más conocidos de nuestro pequeño pueblo sobre la ruta 19.
La esencia de su estrellato, amigos míos, era bastante simple: Arnold Fisher llevaba más de cincuenta años muerto.
Y aun así fue él —con sus pantalones marrones y los tiradores bien ajustados— quien me abrió la puerta de lo que, hasta ese momento, yo creía una casa abandonada y vacía.
Recuerdo haber subido las escaleras de la galería con cierta desconfianza. Pero cuando la puerta se abrió, lo primero que me golpeó no fue el miedo.
Fue el olor a galletas recién horneadas.
—Pasa, muchacho. Tengo café preparado.
Estaba muerto de miedo, pero aun así mis piernas no se detuvieron.
Dentro, la casa se veía ordenada y limpia. Pude ver un periódico abierto sobre un pequeño sofá junto a la chimenea. Arnold sonrió y bajó el brazo que sostenía la bandeja para que pudiera ver mejor.
—Eran las favoritas de Sofía. Clara me había enseñado la receta. Debe de ser de las pocas cosas que sé cocinar.
Lo primero que se me ocurrió preguntar fue:
—¿Puede comer?
El rostro pálido de Arnold esbozó una sonrisa muy leve y volvió a quedar inexpresivo.
—No, chico. Solo puedo sentir aromas. Sé que eres de aquí… y puedo ver tus intenciones. Eres valiente, a pesar de cómo tiemblan tus piernas.
No era que temblaban. Mis piernas eran gelatina desde que comenzó a hablar con aquella voz fría y apagada.
Volví la mirada hacia el periódico sobre el sofá. No era el clásico Lud Informe, sino uno mucho más viejo. Las páginas estaban amarillentas y sucias, como si hubieran pasado décadas desde la última vez que alguien lo hubiera tocado.
Cuando me senté, pude leer en la página ocho un titular inquietante:
¿FISHER, UN ASESINO?
Levanté la vista.
El viejo seguía ahí, muy tranquilo, con su bandejita de galletas en la mano.
—Estoy pagando, señor…
En ese momento un frío repentino se instaló en la habitación. Sentí, al parpadear, cómo la casa parecía pudrirse frente a mis ojos: humedad, manchas oscuras, el moho trepando por las paredes.
Al segundo, el señor Fisher completó la frase.
—Víctor… ¿verdad? Víctor Colman.
Me sentí afortunado de haber encontrado al señor Fisher en uno de sus buenos días. Cuando mencionó mi nombre estaba blanco como un papel, coqueteando con el infarto.
—Me gustaría que me escuchara, señor Colman —dijo con calma—. Estoy pagando. Aquella noticia que usted leyó es una pregunta que esquivé durante treinta años de mí vida.
Hizo una pausa. Sus ojos parecían perdidos en algún punto de la casa.
—He tomado malas decisiones en mí vida. La peor de todas fue el juego de la copa. Después de que mi Clara murió, quise tener una despedida mejor que la que tuvimos. Intenté buscarla… incluso más allá.
Tragó saliva antes de continuar.
—Pero no la encontré.
La habitación volvió a enfriarse.
—Aquella desesperación trajo las peores consecuencias para mi hija… y para todo el pueblo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Ellos la asesinaron.
El silencio que siguió fue insoportable.
—Ellos me manipularon —continuó—. Y me encubrieron… hasta que logré escapar.
Miró lentamente a su alrededor.
—Si es que esto puede llamarse escapar.
Sus dedos temblaron apenas sobre la bandeja.
—Aquí es donde lo malo nace, señor Colman. Fue mi error. Dígales que se alejen de la casa. Dígales que me manipularon. Dígales que lo siento.
Bajó la mirada hacia el suelo oscuro.
—Solo me ha quedado esta casa vacía, donde debo pagar mi error… conviviendo con ellos.
Luego volvió a mirarme.
—Váyase. Y soporte la salida. Tal vez usted pueda ayudarme.
He cumplido, señor Fisher.
He soportado.
Hasta pronto.
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