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La casa vacía - por @HenkoSlowLifeR.
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Me despierto antes de que suene el despertador. No necesito levantarme tan temprano, ya no hay un trabajo al que ir, pero lo hago igual. El cuerpo guarda su costumbre.
Camino por el pasillo sin encender la luz. Conozco cada rincón. A la derecha está el cuarto de Laura, hace años que no duerme aquí, pero sigo llamándolo así. La cama está hecha, el armario vacío y en la pared quedan dos pequeñas fotos de cuando era adolescente. Más adelante está el cuarto de Marta, siempre fue más tranquila. Recuerdo cómo se sentaba en el suelo a estudiar y me pedía que no hiciera ruido. Ahora podría poner la radio a todo volumen y nadie se quejaría.
Entro en la cocina, enciendo la luz y pongo agua a hervir. Saco dos tazas sin pensar y las dejo sobre la mesa. Hasta que me doy cuenta y guardo una en el armario, no es tristeza lo que siento en este momento, es una costumbre que no se va o no quiero que se vaya.
Desayuno despacio y recuerdo ,como antes, la mesa era un lugar llena de nuestras conversaciones. Ahora el tiempo se queda parado y sólo escucho el sonido de la cuchara contra la taza. Es lo único que suena. En cuanto me tomo el desayuno, recojo todo aunque no haya casi nada que recoger.
No me gusta que la casa parezca abandonada.
Como cada día entro en el salón y me siento en el mismo lado del sofá de siempre. El otro lado no lo uso. No es una norma, simplemente no me sale sentarme allí. Enfrente, sobre el mueble, están las fotos. Laura en su boda. Marta con el niño en brazos. Nosotros cuatro en la playa hace muchos años.
En esas fotos la casa parecía pequeña porque siempre estaba llena.
Ahora parece más grande. Ahora está vacía.
A media mañana salgo al patio y riego las plantas. No crecen mucho, pero siguen vivas. Después vuelvo dentro y miro el teléfono. No ha sonado. A veces pienso en llamar yo, pero me digo que estarán ocupadas. Trabajo, colegio, actividades. La vida cuando uno es joven no deja mucho espacio.
Yo también fui joven y también estuve ocupado. No recuerdo haber pensado que mis padres pudieran sentirse solos. Supongo que ellos tampoco me lo dijeron. Y yo, tampoco, soy capaz.
Mientras preparo la comida, no son muchas las recetas aprendidas, pero suficientes para un viejo como yo; enciendo la televisión, no presto atención, solo necesito oír voces mientras como y recojo de nuevo lo poco ensuciado.
Las tardes se hacen, a veces, largas. Camino de la cocina al salón varias veces sin motivo claro. Abro la nevera aunque sé lo que hay dentro. La cierro.
Vuelvo a mirar el teléfono, pero no hay ni mensaje ni llamada perdida.
Al anochecer dejo la luz del recibidor encendida. Por si decidieran venir sin avisar, no me gustaría que encontraran la casa a oscuras.
Antes de acostarme paso por el pasillo y miro las puertas abiertas de sus dormitorios mientras pienso en cuando corrían de una habitación a otra, en cómo llenaban la casa sin darse cuenta.
La casa no está vacía de muebles ni de recuerdos. Está vacía de personas.
No estoy enfadado con ellas. No las culpo. Tienen su vida. Es lo normal. Pero a veces me pregunto si saben lo vacía que puede hacerse una casa cuando solo hay una persona dentro.
Me meto en la cama y apago la luz. Duermo en el mismo lado desde hace años. El otro permanece intacto. Hay noches en las que me despierto y tardo unos segundos en recordar que estoy solo.
El reloj del pasillo sigue marcando las horas y me vuelvo a dormir.
Mañana volveré a levantarme temprano. Volveré a cruzar el pasillo. Volveré a poner dos tazas sobre la mesa y guardaré una.
La casa vacía seguirá aquí.
Y yo también.
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