Literautas - Tu escuela de escritura

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La casa vacía - por OtiliaR.

La lluvia, que lleva cayendo toda la noche, hace que se respire la proximidad del invierno. De pronto, las calles solitarias y mojadas propagan el eco de una canción de Cecilia, la música satura el ambiente y la voz de la artista arranca de golpe el aburrimiento del pueblo y de sus habitantes.
Pronto corre entre la gente que “Los girasoles” está habitada. Justo cuando el edificio había empezado a dar señales de derrumbe y, después de años cerrada, puertas, galerías y ventanas esparcen de nuevo un soplo de vida por el páramo.
La casa, sobre todo en buen tiempo, había sido el centro de la alegría y la cultura de los alrededores. En ella se reunían los hijos de los señoritos y sus amigos intelectuales de la ciudad, algún verano hasta alojó escritores, músicos y pintores extranjeros.
Después llegaron las sombras, resistió los bombardeos de la guerra, y se utilizó como hospital, primero de los republicanos y más tarde de los franquistas. Se sucedieron los tiros, las bombas y los años.
En los cincuenta, el dueño arruinado, de la noche a la mañana, tapió los balcones y desapareció con su mujer e hija. Nunca más se supo de la familia. Los ruidos nocturnos que salían de la casa, ecos y sombras contribuyeron a la leyenda negra y a que nadie se acercara por los alrededores. Y, de pronto, les llegaba una sorpresa a los lugareños del tranquilo pueblo. Antes del amanecer, la noticia había corrido como un rayo, los nuevos inquilinos de la lúgubre casa señorial debían ser lo que en la capital llamaban okupas.
El silencio del bosque solo es quebrado por el sonido de las ramas de los árboles al rozarse cuando el aire y la lluvia las mece. Martina aprieta el paso. No tiene miedo, conoce aquellos senderos con los ojos cerrados. Son los caminos dolorosos de su niñez. Ahora en la madurez, pasados los cincuenta, el bosque es el único lugar donde puede soñar en ser lo que no es. Su lugar mágico, aunque enseguida aparece la brújula de la triste pesadilla en su cerebro que le indica la vuelta a la realidad.
Siente las manos frías sujetando la linterna, además, anoche al abrir la puerta, después de años atrancada, se hizo daño en dos dedos de la mano izquierda, quizás hasta estén rotos porque se nota mareada. Al hacerlo, la luz de un rayo penetró en el vestíbulo e iluminó el polvo suspendido en el aire estancado y un olor contaminado, semiadormecido llenó la estancia. No se molestó en cerrarla. ¡Qué frío helador!
La hoja en blanco que ha colocado encima de la mesa de roble, horas más tarde, allí sigue esperándola. Hace dos años que publicó su última novela y el editor ya empieza a presionar, «¿para cuándo la siguiente?». Podría entregarle dentro de un mes otra en la línea de las anteriores: mucho amor, tío rico regalando lencería de seda y besos apasionados. Fiestas en grandes mansiones de lujo y hoteles sofisticados. Pero en ese mundo no viven las mujeres, verdaderas heroínas, que ve por la calle y a las que envidia.
Cierto es que le da para vivir, pero está cansada del amor rosa, demasiado sobrevalorado. Esos amores tan empalagosos de libros y películas solo son reclamos para las adolescentes. El verdadero amor suele dejar un gusto agrio como las gotas de limón en un mojito. Ese es, por lo menos, su recuerdo.
Se sienta delante del papel, va a vaciarse del pesado silencio, describir el dolor de lo callado. La historia desconocida de la que solo hay dos testigos, la casa en ruinas y ella.
Un agudo grito cruje en la cabeza de Martina, despabilando ecos que ascienden por la escalera hasta el dormitorio de sus padres.
—¡No te irás!
—Baja la voz, por favor. Piensa en nuestra hija.
—¡Mamá!, ¡papá!
—¡Déjame pasar! Voy a buscarla.
El fantasma de la casa vio lo que la niña que era Martina no imaginó. Fue testigo de la mujer, tras la puerta cerrada, escribiendo las cartas de amor cuyas respuestas atadas con un lazo azul quedaron con ella para siempre en el bosque. Interrumpe la redacción y observa el techo de la escalinata, entre los dibujos de la pintura y las manchas de humedad ve las caras de sus padres y escucha, otra vez, el gemido desgarrador caer por la escalera.

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