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La casa vacía - por Carmen GonzálezR.
Salgo a pasear como cada mañana, temprano. Hace un día soleado de primavera. Los rayos del sol traspasan las hojas de los árboles y escucho el canto de los pájaros. Me he puesto el vestido nuevo de flores que me ha regalado mi madre por mi veinte cumpleaños.
Cojo el camino que lleva hasta el torrente, me apetece saborear el primer día sin lluvia después de un mes de tormentas. Al llegar al puente que cruza el río, me fijo en la casa que hay a la derecha, es una casa señorial de la que he escuchado todo tipo de leyendas. Hace años que está deshabitada. Desde que vivo en este pueblo, hace cuatro años, nunca he visto a nadie entrar o salir. Nadie sabe bien del todo qué sucedió en este lugar. Pero las historias que se explican siempre acaban con un final siniestro.
Me acerco a la verja de hierro que conduce hasta la casa. Algo en ella me atrae desde siempre, pero nunca he intentado entrar. Hoy, llevada por la curiosidad, miro a través de los barrotes, pero con la maleza que invade el jardín, no consigo intuir más que la fachada desgastada de lo que un día, imagino, fue una mansión lujosa.
Me apoyo en la verja y, sin querer, la puerta cede ante mí. No puedo evitarlo y me adentro en el jardín. Observo los árboles centenarios, colmados de ramas que se tocan unas con otras, las plantas exóticas y la cantidad de flores de todos los colores inundan mis sentidos, es como estar en el paraíso.
Me abro paso entre la vegetación y llego hasta la entrada de la casa. Me recibe una gran puerta de roble, ahora desgastada por el tiempo. Imagino que está cerrada, pero mi instinto hace que me acerque y golpee el picaporte de cobre con fuerza. No responde nadie.
Giro el pomo, la puerta se abre tras un rugido y me cuelo. Lo primero que veo es un recibidor con una gran escalinata de madera. Con la poca luz que entra a través de los ventanales cerrados, observo que no hay muebles. Deambulo por la casa, primero por la planta baja: la cocina, el salón, el comedor, el área de servicio, todo está vacío.
Decido subir la escalinata que parece llevar a los dormitorios, al tocar la barandilla de madera maciza, una canción me susurra al oído. Voy tarareándola por las diferentes estancias. Al igual que en la planta inferior, no hay nada en ningún dormitorio.
Al final del largo pasillo hay una puerta, me acerco a ella, al tocar el pomo siento una calidez que me transmite la sensación de estar en mi hogar y, de nuevo, esa melodía, que nunca había escuchado, inunda mis oídos. Casi sin pensarlo, cruzo el umbral de la puerta. Una chimenea ocupa gran parte de la pared que hay a la izquierda. Me acerco a ella, palpando la pared por la poca luz de la estancia, llevada por un impulso. En la repisa hay una caja pequeña que está decorada con unas flores parecidas a las de mi vestido. Levanto la tapa y suena una música, la misma que he estado tarareando durante mi visita.
En su interior encuentro unas fotografías, en todas ellas aparecen personas con trajes de época: sombreros de copa, bastones y las mujeres lucen peinados refinados y vestidos largos. Observo con atención sus caras, sus posturas. Entonces la veo. Una joven, que aparenta tener mi edad, tiene la mirada perdida, escojo una de las fotos en la que aparece más de cerca. No es posible, esa chica es idéntica a mí. Desconcertada, dejo caer la fotografía.
Las brasas que han calentado mi habitación durante la noche todavía crepitan. El reloj de pared del pasillo marca las diez. Las ventanas abiertas dejan pasar una brisa que refresca el ambiente y los primeros rayos del sol inundan la habitación. Hace un día espléndido de primavera. Alguien llama a la puerta. El ama de llaves dice: «Señorita, el desayuno está listo. La esperan en el salón». Me acerco a la cómoda, frente al espejo, me acicalo el peinado y retoco el adorno, en forma de flor, que recoge mis cabellos. Hoy es un día especial. Me he puesto el vestido de seda con encajes que me ha regalo mi madre. Hoy cumplo veinte años.
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