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La casa vacía - por Pato MenudencioR.

Abro la puerta y el silencio que por primera vez reina en la casa es algo difícil de asimilar. Sé que me deberé acostumbrar a esta nueva soledad, pero ¿Cuándo ese vacío desaparecerá después de tantos años de rutina, amor y cercanía?

La visita de mi hija durante estos días ayudó a lidiar un poco con la idea de mi vida a partir de ahora. Ya es una adulta resuelta, pero su energía me hizo recordar ese ímpetu y carácter tantas veces difícil de controlar que tenía cuando niña. La vi con nostalgia y agradecí que me acompañaras por todo este camino de crianza. Siempre fuiste la mejor madre que ella pudo tener, y decírtelo en vida evitó que se convirtiera en un peso dentro de mi corazón.

Ahora ella se fue a su ciudad. Los niños tarde o temprano dejan de serlo y a ella le pasó lo mismo. Insistió en quedarse unos días más, pero le mentí diciéndole que estaría bien. Ahora ella está con sus responsabilidades y tu no estás en este plano, la última imagen tuya fue ese rostro tranquilo y bello, al que la edad le dio esa dignidad que sólo a las personas que fueron significativas para uno pueden adquirir.

Repaso cada rincón de la casa, nuestra casa. Aquella en la que hace muchos años decidimos vivir con todo en nuestra contra.

Cuando te conocí sabía que, aunque en ese momento no éramos nada, queríamos serlo todo.
Repaso cada momento vivido, cada fecha, cada recuerdo que compartimos. Me cuesta creer que ahora lo único que queda de ti, aparte de los recuerdos, es el ánfora con tus cenizas que puse junto a las ánforas de todos los gatos que rescatamos en esta vida juntos. Ojalá estés regaloneando con ellos en este momento. Un maullido rompe mi ensimismamiento. Urza pese a tu ausencia, es implacable pidiendo comida, ni siquiera el duelo pausa su hambre. Los gatos extrañan de forma distinta a los humanos. Ella estuvo todos estos días maullando con un tono distinto al que estamos acostumbrados, como si te estuviera llamando para que le rasques su barriga. Estos últimos días eligió tu lado de la cama tratando de mantener algo de tu esencia en ella.

Me levanto a la cocina y ella me mira con sus ojos verdes llenos de vida, muy parecidos a los que tú tenías. Siempre te dije en broma que Urza eras tú reencarnada en vida. Su ronroneo es lo único que se escucha en la casa junto con las croquetas cayendo en el plato metálico. —Lo siento —le dije—, mamá ya no te podrá dar comida, tendremos que vivir con eso. La dejo relamerse mientras le dedico una última caricia antes de ir a mi estudio. Me siento en el escritorio que acomodamos en una habitación vacía de la casa. El mismo escritorio contiguo a tu mesa de trabajo, y donde compartíamos las tardes en silencio cultivando nuestros pasatiempos que la jubilación nos permitió desarrollar.

Mientras el computador carga, contemplo la máquina de coser Singer que compraste hace años y cómo aprendiste a confeccionar ropa. Siempre bromeabas que serías como Cristóbal Balenciaga y al ver lo mucho que progresabas, hasta yo lo creía con una ternura ciega.

Por fin la pantalla de inicio cargó y ahí estábamos los tres; más jóvenes, en tiempos más felices y nuestra hija aún siendo niña. Recuerdo que queríamos conocer el mundo, pero Brasil siempre nos lo impidió. Aquel país era como un imán para nuestra familia.

Mi mente repasa nuestros viajes, casi todos a Brasil, y abro Spotify. Aún me sorprende que la aplicación haya resistido el paso del tiempo. Hago click en nuestra lista de canciones y el modo aleatorio empieza a reproducir “This must be the place” de Talking Heads. Al igual que mis pensamientos recrean escenas aleatorias de nuestra vida juntos, la canción son frases de amor al azar, que representan el concepto de amor. Simplemente es la canción perfecta para lo que sucede ahora. Se me vienen imágenes de todos los momentos felices a lo largo de los años, y la suma de todos esos pequeños momentos cotidianos, al igual que la canción, es lo más parecido que creo que es el amor.

Me habría gustado compartir contigo esta epifanía. Sé que ahora es casi imposible, y de pronto tengo una idea.

Mientras aquella sensación aún no abandona mi cuerpo, me acerco a la computadora y hago lo único que puedo hacer para preservar este instante
Sólo escribo.

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