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La casa vacía - por Iván PascalR.

Lucía estaba en shock. Alberto le acababa de decir que daba por roto el compromiso que los había mantenido unidos durante los últimos seis años.

Su momento vital, además, era realmente desconsolador. Por un lado, tenía el firme convencimiento de que su jefe, en la empresa en la que ejercía como agente comercial, iba a despedirla más bien pronto que tarde. Por otro lado, hacía dos meses y medio que había comenzado una reforma en su casa, que estaba previsto que durase un mes, y todo eran complicaciones. Fontanería, electricidad, carpintería, cualquier tarea generaba más problemas.

Durante este tiempo de obras, se había traslado a casa de sus padres. Un pequeño piso con un único dormitorio. Lucía tenía que dormir en el sillón del salón cuando sus padres se retiraban a descansar. Echaba de menos un tiempo y un espacio para su introspección. Necesitaba reinventarse. Pero no podía hacerlo desde ese lugar. No era el entorno preciso para replantearse su existencia. Y estaba dispuesta a lanzarle un órdago a la vida, a su propia vida.

Para ello, esperó al viernes de esa misma semana. Antes de salir hacía la oficina, comprobó que su equipaje contenía la ropa, los libros, la computadora, la música y los objetos que la hacían sentirse bien en cualquier lugar. En definitiva, todo aquello que contribuía a conformar su personalidad.

El día se hizo muy largo. Cuando el reloj señaló la hora de salida, Lucía abandonó la oficina. Se dirigió a muy buen paso a una agencia de alquiler de vehículos y contrató una furgoneta. Una vez finalizados los trámites, se dirigió a casa de sus padres, que miraron preocupados como su hija cargaba sus pertenencias en un vehículo que no conocían. Cuando acabó, les pidió que se sentaran en el sillón. Les reveló su situación personal y les dijo que necesitaba rehacer su vida. Deseaba soledad, y había decidido irse a la casa vacía en Valdehierro, en la que habían fallecido los abuelos de Lucía hacía años. Desde entonces, su madre y sus tíos nunca habían vuelto a ella.

Su padre le pidió que lo pensara. ¿Qué pasaría con su trabajo? ¿Cómo iba a vivir en esa casa, tras tantos años vacía? Le propuso esperar, por lo menos, hasta el día siguiente, sábado. Así evitaría conducir de noche, y llegaría al pueblo con luz suficiente para organizar la casa. Mientras padre e hija hablaban, su madre lloraba en silencio.

Por supuesto, no convencieron a Lucía, que treinta minutos después se dirigía en la furgoneta alquilada y cargada con sus enseres hacia Valdehierro.

Las dos horas de viaje se hicieron largas y muy tristes. A pesar de ello, Lucía se sentía optimista. Pensaba que dejaba atrás una vida para comenzar otra desde cero. Una vida nueva y mejor.

Paró la furgoneta frente a la casa vacía. Abrió la puerta y entró. Comprobó que su padre tenía razón: era inhabitable. Con la luz de la linterna de su móvil pudo ver que todo estaba sucio. Buscó un sillón o una cama en la que descansar, pero estaban cubiertos de polvo. Se quedó en la furgoneta dormitando.

Así llegó el alba. Lucía fue a un bar a tomar un desayuno caliente que le ayudase a entonarse. Por el camino no encontró ninguna tienda abierta en la que adquirir útiles de limpieza. Tras desayunar y mientras llegaba la hora de apertura de las tiendas, dio un paseo por las calles próximas a la casa vacía. No reconocía nada. Era apenas una niña la última vez que estuvo en el pueblo. En la tienda pudo contratar a una persona para que le ayudase a hacer habitable la casa vacía y a contratar el suministro eléctrico.

Al acabar el día, que fue intenso de trabajo, Lucía se sentó en una silla junto a la mesa que había preparado para teletrabajar el lunes. En ella, había colocado su portátil, un bloc de notas y un vaso con utensilios de escritura. Junto a la pared, en la estantería, se apoyaban sus libros, cuadernos y apuntes. En el móvil sonaba su música.

En ese momento, Lucía sintió que la casa vacía ya no merecía este nombre. Había dejado de estar vacía y se había convertido en su hogar. Pero de inmediato comenzó a llorar. La casa ya no estaba vacía, pero comprendió que, si bien el vacío de la casa había desaparecido, el de ella misma seguía intacto.

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