Literautas - Tu escuela de escritura

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La casa vacía - por Verso suelto

A las cinco de la mañana me despertó el teléfono; mi madre se sintió indispuesta después de cenar, le dieron una infusión de manzanilla y, como no mejoraba, llamaron al médico que no pudo
hacer nada.
Era aún de noche cuando metí el bolso de viaje en el Audi, me acomodé al volante, conecté
el navegador GPS y arranqué. Iría primero al tanatorio y después pasaría por la casa del pueblo, donde viví hasta la universidad; iba a ser mía y quería echarle un último vistazo antes de venderla, pues no había vuelto desde que mi madre, al enviudar, se mudó a una residencia en Valladolid. Como el entierro no era hasta el día siguiente, pensaba dormir en un hotel: no me sentía capaz de soportar la presencia de los que nunca volverían, en aquel caserón vacío que construyó mi abuelo.
La carretera era recta hasta el puerto, al que llegué cuando amanecía. Con las primeras
pendientes la calzada se estrechó, el tráfico se hizo más pesado y había mucha niebla. Al entrar en
aquella curva iba pensando en lo fría que estaría la casa después de tanto tiempo deshabitada.

Relajado y libre de preocupaciones llego a “Aldea de niños”. El sol empieza a calentar y da gusto sentir el frescor de la mañana; bebo de una fuente junto al colegio y me entretengo un rato,
sentado en un banco, viendo los juegos y las pequeñas maldades de los chavales que salen al recreo. Una pelota perdida viene a mis pies y uno de los chicos, al devolvérsela, se me queda
mirando:
―¿Qué haces tú aquí? ―pregunta.
Me encojo de hombros, sin saber qué contestar a ese mocoso, cuyos rasgos me resultan
tan familiares. Suena un silbato y todos vuelven a clase.
Prosigo mi camino disfrutando del paisaje, sorprendido de que se renueve a cada instante,
hasta que comienza a soplar un fuerte viento. Me estoy acercando a “Rueda del amor” y decido
visitar el pueblo mientras amaina el vendaval. Las calles están casi desiertas y una anciana me dice que se celebra una boda. Con curiosidad, entro en la iglesia y me acomodo en el último banco. La novia, al salir del brazo de su marido, se para un momento a mi lado y, mientras me da un beso, susurra “Gracias por venir”. No sé por qué, siento un leve sobresalto.
El resto de la jornada es monótono; una imperceptible calima vela el aire y matiza los
colores del campo pero, al avanzar la tarde, insidiosas ráfagas de cierzo comienzan a enfriar el ambiente. Todo se reduce a frenar y acelerar mientras cae la noche y aparece el cansancio por el camino recorrido; alguna vez, me invade la nostalgia y siento ganas de soltar el volante.
En el tramo final de mi viaje el viento se aquieta de repente; no hay una sola luz iluminando las casas desperdigadas aquí o allá, ni arden hogueras de las que hacen los agricultores para quemar rastrojos, ni vuelven del campo los carros cargados de mies; todo es como en mis recuerdos, pero solo en mis recuerdos se oye la risa de los niños, huele a leña quemada, canta un gallo o rebuzna un asno. A mi alrededor no hay más que inmensas parcelas sembradas de cereal blanqueadas por la luna.
Llego tan cansado que me acuesto sin desnudarme y me duermo profundamente.
Al despertar en mitad de la larga noche, deambulo por las estancias de la casa en completa
oscuridad. Una espesa capa de polvo mantiene todo tal y como estaba la última vez que lo vi: el cuarto de mis padres con mi foto de primera comunión, la lumbre apagada y la ceniza amontonada en el hogar, la alcoba de mis abuelos con la cama recién hecha bajo el crucifijo un poco torcido y, junto a la ventana, la palangana descascarillada, el aguamanil y el espejo, reflejando entre manchas de azogue un calendario de Aceites Carbonell de mil novecientos sesenta y dos. En el corral, en la pocilga y en el gallinero reinan el silencio y el abandono.
Suena una sirena y veo luz en el exterior. Me asomo al balcón del cuarto de estar, entre mis padres y mis abuelos. Allí abajo están mi Audi y el otro coche, un amasijo de hierros; y el juez y la guardia civil y yo, cubierto con una sábana, en la camilla en que me llevan dos auxiliares de la Cruz roja, arañando la tierra con un brazo colgando.

Ccomentarios (1):

Ulises Vidal

19/03/2026 a las 01:35

¡Hola Verso Suelto!
Muy buen relato fantástico en el que se mezclan la ficción y la realidad.
La muerte de la madre y el regreso a la casa donde vivió la infancia hace que vuelva al colegio, que recorra el pueblo con sus calles casi vacías.Finalmente llega a la vivienda que fue de su abuelo, donde habitó su madre y allí vencido por el cansancio se duerme. Entonces, ¿ hasta este momento, la narración ha sido un sueño o es producto de la realidad? O, acaso, ¿la realidad es que ha sufrido un accidente con su Audi y personal de la Cruz Roja lo retira del lugar del hecho? La incertidumbre en que nos deja a los lectores, rotas las leyes de la realildad es lo que más me ha gustado de tu cuento.
Buena puntuación, palabras sencillas y claras.
Relato muy ameno que se lee con placer. Ojalá que nos sigamos encontrando cada mes. ¡Hasta la próxima!

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