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LA CASA VACIA - por PROYMAN1R.

El sol se oculta detrás de una línea de árboles florecientes. El viento lleva hojas que se deslizan por un sendero que lleva a una casa solitaria. Su fachada, blanca y manchada de humedad, parece observar a quien se aproxima.
Se dice que una casa deshabitada nunca está realmente sola. Que respira, que recuerda, que guarda lo que otros han olvidado.
La puerta se abre con un chirrido fuerte. El interior está cubierto de polvo. Los rayos del sol entran perpendicularmente, revelando partículas flotantes, como si el aire hubiese estado inactivo durante años.
Se oyen pasos, aunque no se percibe a nadie.
A veces, solo cruzar el umbral es suficiente para sentir que alguien te está mirando.
El salón conserva vestigios de una existencia anterior: un sofá cubierto con una sábana sucia, un reloj de pared detenido a las 12:05, un marco con la foto de un militar, colgado de manera torcida.
El viento golpea una ventana mal cerrada, y el sonido resuena por toda la casa.
Las casas en abandono no olvidan. Simplemente esperan.
Un golpe seco. Algo cae en la planta de arriba.
Los escalones chirrían uno tras otro, como si se quejaran del peso de un visitante invisible. La barandilla se siente fría, casi húmeda.
Hay quienes afirman que el silencio es solo silencio. Otros escuchan vida cuando todo está en calma.
El pasillo es angosto. Tres puertas cerradas. Una entreabierta. La luz del atardecer entra por una claraboya de cristal azul.
La puerta entreabierta se mueve levemente, como si una fuerza invisible la empujara.
Cada habitación guarda un silencio propio. Cada silencio, una historia.
La habitación está casi vacía. Solo hay una cama metálica sin colchón y un armario con la puerta desencajada pero no cerrada. En el suelo, hay un cuaderno cubierto de polvo.
Una página se mueve por sí sola, como si alguien estuviera pasando las hojas.
A veces, lo que queda no es lo que se observa, sino lo que se percibe.
El cuaderno se abre completamente. Una página está escrita a mano: “Espérame y volveré cuando todo esté en silencio.”
Una ráfaga de viento desplaza el polvo y la escasa luz. La habitación queda sumida en la penumbra.
La puerta del fondo se abre lentamente con un lamento largo, casi lastimero.
Hay puertas que se abren solas. O eso queremos pensar.

Esta habitación está intacta. Hay una mesa, una silla, una lámpara de aceite. Sobre la mesa, un retrato observa a quien entra.
La lámpara se enciende sola, con un suave clic.
La luz no siempre ofrece respuestas. A veces solo revela lo que preferiríamos no ver.
El retrato se da la vuelta lentamente. No se distingue el rostro, solo la silueta de una persona de espaldas, mirando esta misma habitación.
Un susurro, casi imperceptible.
¿Has regresado?
El aire se vuelve más denso. La puerta se cierra de golpe.
La lámpara parpadea. El retrato cambia: ahora la figura está más cerca, como si se hubiera movido un poco.
Las casas vacías no hablan. Pero oyen. Y a veces responden.
Un paso detrás de mí. Otro. La sombra de alguien cruza la pared, aunque no hay nadie a la vista.
La lámpara se apaga.
Oscuridad total.
No te vayas otra vez.
Los escalones crujen, esta vez sin un patrón, como si múltiples pisadas bajaran al mismo tiempo. La puerta principal se abre sola.
La noche ha caído por completo. La casa parece más grande, más oscura, más viva.
La puerta se cierra lentamente, como si despidiera a alguien… o lo atrapara dentro.
Una casa deshabitada nunca está sola. Solo aguarda a que alguien escuche lo que tiene que contar.
El viento sopla con fuerza. Una ventana se ilumina brevemente, como si alguien hubiera encendido una luz en el interior.
Mi sueño llega a su fin y a veces recuerdo los que he tenido como si los hubiera vivido, los recuerdos no terminan o al menos eso me sucede, que al despertar siguen en mi mente, cada vez más reales y vivos.

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