Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

La Casa Vacía - por Osvaldo Mario Vela Saenz

La casa donde viví era bella. Finca de ladrillo estilo Colonial, con techo de tejas rojizas, hechas de un barro que sorteaba calamidades. Sus jardines, rodeados de una arboleda que los cuidaba y protegía. Al interior de la casa, un mobiliario que era la admiración de propios y extraños.

Residencia ejemplar que, por accidente carretero al inicio del siglo XXI, quedó en el abandono. La casa vacía del amor filial, sentimiento que le daba vida y colorido. Fin también, del gozo a celebraciones en familia, sin alguien que la pudiera habitar.

Me uní a Literautas el 2013 en la escena de diciembre. Deseaba, poder desarrollar una redacción atractiva para escribir las muchas vivencias de mi padre.

Yo soy Ingeniero, así es que, La escritura no era mi fuerte; pero el respeto suplía a la inspiración. Mi padre partió a pastos más verdes en agosto del 2009.

Para el 2013, yo, tenía una cantidad enorme de información en letras sobre la vida de mi padre. Monto, que no me era posible conjuntar con fluidez.

Lo contenido en estas hojas variaba entre pensamientos poéticos y contares de los caseríos. Dos estilos, difíciles de entretejer; decidí entonces, irlos guardando en una barrica de lámina y madera, contenedor que mi abuelo me regalara. Tanto amor allí expresado, no se podía desdeñar.

Las enseñanzas en Literautas, además de los comentarios de mis compañeros, colmaron un sueño. La prosa escrita, que tanto me costara, fue fluyendo paso a paso, con un toque poético que hoy me admira

El sentirme capaz, de escribir con fluidez, se convirtió en el empujón requerido para dar inicio a mis relatos. Empecé con bríos para contar las hazañas y tropiezos de mi padre.

Al tiempo, y con todos sus hijos casados, mi madre, quien vivía con su hija menor, cayó en cuenta que ya no regresaría a su vivienda de familia. así que decidió repartir, entre sus ocho hijos, las cosas de cada quien. recuerdos que ella guardara en una habitación de la casa. Para cada hijo lo suyo. Entre esa riqueza filial de mi madre, mis escritos.

Me apresuré a darle uso a lo guardado: abrí el cofre. Un papel escrito por mi mano, pero olvidado por mí mente, daba la impresión de detentar un mensaje sublime. El papel de encima se leía así.
“Hay varios escritos dentro de esta castaña, con reseñas de ayeres perdidos que me cuestionan, sobre lo que se requiere para dar vida a una buena historia.

Vaga en mi mente una respuesta que remuerde a mi conciencia. Son muchos los relatos que he escrito y ninguno da respuesta a esta inquietud. Pues estos contares han llegado a través de remembranzas de antaño, platicas que, divagan entre chismes, leyendas e historietas.

Estos relatos son como hojas que se desprenden de un árbol en el otoño. Este archivo arbóreo de la mente, con vivencias propias y otras ajenas, no puede impedir la suave caída de tantas experiencias vividas. La mente olvida, y las historietas caducan. Derroche otoñal del tiempo. Pero también son letras claras de sucesos dignos de exponer. La contestación del por qué escribo existe dentro de un parámetro artístico. Escenario muy de mi tierra y bajo la rienda de mis muchos divagares.

La respuesta es: “La época de oro del cine en México”. Etapa que sembró ese arte escénico, en esencia, pero colmado de sabiduría de vida. Cosecha que hoy reside en muchas mentes, la mía incluida. Tiempos de Jauja artística que nos dejó una riqueza cultural que todavía, hasta hoy, nos hace sentir orgullosos.

La mayoría de los personajes, íconos, de esa época, ya rindieron tributo a la madre tierra, pero dejaron tras ellos una estela cultural tan brillante, que todavía nos alumbra. En México entero lloramos la pérdida. Yo, sigo atado a esa ausencia.

Recuerdo las visitas a los hospitales, para recibir terapias de recuperación a la poliomielitis. Contagio que me afectara a los dos años. Mal, que me mantuvo en cama por largas temporadas.
El único aliciente de distracción durante esa recuperación, a una edad receptora por excelencia, eran las películas gloriosas del momento. Muchas de esas canciones, sus letras y sus actuaciones, interpretadas con maestría ante las cámaras. Cantares que, eran enseñanza poética en coplas de la etapa más brillante de la cultura en México. Letras que, se muestran en mis escritos. Esa docencia, mantiene las tradiciones intactas.

Mi mente regresa a casa. En su interior, aquel mobiliario que fuera la admiración de propios y extraños aún sigue allí.

Comentarios (0)

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *