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La casa vacía - por GitaR.
La casa vacía
Tiene el mismo aspecto que años atrás la casa vacía. El silencio lo domina todo; no hay niños ruidosos corriendo por los interminables pasillos. La luz tenue que se filtra por las ventanas, en tanto el viento juega a mover las cortinas raídas por el paso del tiempo y la soledad, le siguen dando un aspecto lúgubre.
Tampoco ningún fantasma la habita, porque nadie ha hecho algún comentario al respecto.
─ Siempre los vecinos lo saben todo ─una sonrisa ladeada se descubre en mi rostro.
─ ¿Cómo habrá sido tiempos atrás? ─por mi cabeza corren muchos pensamientos.
Ahora se ve desprovista de encanto, pero en sus inicios seguramente era digna de mirar.
Esta que se levanta sobre muros de piedras grises. Sencilla, pero con distinción. Una puerta de madera bien elaborada muestra aún el esplendor y el buen gusto a pesar de lo envejecida por el tiempo y el clima. Las tejas antes rojas del techo mantienen la misma simetría perfecta de cuando fueron puestas una a una. Alrededor todo está descuidado creciendo sin un objetivo definido; arbustos sesgados y malezas que van urdiendo un entramado desconocido con cierto grado de abandonamiento. Curiosamente en una de las esquinas del jardín crecen imponentes unos jazmines, intocables y soberbios, desprendiendo su aroma particular, cálido y floral.
En su interior unas paredes que antes pujaban por ser blancas ahora lloran al mirarse por el desgaste del tiempo que ha hecho mella en todos sus muros descoloridos.
─ La puerta semi abierta me invita a pasar ─pongo los ojos en blanco mientras pienso en lo raro de la situación, esta siempre permanece cerrada.
El suelo cubierto de una madera oscura y desgastada cruje bajo mis pies delatando mi presencia, descubriendo mi intromisión al polvoriento recinto lleno de ausencia. El polvo olfatea mis huellas en el afán de seguir avanzando por el pasillo largo y estrecho que domina la estancia. Puertas que se enfrentan custodiadas por candelabros de bronce a lo largo del inmenso pasillo.
Las luces y las sombras juegan a callarse silencios y secretos evocando aún más la sensación de misterio y desolación.
Al fondo ese reloj de pared antiguo que marca la misma hora.
─ ¿Qué guardan o qué ocultan tantas habitaciones? ─froto mi nariz una y otra vez, mientras sudo copiosamente.
Llego al final del pasillo, el "longcase clock" de pie, hecho de madera chapada en nogal, brilla desenfadadamente. La parte superior cerrada por una puerta de madera y cristal deja ver la esfera del reloj y sus manecillas.
El centro intermedio da acceso al sólido péndulo que dejó su impronta hace mucho tiempo dentro de la puerta cerrada con cenefas.
El cuerpo bajo sirve para ganar altura en tanto se muestra arrogantemente sobre sus cuatro patas decoradas en marquetería muy elaborada.
Instintivamente acerco mis manos a la brillosa pieza de madera del reloj cuando detrás de mí, comienzan a escucharse susurros y pasos lejanos.
Sobresaltada giro mi delgada complexión con presteza. Puedo ver claramente cómo una de las puertas se cierra y el candelabro inclinado de bronce prendido antes muy tenuemente ha aumentado su intensidad y con un rápido movimiento regresa a su posición inicial.
Entretanto un desasosiego comienza a invadir todo mi cuerpo y la afonía inunda el ámbito que me rodea. Froto mis ojos con fuerza para luego dejar escapar un suspiro profundo.
─ ¿Será lo que escuché, lo que yo vi? ¿Quién me mandaría a entrar? ─si siempre la puerta está cerrada.
─ ¿Por qué tuve que entrar yo? ─en tanto dejo caer mis hombros con cierto cansancio.
Una hoja de papel planea en el aire hasta caer al suelo. Frente a mis pies. Me inclino hasta alcanzarla. Está vacía.
Sin esperarlo, una lluvia de hojas de papel cae a montones sobre mí. Algunas rozan los candelabros y el calor destaca algo escrito en ellas.
─ ¿De dónde han salido tantas hojas? ─cualquiera pensaría en un aluvión de pétalos blancos.
─ ¿Cuál es el enigma? ─mis ojos buscan el origen.
Todo indica al reloj. Al tocarlo una falsa puerta se abre. En el centro del cuarto aquella mujer, que habían dado por muerta hace tantos años.
Una sonrisa famélica iluminó sus labios. Había ansiado este momento de encuentro.
─ ¡Qué bueno volverte a ver! ─dijo sin quitarme los ojos de encima.
Apenas si la recordaba. Los rumores decían que había tenido una hija ilegítima.
─ ¿Puedes darme un abrazo? ─su voz se alzó con entusiasmo y nostalgia. Al fin se despojaría de sus ataduras.
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