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La casa vacía - por JL.MartínR.
Al fin llegamos con urgencia a la casa centenaria de los abuelos. Subimos la escalera evitando los peldaños que ya conocemos por sus quejidos. El aire en el piso superior es denso, impregnado de un aroma a ceniza que se nos pega a la piel como una condena. Al llegar frente al umbral del dormitorio, nuestras manos se buscan en la penumbra, entrelazando los dedos con una fuerza que pretende detener el tiempo. Sabemos que, al cruzar esa última puerta entreabierta, dejamos atrás una vida en común —una familia unida, matrimonio y dos hijas, un mundo perfecto que ya se ha desvanecido—.
Por un estúpido error humano, claudicamos ante el imperdonable descuido y nuestra existencia se hunde; no solo nuestra vida de hogar entrañable, sino también la inocencia que nos mantiene unidos hasta ahora. Nos miramos sin decir nada; el silencio es nuestra única defensa contra la verdad que nos consume. Nunca volveremos a ser los mismos después de esta tarde. Sabemos que, a la mañana siguiente, no encontraremos a nuestras hijas, que ya han partido, aunque el tiempo intente diluir el momento desgarrador que sufrimos al traspasar la puerta.
Ahí están, inmóviles, cubiertas de seda de una blancura nevada, como embalsamadas en el interior de dos diminutos ataúdes blancos. Sí, ahí están nuestras dos pequeñas niñas con sus caritas lívidas y los ojos cerrados, porque están muertas. Criaturas sumergidas en la pureza, acompañadas por la abuela, cuyo rostro se ve fragmentado por el esfuerzo de contener el llanto. También por el médico del acogedor pueblo de nuestra adolescencia.
Aquella visión que quema nuestras retinas nos persigue en un exilio compartido, encadenados para siempre el uno al otro. Aparentamos regresar de tan lejos, que parece que son otros los que regresan; sin embargo, estamos aquí, afligidos. Nuestros pensamientos son inamovibles, conscientes de que ya no es posible retornar al pasado; es demasiado tarde. Cruzamos miradas anegadas en lágrimas que no necesitan el auxilio de la voz; el silencio se convierte en la única muralla capaz de contener la verdad que nos devora las entrañas. Nos miramos con ojos llenos de preguntas agónicas. Subsistimos como en una conciencia compartida, atrapados en un trauma irreparable.
Los vecinos del pueblo, enlutados, se acercan en silencio para abrazarnos, nos estrechan la mano, murmuran palabras afectuosas, capaces también de percibir tantísima tristeza. Lágrimas ineludibles recorren los rostros y caemos de rodillas con serenidad fingida mientras acariciamos los gélidos cabellos rubios de nuestras hijas. Los besos dispersos en el aire se disuelven en los suspiros, en los sollozos y en el tañido lejano de la campana de la iglesia. Nos hemos ido muy lejos por motivos laborales, dejando a las niñas al cuidado de la abuela, sin percatarnos de que existe un riesgo circunstancial capaz de desencadenar un peligro fatal para sus vidas vulnerables.
Horas después, recibimos el adiós luctuoso en el proceso íntimo de la despedida y rechazamos mirar a los cipreses del cementerio. Partimos en silencio, arrastrando una fractura emocional contenida en el alma. Más tarde… regresamos a casa, a una casa vacía donde ya no hay sonidos. Somos infiltrados en el umbral de las tinieblas con la misma cautela que exhiben los condenados, sintiendo cómo el suelo cede bajo nuestros pasos temblorosos.
Somos esclavos de una costumbre que ya no tiene sentido. Preparamos café para dos y lo dejamos enfriar, contemplando el vapor hasta que se extingue. Raras veces hablamos de ellas; nos parece que nombrar a las niñas es como invocar el abismo abierto en nuestros corazones. Dormimos juntos sin descansar. Cada uno custodia su propio insomnio, vigilando y temiendo las grietas del otro. Aprendemos a fingir que estamos enteros, ocultando nuestro llanto.
La casa sigue en pie, impasible, vacía. Su fidelidad nos resulta insultante y el reposo amargo del silencio de la estancia nos duele. Ya no volveremos a oír los gritos infantiles, ni las risas angelicales, ni los lloriqueos, ni veremos la habitación adornada con cintas de colores, ni los juguetes huérfanos tirados por el suelo.
Nada se ha derrumbado, excepto nosotros. Dafne y Ofelia parecen volar al cielo a lomos de aquel cisne gigante de belleza efímera que aún adorna la cabecera de sus cunas desiertas.
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