<< Volver a la lista de textos
La casa vacía - por Viva_la_escrituraR.
El autor/a de este texto es menor de edad
Hoy es, por fin, viernes. El pesado profesor de matemáticas no me deja salir hasta que termino de resolver su ecuación. Por fortuna, ahora estoy libre durante dos días completos, sin deberes ni preocupaciones. Estoy llegando a casa. Vivo en un apartamento cerca del centro del pueblo. Me entretengo sacando las llaves. Empujo la puerta del portal y subo las escaleras. Meto la llave en la cerradura y me agarro al bombín. De pronto, la puerta se abre sola, sin que yo haya comenzado a girar la pieza de metal.
No puedo evitar notar un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo. Llamo a mi madre desde la puerta, porque se supone que debería estar en casa, esperándome para comer. No responde y entro a mi apartamento. Dejo la mochila en la entrada y avanzo por el pasillo llamando a mi madre y a mi hermano, el niñato que viene a por su mochila de fútbol y se marcha sin dirigirme jamás la palabra. No obtengo respuesta y comienzo a preocuparme. Llego a la cocina, y allí las cosas empiezan a parecerme aún más extrañas. Varios armarios están abiertos y cuando miro al suelo encuentro una mancha rojiza. Me dejo caer en una silla por la impresión. Cojo mi teléfono y marco el número de mi madre con las manos temblando. Tras una larga espera de pitidos que me taladran el oído, llega una respuesta: “El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura". Lo intento también con mi hermano, pero se repite el mismo resultado.
Desesperado, llamo a mi padre. Él sí que coge el teléfono y me siento muy aliviado. Le cuento asustado que la puerta de casa estaba abierta y que hay una mancha de sangre sobre las baldosas de la cocina. Mi padre tarda unos segundos en responder: “Tranquilo, hijo. Tu hermano tiene un corte de cuchillo bastante profundo en el brazo. Tu madre va corriendo al hospital con él, y supongo que, con los nervios, la puerta está aún abierta.” Nos despedimos y voy al hospital. Paro un momento en una cafetería y compro un bocadillo que me voy comiendo por el camino.
Cuando llego a urgencias, veo a mi madre sentada en la sala de espera. La abrazo mientras esperamos a que salga el doctor. Cuando aparece, nos hace pasar a una habitación. Mi hermano está allí, sentado sobre la cama, un poco pálido. Me enseña orgulloso su brazo, señalándome sus ocho puntos. Mi madre se pone a llorar, por toda la tensión acumulada. Al final, volvemos juntos a casa, y mi madre le hace prometer a mi hermano que no va a tocar un cuchillo en lo que le queda de vida.
Comentarios (0)