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LA CASA VACIA - por Mila G.

Regresé a casa después del funeral como un pajarillo herido que, buscando su nido, se golpea contra las ramas de los árboles, cae al suelo y lucha por remontar un vuelo errático. Así me sentía: fracturada.
Conocía el trayecto de memoria: una senda llana bordeada de álamos y florecillas silvestres. Muchas veces lo había recorrido con ocasión de otros entierros, pero ahora, por primera vez, el llano se me hizo cuesta arriba. Abrí la verja del jardín con manos temblorosas y el chirrido del viejo cerrojo me devolvió a la realidad. «Hay que engrasarlo», anoté mentalmente.
Avancé con pasos cortos hasta llegar a la puerta de entrada. No quería que los charcos, que se habían formado en las pequeñas oquedades de las piedras, salpicaran de barro mis botas negras de tacón alto. Me había vestido para la ocasión, con el disfraz oficial de viuda: vestido negro, abrigo negro, bolso negro… corazón negro. Un collar de perlas artificiales y pendientes a juego. La cara lavada, ni rastro de carmín en los labios. No es que quisiera dar pena; es que la pena no me dejó maquillarme. En el bolso, un paquete de pañuelos, las llaves de casa y el papel doblado que me había entregado Carmen a la salida de la iglesia. Lo leería más tarde; ahora solo quería descansar.
La muerte es agotadora. Habían sido tres días de insomnio y dolor, deambulando como una extraña por mi propia casa, buscando un no sé qué, recibiendo visitas —casi todas no deseadas— y cambiando de lugar las pertenencias de Jaime, que no acababan de encontrar acomodo.

La casa se había transformado en un museo de objetos mudos y el silencio pesaba demasiado. Mis propios pasos me devolvían un eco de soledad que no tenía dónde apoyarse.
Subí al dormitorio. El vacío se hizo más patente. La mesilla de Jaime, con las gafas de lectura y un libro a medio leer, era el retrato fiel de la interrupción. En aquel hogar, la ausencia de Jaime ocupaba mucho más espacio que el que él jamás ocupó en vida. Abrí su armario. Sus trajes colgados, ordenados por colores, parecían hombres sin cuerpo.
Me senté en el borde de la cama, todavía con el abrigo puesto y saqué del bolso la nota de Carmen. Esperaba una frase de consuelo, un «cuenta conmigo para lo que necesites» o alguna anécdota piadosa sobre la bondad de Jaime. Pero las letras, apretadas y nerviosas, decían otra cosa:
«Perdóname, pero no puedo seguir guardando este secreto ahora que él ya no está. Jaime y yo fuimos felices a nuestra manera durante estos últimos cuatro años. No busco tu perdón, solo que sepas que yo también he perdido mi mundo hoy.»
Un torrente de lagrimas resbaló por mis mejillas. Era la primera vez que lloraba desde su muerte.
Recorrí el salón con la mirada. Aquel sofá donde Jaime leía el periódico mientras — ahora lo sabía— seguramente pensaba en Carmen, se convirtió en un objeto hostil. Cada mueble, cada fotografía, cada alfombra que yo había elegido con esmero, de disolvieron ante mis ojos y me sentí una intrusa en mi propia vida.
La casa estaba vacía de verdad. El hombre que yo creía conocer nunca había vivido entre estas cuatro paredes. Todo lo que habíamos construido no era más que un decorado de cartón piedra que ahora se doblaba bajo el peso de un simple papel.
Me puse de pie. Su colonia todavía flotaba en el aire; era el rastro de un extraño que se había marchado dejando la puerta abierta a una tormenta que apenas comenzaba..

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