<< Volver a la lista de textos
La casa vacía - por Laura P.R.
Abro la puerta de siempre, pero ya no es lo mismo. Tres cajas ocupan la entrada y el resto de la casa devuelve el eco de mi voz. Como si nunca hubiéramos vivido allí.
Entramos junto a una pareja joven, de unos treinta y cinco años. Se les ve llenos de vida.
Mi madre me mira de reojo antes de acercarse a mí.
—Disculpadme un segundo. Cariño, espérame en el salón.
Me pregunto cómo puede ser tan fácil para ella. A mí me entran ganas de gritar. Pero a ella nada. Impoluta como siempre. La verdad es que no la entiendo. Miro la situación y creo que aún estoy en shock, como si estuviera en una especie de trance. Como si esto no fuera real.
—Hola, Carla ¿Cómo estás? —dice mi padre, así, como quien va a comprar el pan.
—¿Qué haces aquí? —me sale de las entrañas.
—Nada, cariño. He venido a buscar algo que se me cayó. No le digas a tu madre que me has visto.
Se pierde por el pasillo hasta llegar a la que un día fue la habitación de mis padres. Vuelvo a verlo pasar a los pocos minutos. Qué rápido ha ido.
—Adiós, Carla. Hablamos luego —dice, dándome un beso en la mejilla.
Ya no reconozco a mi padre. Me duele y no sé con quién hablarlo. Mi madre parece vivir en otro planeta. No expresa ningún tipo de emoción y yo estoy aquí, esperando a que alguien me rescate.
Solo la veo pasar de un lado a otro, señalando, escuchando, mientras yo estoy aburrida como una ostra. Quiero salir con mis amigas, aunque mi madre siempre se opone a que salga de noche. Dice que aún no tengo edad para ello, pero qué sabrá ella. Los tiempos han cambiado, pero parece que soy la única que lo ve.
Necesito mover el cuerpo, necesito… ya no sé ni lo que necesito. Solo sé que necesito salir de aquí. No puedo más de ver mi casa así de… sola.
Me levanto y salgo a la terraza para observar el paisaje por última vez. Mi madre entra poco después, tras despedirse de la pareja.
—Cariño, sé que esto no es fácil para ti. Créeme que para mí tampoco.
—¿Perdona? ¿Que para ti tampoco es fácil? Pero si vas de arriba abajo sonriendo y moviéndote como si no hubiera pasado nada —digo, exaltada.
—No seas injusta, Carla. Necesitamos vender la casa. Si no la vendemos en menos de tres meses… no sé qué va a pasar. Querías que te tratara como a una adulta, pues aquí está la verdad. Carla, necesitamos irnos a un lugar donde la hipoteca no se me coma viva. ¿Entiendes?
La miro y, por un momento, veo a alguien herido.
—Mamá, yo… lo siento.
—No pasa nada, cariño. De verdad que no quería que sufrieras.
La abrazo. Me quedaría aquí horas. En verdad, mi madre es mi lugar seguro.
—Voy a buscar un par de cosas a la habitación. Luego cogemos las cajas y nos vamos. Piensa dónde quieres ir a comer. Yo invito.
Me invita ahora pero no sé por cuánto tiempo más. Quizá me tenga que poner a trabajar, al menos los fines de semana. No sé, hacer algo. Aunque dudo que mi madre me lo autorice.
—¡Mierda! —dice mi madre con un grito ahogado.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Estás bien? —corro hacia la habitación.
Mi madre está de pie, con la caja fuerte abierta y la cabeza agachada.
—Carla, ¿ha estado alguien más aquí?
Ahora mismo estoy entrando en pánico yo también.
—Mamá… papá vino un par de minutos. Me dijo que no te dijera nada…
—¡Qué cabrón!
—¿Qué pasa, mamá?
—Tu padre ha cogido todo el efectivo que había aquí.
—Llámale y que nos lo devuelva —digo con rabia.
—Carla, no es tan fácil… Tu padre… tu padre es un adicto al juego y dudo que lo volvamos a ver en mucho tiempo. Lo siento, pequeña. No quería que te enteraras de esta forma.
Y, de pronto, ya no quería ser una adulta. Esto se había convertido en una pesadilla.
Cojo el teléfono y llamo a mi padre de inmediato. A mí sí me va a contestar.
Espero. De pronto, escucho al otro lado del teléfono:
—El número al que intenta llamar no está disponible en este momento. Por favor, deje su mensaje después de oír la señal.
Ccomentarios (1):
Codrum
18/03/2026 a las 22:45
Hola, Laura;
Una casa efectivamente vacía lo que cuentas en este relato.
Me gusta como usas los estereotipos de joven resignada contra madre estoica. En cierto modo mantienes el equilibrio y no explicas demasiado.
La fachada de indiferencia de la madre, se va destapando poco a poco y somos conscientes de la dura realidad que está haciendo frente.
Por un segundo pensé que el padre era un fantasma. No me digas qué me llevo a pensar así
Es un texto que se lee con mucha facilidad.
Y el final queda suspendió con ese teléfono apagado.
Gracias por este texto.