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La casa vacía - por Jaume BalasR.
Es extraño ver que no hay nada, que no hay nadie. Tan solo la soledad que acompaña un vacío inconmensurable, casi infinito. Ni siquiera el gorgoteo de la cafetera y el intenso olor a café logra sacarme de mi ensimismamiento, de mi vacío.
Mis ojos atraviesan los cristales semi opacos de la ventana de la cocina. Observo el día sin prestarle atención. Sol, luz, vida. Todo aquello parece carecer de importancia alguna. Unos niños sonríen camino al colegio, montan algarabía y aún así, no me despiertan más que indiferencia. El tráfico, la gente, las risas, los pájaros. Simple y llanamente indiferencia.
Nada más.
Alargo la mano, temblorosa, para servirme una taza de café. No me doy cuenta pero ni siquiera estoy prestando atención a lo que estoy haciendo. Lo hago por inercia. No tengo hambre, ni sed, ni necesito ir a trabajar y aún así, lo sigo haciendo. Mi cabeza lo tiene tan automatizado que ni siquiera necesito pensarlo, es como un acto reflejo de este mundo estresante en el que vivimos. Levántate, café, sé productivo. Pero hoy no tengo fuerzas para enfrentarme al mundo…
Si apenas he podido dormir…
El primer sorbo de café promete revitalizarme. Pero es una falsa promesa que en ningún caso voy a coger. No quiero revitalizarme, no quiero despertarme, solo quiero dormir en un profundo sueño y no despertar.
Vuelvo sobre mis pasos hacia mi habitación. Me apoyo en el marco de la puerta y le doy otro sorbo a la taza de café. Aspiro intentando llenar de aire mis pulmones. Me cuesta respirar. Todavía está la marca de su cuerpo en la cama. Todavía está su olor. No he sido capaz de hacer la cama, está tal y como la dejó antes de irse.
Hoy no he escuchado su risa al despertar. Hoy no he tenido su buenos días cariño. Tampoco ese beso dulce antes de irse a trabajar. Hoy solo queda su olor. A rosas frescas, a jabón perfumado, a su tibia piel.
Cierro los ojos con lentitud. Intentando ver su imagen donde ahora solo hay hueco. Trago saliva con dificultad y reprimo con ansía las ganas de llorar.
–Por qué me has dejado solo?–.
No espero respuesta, sé que ya no está. Sé que no volverá que me ha condenado a una soledad eterna.
Mi pulgar acaricia el anillo de oro blanco que descansa en mi corazón. Un corazón que ya no late. Ni el suyo, ni el mío. Ninguno.
Y en el fondo no puedo hacer otra cosa que no sea amarla. O alegrarme por ella. Porque solo dios sabe lo que la ha hecho sufrir. Hasta el final.
Acorto los tres pasos que nos separan y dejo la taza de café, todavía medio llena, sobre la maquina que hace apenas dos noches aún la mantenía viva. Tres pasos…
Tres pasos y una vida.
Respiro de nuevo su olor. Su tacto. Su recuerdo. Ella.
–Por qué te has ido?–.
No puedo contener más las lágrimas. Ahora solo me queda eso, llorar. Hasta que me vacíe. Hasta tener mi interior lo mismo que tengo a mi alrededor. Nada.
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