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La casa vacía - por Carlos TabadaR.

Un panel que preside la sala lo pregona de forma regular: “El Ministerio de Armonía Habitacional confirma que hoy, 11/02/2217, consta un porcentaje técnico de personas sin hogar igual a cero”.
El mensaje no miente, durante 35 meses los algoritmos ministeriales han evaluado felizmente miles de variables humanas e inmobiliarias, encontrado una casa compatible a cada persona sin hogar, y respetado los intereses económicos, sentimentales o estéticos de cada propietario. El sistema funciona. Milenios después, el problema de la vivienda está resuelto.
Al menos, eso da por hecho esta mañana el pequeño grupo de funcionarios que teclean sus ordenadores en la sala, atentos a las notificaciones del panel una jornada más. El trabajo avanza en calma, con esa mezcla de desapego íntimo y autosatisfacción que no es raro ver en dependencias oficiales.
Entonces ha llegado la primera señal de que algo no iba bien, un sonido desconocido que ha acompañado a un mensaje en la pantalla central. No era el silbido insinuante celebrando algún logro del equipo, y tampoco el burbujeo de sugerencias individuales o colectivas. Lo que acaban de oír ha sonado como la bocina de un coche de payasos: “Pabuuu, Pabuuu”.
Durante unos segundos de suspense tímido, los funcionarios miran en torno unos a otros tan sorprendidos que parecen dudar si de verdad están sentados donde creían estarlo. Algo de curiosidad, inquietud o diversión asoma también en los ojos levantados hacia un mensaje igualmente desconocido:

Vivienda improcesable: Respuesta a lógicas de asignación armónica: 2%

• Indicadores urbanos: donada al ministerio, vacía, sin equipar ni suministro activo.
• Variable humana: actividad incesante y discontinua, plural sin patrón de pluralidad. Armonía
intangible elevada
• Conflicto indeterminado

Linda, la subsecretaria, tiene que disimular un poco su sobresalto. Un porcentaje menor del 20% y sin causas probables. Ocupación intermitente y habitual de personas sin nada que ver, pero que encuentran en la casa vacía alguna clase de realización personal. Piensa un segundo en ocultar lo que está pensando, pero su equipo no tardará en llegar a la misma conclusión: ¿El sistema está alucinando?

—Tiene que ser un error semántico —piensa en voz alta—.
—Ampliad el mapa —continúa—. Que manden a pantalla desde el barrio quién visita la casa. Es
urgente.

Mira el panel un momento.

—¿Veis algo raro en la casa? ¿Por qué se supone que la gente sale de ahí feliz?
—Drones —confirma Juan— graban la casa. Gente que entra y sale son para el sistema habitantes
actuales o potenciales, y compara expresión o predisposición a la hostilidad. Además –explica–,
elabora perfiles: domicilio, trabajo, todo lo que figure en alguna parte.
—La casa es muy discreta –añade alguien–. Sin tránsito delante, y la entrada del patio da a un
descampado.

Linda piensa en las posibilidades, cuando llega la información sobre los visitantes misteriosos:

• Ama de casa con vivienda pequeña, saca un dinerillo cultivando fresas exóticas.
• Pareja de jubilados, han acogido en su piso a hijo, nuera y nieto veinteañero. Disfrutan de
infusiones “relajantes” sustraídas al nieto, que les supone paseando.
• Muchos de los niños alrededor pasan allí algunas tardes, dejando mapas del tesoro y juguetes
que reviven una y otra vez, como una antología imprecisa de juegos inventados
• Guionista, abstemio y vegetariano por amor. Tardes solitarias de pizza, habano y escocés.
Incidentalmente, ha convertido a los repartidores de la zona en un pequeño ejército de
serenos que velan la casa, en parte porque comparten su secreto, sobretodo por propinas de 5
o 6 veces el valor de la pizza.
• Conocidos forofos de equipos de fútbol rivales. Ven los partidos en terreno neutral
diciéndose burradas sin freno, pero tienen una regla: si alguien se excede según consenso
debe hacer algún favor, como ayudar en una mudanza.

–Linda –anuncia Miguel–, he probado a depurar el proceso. Un matrimonio podría armonizar.

Dos caras sonríen en la pantalla, y Linda por fin comprende al algoritmo: asignar la casa al informático y la diseñadora de jardines va a desatar cualquier cosa menos armonía: amas de casa arruinadas, un sinfín de sueños infantiles perdidos, y potencialmente infartos de jubilados o desmanes de hinchas deportivos. O pizzeros vengativos, que no es que sea la mejor noticia para la zona.
Aún concentrada, no sabe que pensar de las caras sonrientes que ve en su equipo, pero el motivo llega con el trompeteo de un tiro de tres puntos “Nba”: “Tararariiii!! Tariiiiiiiii!!”, acompañado del mensaje: “Eso es to, eso es to, eso es todo amigos, hasta mañana!!”

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