Literautas - Tu escuela de escritura

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LA CASA VACÍA - por Marta T GR.

Arisha entreabre la puerta y el aire del exterior la golpea como un latigazo de metal. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra del dolor, se achican ante un sol que no ilumina, sino que la hiere. Afuera, el silencio tiene un sabor amargo, oxidado; solo interrumpido por el chirrido de la silla de un soldado que vigila el vacío.

—Entra rápido —me dice susurrando, y su voz suena a papel seco rozando la pared.
Adentro, todo se ve impoluto, pero el olor es distinto: es un perfume de encierro. No es que huela mal, es un olor a sufrimiento, que quizá es peor. Me dice que las ventanas son ahora espejos ciegos; mirar afuera es un pecado que se paga con fuego. Sé que mi permiso oficial es el único escudo que me permitió cruzar los torniquetes, esos dientes de hierro que devoran la dignidad antes de dejarte pasar.

Arisha habita un eco. Su marido es una ausencia que no para de esperar; lo ha buscado en hospitales que huelen a desesperación, a desinfectante, y entre sábanas blancas, pero solo ha encontrado silencios militares.

Sus gemelas se fueron al cielo en un estruendo, me cuenta que, cuando la explosión sacudió la escuela, el aire se volvió color ceniza y supo a hierro. No fue intuición; fue el peso súbito de un vacío en el pecho, justo donde el edificio de las más pequeñas se hizo polvo, entendió que las había perdido. Ella estaba dando clase a niñas más mayores en el otro extremo de la edificación, que quedó en pie tras la explosión.

—Vivimos en un pulmón que no puede exhalar —dice, señalando la pared que comparte con su hermano. Tras un gran armario, una puerta clandestina late en secreto. Es su único cordón umbilical con la vida. Si los descubren, el castigo no tiene nombre, solo miedo helado.

Antes, esta calle sabía a té fresco a especias y hasta a café recién tostado y al murmullo vibrante del comercio; hoy, el "confinamiento voluntario" se ha endurecido hasta convertirse en una costra de miedo. "Es un lugar cerrado dentro de un lugar cerrado", sentencia ella. El concepto de "pueblo elegido" le suena a cristales rotos, a ficción contada generación tras generación.

Sus dedos acarician un aparador de madera noble. Recuerdo de un tiempo en que el amor se cargaba al hombro. Su esposo tuvo que despiezar cada mueble nuevo en el puesto de control, pasando tablón por tablón por los torniquetes, como si la madera pudiera esconder conspiraciones. Aún no estaban las restricciones actuales y lo llevaron sobre la espalda ayudados por su hermano, desde el puesto a casi un kilómetro, no permitían que se transportara nada en vehículo. Lo montaron entre risas y sudor. Soñaban que las cosas cambiarían para bien y un día serían una familia normal, un lugar para tener y criar hijos.

—Limpio el polvo cada hora —dice, y me enseña sus manos grisáceas—. Pero no es tierra. Es el polvo de los que ya no están, el residuo de los edificios que caen. Es una casa llena de muebles y vacía de voces.

Arisha no se va porque el miedo ha formado raíces. Se queda para recoger los pedazos si el destino decide alcanzar la casa de al lado, por si sus sobrinos quedan huérfanos o peor aún, si su hermano y su cuñada quedan sin sus hijos, como le ha sucedido a ella. Se queda porque, en medio del asedio, ella es la única que mantiene encendida la llama de los que falten.

Arisha no vive; resiste en apnea, esperando el próximo estruendo, preguntándose si la siguiente mancha de polvo en su aparador tendrá su propio nombre, y ya no habrá nadie que la retire. Se queda porque le queda un sueño, que su esposo esté con vida y puedan reencontrarse para acompañarse en el dolor.

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